Hace años que hay científicos que afirman que estamos en la era del Antropoceno, una época en la que la influencia del hombre se hace notar en la castigada superficie de nuestro planeta. Pero no. Señoras y señores, desde esta humilde columna semanal, el que la firma afirma que, desde ahora, hemos entrado en el Gilipoceno.
¿En qué me baso para semejante y taxativa afirmación? Pues veréis, queridos lectores. Llevo varios días dándole vueltas al tema, desde que ha aparecido el jueguecito ese que trae loco a todo el mundo, que consiste en cazar unos bichitos que se sobreponen al mundo real. Jueguecito que, sospechosamente, aparece en todos los telediarios y programas de radio, que supongo no pretenden hacerle publicidad a nadie. Jueguecito que no pienso nombrar, para no participar en la campaña de lanzamiento mundial.
Había oído estos días que unos se habían colado en un cuartel de la Guardia Civil, arriesgando sus cibernéticas vidas para cazar a estos irreverentes y coloridos bichos. Otros se habían internado peligrosamente en un túnel de la capital condal, habiendo recibido amonestación pública de los cuerpos de seguridad. Pero fue ayer cuando un hecho de estupidez suma me iluminó para alumbrar el nombre de esta nueva era. No sé dónde leí que un tipo de Nueva Zelanda había perdido la vida cayendo de un puente mientras jugaba al maldito juego. Parece ser que es un fake, pero podría ser verdad. ¿Por qué no? Hay gente que se ha roto huesos, gente que se ha ido del trabajo para poder jugar y también gente que ha sido atraída con estos bichitos a lugares solitarios donde han sido desplumados por cibernéticos amantes de lo ajeno.
Vivimos, desde hace años, en la época de las pantallitas. Lo miramos todo a través de una pantalla. En la consulta del médico nos entretienen con una pantallita por la que pasan publicidad de medicamentos. En el veterinario nos bombardean con posibles enfermedades de nuestras mascotas a través de la pantallita. De vacaciones, somos incapaces de dejar el móvil quieto y mirar la puesta de sol con nuestros propios ojos. A los niños les plantamos la pantallita a la primera de cambio, no vayan a molestar.
Hay que reconocerlo. Lo han conseguido. Han ganado. Nos han enganchado a las pantallitas y se están forrando con ello. Y ahora consiguen incluso que confundamos realidad y ficción. Dicen que el futuro está en la realidad aumentada. Este jueguecito, que está sacando a relucir lo más tonto de nuestra sociedad, no es más que un vagón que forma parte de ese tren. Un tren en el que no me quiero subir, porque creo que terminará descarrilando.
En cualquier caso, viendo el éxito que está teniendo el simplón jueguecito entre mis paisanos, entiendo muchas cosas que están pasando. Por qué ha ganado el PP. Por qué los del PSOE no se enteran de lo que está pasando y siguen en caída libre. Por qué Pablo Iglesias sigue siendo el líder de Podemos, cual Moisés del siglo XXI, habiendo gente en su partido más moderada y preparada. Por qué el Riverita ya no sabe si es del Barça o del Madrid. Y lo que es peor, le da igual. Por qué sigue Sálvame después de tantos años en antena. Así nos va.
jueves, 21 de julio de 2016
viernes, 15 de julio de 2016
Es la economía, estúpido.
Esta fue la frase que definió la campaña con la que Bill Clinton derrotó a George H.W. Bush en el año 1.992. Con ella, su director de campaña, James Carville, quería destacar que había que centrarse en los problemas reales de los ciudadanos, para contrarrestar el gran fuerte del contrincante republicano de Clinton, sus éxitos en política exterior.
El otro día, escuché a Iñaki Gabilondo hablar de su estupefacción con el céntrico lugar que ocupa la economía hoy en día. Recordaba el periodista vasco que hace cuarenta años esto no era así. Las noticias no estaban monopolizadas por la economía, se hablaba de otras cosas: política, temas sociales, cultura... Desgraciadamente, no puedo hacer otra cosa que darle la razón. La economía, y su único dios, el dinero, son el astro en torno al que gira todo lo demás en la sociedad en la que vivimos. O sobrevivimos.
No estoy totalmente seguro, pero creo que nunca había circulado tanto dinero por el mundo. Sin embargo, si bien nunca antes en la historia de la humanidad había habido tantos millones de personas con tan buenas condiciones de vida, la desigualdad no para de aumentar. Hay mucho dinero, a espuertas, pero concentrado cada vez en menos manos. Para rematar este desolador panorama, este dinero se ha convertido en un bien en sí mismo, y se mercadea con él. Es un dinero, en su mayoría, que no crea riqueza real. Es una riqueza virtual, que existe tan sólo en números y pocas veces se convierte en algo tangible.
Los telediarios abren muchas veces con los datos del Dios Crecimiento. Crecer económicamente, signifique lo que signifique, es positivo. Es bueno para nosotros. Al anaranjado Albert Rivera le oí decir no hace mucho que la prostitución contribuye a nuestro PIB en nosécuántosmillones de euros y que, por tanto, había que legalizarla, para poder recaudar los impuestos correspondientes. Sin entrar en más detalles. Y se quedaba tan pancho. Todo se reduce a dinero: los accidentes de coche suponen tantos millones de euros, ése parece ser el daño que más importa: los turistas son tropecientos millones de impacto en nuestra economía, qué bueno, da igual si los camareros que los atienden cobran 600 euros al mes, o si dejan las ciudades que visitan llenas de pís y de vecinos insomnes por el ruido que hacen por la noche; una mina que contamina acuíferos es positiva porque deja chorrocientos millones en la comarca donde está instalada.
Adoramos al Dios Dinero como aquéllos que adoraban al becerro de oro. Desde pequeños nos dicen que tenemos que formarnos, para conseguir un trabajo, para conseguir dinero con el que comprar cosas que nos harán felices. Y los voceros de los medios de comunicación lo encumbran en sus portadas, en sus páginas de color sepia, en sus titulares. Y el Dios Dinero tiene cada vez más seguidores. Así nos va.
El otro día, escuché a Iñaki Gabilondo hablar de su estupefacción con el céntrico lugar que ocupa la economía hoy en día. Recordaba el periodista vasco que hace cuarenta años esto no era así. Las noticias no estaban monopolizadas por la economía, se hablaba de otras cosas: política, temas sociales, cultura... Desgraciadamente, no puedo hacer otra cosa que darle la razón. La economía, y su único dios, el dinero, son el astro en torno al que gira todo lo demás en la sociedad en la que vivimos. O sobrevivimos.
No estoy totalmente seguro, pero creo que nunca había circulado tanto dinero por el mundo. Sin embargo, si bien nunca antes en la historia de la humanidad había habido tantos millones de personas con tan buenas condiciones de vida, la desigualdad no para de aumentar. Hay mucho dinero, a espuertas, pero concentrado cada vez en menos manos. Para rematar este desolador panorama, este dinero se ha convertido en un bien en sí mismo, y se mercadea con él. Es un dinero, en su mayoría, que no crea riqueza real. Es una riqueza virtual, que existe tan sólo en números y pocas veces se convierte en algo tangible.
Los telediarios abren muchas veces con los datos del Dios Crecimiento. Crecer económicamente, signifique lo que signifique, es positivo. Es bueno para nosotros. Al anaranjado Albert Rivera le oí decir no hace mucho que la prostitución contribuye a nuestro PIB en nosécuántosmillones de euros y que, por tanto, había que legalizarla, para poder recaudar los impuestos correspondientes. Sin entrar en más detalles. Y se quedaba tan pancho. Todo se reduce a dinero: los accidentes de coche suponen tantos millones de euros, ése parece ser el daño que más importa: los turistas son tropecientos millones de impacto en nuestra economía, qué bueno, da igual si los camareros que los atienden cobran 600 euros al mes, o si dejan las ciudades que visitan llenas de pís y de vecinos insomnes por el ruido que hacen por la noche; una mina que contamina acuíferos es positiva porque deja chorrocientos millones en la comarca donde está instalada.
Adoramos al Dios Dinero como aquéllos que adoraban al becerro de oro. Desde pequeños nos dicen que tenemos que formarnos, para conseguir un trabajo, para conseguir dinero con el que comprar cosas que nos harán felices. Y los voceros de los medios de comunicación lo encumbran en sus portadas, en sus páginas de color sepia, en sus titulares. Y el Dios Dinero tiene cada vez más seguidores. Así nos va.
jueves, 7 de julio de 2016
Oposiciones
Hace poco más de un mes me enteré de que van a salir, supuestamente, en algún momento de este año, cinco plazas de arquitecto en la Junta de Andalucía. La verdad es que nunca me había planteado opositar, no me gusta estudiar en demasía, pero mi situación laboral me hizo decidirme y me apunté a una academia para prepararlas a distancia.
Con algo de ilusión y curiosidad, comencé a estudiar el material que me iba llegando, en más o menos grandes pdfs. Y me puse a leer, con gran divertimento por mi parte, leyes y más leyes, interesantísimos resúmenes de complicadísimos procedimientos legales, apasionantes decretos sobre igualdad de género y, para rematar, nuestra histórica y entretenida Constitución.
Después de un par de semanas, creo que empecé a enterarme de cómo va el asunto. El opositor es un individuo que, sin garantía ninguna de fecha de examen o contenido del mismo, se pone a estudiar, de memoria, un extenso temario, lleno, básicamente, de leyes. Algo muy práctico, memorizar leyes, en un momento de la historia en el que el acceso a la información es más fácil que nunca. Ah, se me olvidaba, en el caso de mis oposiciones, si no quedas entre los cinco primeros, habrás estudiado para nada. Hay bolsa de trabajo, pero es un poco estática.
Para ver por dónde iban los tiros de las preguntas, me miré también los exámenes tipo test que me iban enviando amablemente desde la academia. Eran del tipo Tedoytresopcionescasiigualesparaputearteunpoco. Preguntas que demuestran que eres capaz de meterte en la cabeza miles de páginas de leyes, decretos y normativas específicas, con todos sus artículitos, perfectamente ordenados, cada uno en su balda correspondiente. Algo muy práctico y lógico. Lo de que los candidatos demuestren otras aptitudes como su capacidad resolutiva, su eficiencia o inteligencia, no parece importar a los selectores.
Parece que para la Junta de Andalucía es superimportante que sus arquitectos sepan en qué artículo de la Constitución dice dónde reside la soberanía nacional de los españoles. Fundamental que sus arquitectos sepan ver las nueve diferencias entre las leyes estatales y autonómicas que tratan la igualdad de género. Imprescindible que sepan los días que debe durar la Información Pública en un Expediente de Expropiación.
En plena era digital parece mentira que la forma que tiene la Administración de elegir sus trabajadores sea medir su capacidad memorística, casi exclusivamente. La gente que prepara oposiciones llama "cantar" a recitar, de memoria, el extenso contenido de los temarios. Supongo que no hace falta decir nada más.
Las oposiciones, para el que las aprueba son la batalla ganada que ha merecido la pena luchar. Pero esta batalla deja a muchísima gente en el camino. Gente que ha perdido tiempo y dinero. Gente que lo ha pasado realmente mal. Y para nada. Gente que ha llegado a tomar pastillas, para poder aguantar. Que han sufrido úlceras. Que han renunciado a sus hijos y pareja durante unos meses. ¿Tiene sentido este cruel método? ¿Para qué hacer sufrir a la gente de forma innecesaria? ¿Selecciona este método a los mejores? ¿O a los que tienen más memoria?
La estructura de las oposiciones en nuestro país permanece, tal cual, desde hace décadas. De hecho, no se diferencian mucho las de ahora de las que hicieron mis padres hace más de cuarenta años. En otros países se hace hincapié en cosas más importantes. En EEUU se pide currículum, carta de presentación y se hacen entrevistas. En Reino Unido se hacen pruebas de aptitud, incluyendo redacción, comprensión lectora, aptitud matemática o incluso dar respuestas lógicas a e-mails complejos. Curiosamente, ambos países cuentan con una Administración más competente, imparcial y efectiva que la española. ¿Será por algo?
Con algo de ilusión y curiosidad, comencé a estudiar el material que me iba llegando, en más o menos grandes pdfs. Y me puse a leer, con gran divertimento por mi parte, leyes y más leyes, interesantísimos resúmenes de complicadísimos procedimientos legales, apasionantes decretos sobre igualdad de género y, para rematar, nuestra histórica y entretenida Constitución.
Después de un par de semanas, creo que empecé a enterarme de cómo va el asunto. El opositor es un individuo que, sin garantía ninguna de fecha de examen o contenido del mismo, se pone a estudiar, de memoria, un extenso temario, lleno, básicamente, de leyes. Algo muy práctico, memorizar leyes, en un momento de la historia en el que el acceso a la información es más fácil que nunca. Ah, se me olvidaba, en el caso de mis oposiciones, si no quedas entre los cinco primeros, habrás estudiado para nada. Hay bolsa de trabajo, pero es un poco estática.
Para ver por dónde iban los tiros de las preguntas, me miré también los exámenes tipo test que me iban enviando amablemente desde la academia. Eran del tipo Tedoytresopcionescasiigualesparaputearteunpoco. Preguntas que demuestran que eres capaz de meterte en la cabeza miles de páginas de leyes, decretos y normativas específicas, con todos sus artículitos, perfectamente ordenados, cada uno en su balda correspondiente. Algo muy práctico y lógico. Lo de que los candidatos demuestren otras aptitudes como su capacidad resolutiva, su eficiencia o inteligencia, no parece importar a los selectores.
Parece que para la Junta de Andalucía es superimportante que sus arquitectos sepan en qué artículo de la Constitución dice dónde reside la soberanía nacional de los españoles. Fundamental que sus arquitectos sepan ver las nueve diferencias entre las leyes estatales y autonómicas que tratan la igualdad de género. Imprescindible que sepan los días que debe durar la Información Pública en un Expediente de Expropiación.
En plena era digital parece mentira que la forma que tiene la Administración de elegir sus trabajadores sea medir su capacidad memorística, casi exclusivamente. La gente que prepara oposiciones llama "cantar" a recitar, de memoria, el extenso contenido de los temarios. Supongo que no hace falta decir nada más.
Las oposiciones, para el que las aprueba son la batalla ganada que ha merecido la pena luchar. Pero esta batalla deja a muchísima gente en el camino. Gente que ha perdido tiempo y dinero. Gente que lo ha pasado realmente mal. Y para nada. Gente que ha llegado a tomar pastillas, para poder aguantar. Que han sufrido úlceras. Que han renunciado a sus hijos y pareja durante unos meses. ¿Tiene sentido este cruel método? ¿Para qué hacer sufrir a la gente de forma innecesaria? ¿Selecciona este método a los mejores? ¿O a los que tienen más memoria?
La estructura de las oposiciones en nuestro país permanece, tal cual, desde hace décadas. De hecho, no se diferencian mucho las de ahora de las que hicieron mis padres hace más de cuarenta años. En otros países se hace hincapié en cosas más importantes. En EEUU se pide currículum, carta de presentación y se hacen entrevistas. En Reino Unido se hacen pruebas de aptitud, incluyendo redacción, comprensión lectora, aptitud matemática o incluso dar respuestas lógicas a e-mails complejos. Curiosamente, ambos países cuentan con una Administración más competente, imparcial y efectiva que la española. ¿Será por algo?
lunes, 27 de junio de 2016
Alucinante. Patético. Triste.
Alucinante, el resultado de las elecciones ayer. Más después de las encuestas que daban a Unidos Podemos como medalla de plata en esta segunda carrera por el poder. Lo he intentado, elección tras elección, pero ya no entiendo a mis compatriotas. Que después de los cuatro años que llevamos de mentiras, recortes, deuda pública disparada y corrupción casi endémica en el partido del gobierno, casi ocho millones de españoles sigan pensando que los de la gaviota y el himno merengón son los mejores para dirigir este país, es algo que se me escapa. Pero bueno, está ahí. Es la realidad.
Patético, el discurso "victorioso" del PSOE tras el batacazo de ayer. Que el partido de Pedro Sánchez, con más de cien años de historia a sus espaldas, considere como más significativo y positivo que no les ha adelantado el partido de Pablo Iglesias, en plena infancia política y con muchísimos menos medios que ellos, tanto materiales como personales, muestra el estado de aislamiento e incomprensión en el que sigue instalado el partido de la rosa. Siguen sin enterarse de que lo que están pidiendo muchos españoles, a gritos, es que la palabra "socialista" que forma parte de sus siglas vuelva a representar lo que significa en el diccionario y deje de ser un mero adorno residuo de tiempos pasados.
Patética también Susana Díaz, al presumir de que las tres provincias donde ha ganado el "socialismo" son andaluzas, después de haber perdido las elecciones frente a un tipo, el Moreno Bonilla, al que le basta con protestar para ganar. Tanto Pedro como Susana deberían aprender de los nuevos. Tanto desde Unidos Podemos como desde Ciudadanos se reconoció, sin adornos, sin excusas, que los resultados no sólo no eran los esperados, sino que eran malos. Punto.
Triste, la situación en que nos deja todo esto. Un PP sacando pecho, con tan sólo un tercio de los escaños del parlamento, que se cree inmune a los casos de corrupción y que siente que puede golpear, una y otra vez, a la sociedad española sin miedo a una revolución. La sociedad española responderá poniendo la otra mejilla, gustosa de seguir recibiendo palos. Desde luego es lo que parece. Un PSOE que sigue comportándose, después de obtener los peores resultados de su historia, como si fuera un actor protagonista, cuando va camino de quedarse en mero figurante. Un Podemos que, tendiendo la mano, sigue marcando líneas rojas y que, tonteando con los independentistas, se marca objetivos que sabe son, ahora mismo, inalcanzables. Y un Ciudadanos al que le han durado poco los votos arrebatados al PP. Parece que muchos votantes de derechas han preferido volver a la marca de toda la vida, en perjuicio de la marca blanca de la derecha que es el partido naranja.
En cualquier caso, nos guste o no, el pueblo ha hablado, y el PP ha ganado claramente las elecciones. Hay una mayoría de españoles que piensan que el registrador de la propiedad en excedencia de andar veloz debe seguir rigiendo el destino de este extraño país. Lo lógico, lo democrático, sería que se abstuvieran todos los demás y le dejaran gobernar. Lo importante, ahora mismo, es salir de este bloqueo y volver a ponernos en marcha. Al fin y al cabo, no tienen mayoría absoluta y tendrán que trabajarse cada Ley, cada Decreto. Y quién sabe, lo mismo hasta aprenden a negociar. Aunque lo dudo.
Patético, el discurso "victorioso" del PSOE tras el batacazo de ayer. Que el partido de Pedro Sánchez, con más de cien años de historia a sus espaldas, considere como más significativo y positivo que no les ha adelantado el partido de Pablo Iglesias, en plena infancia política y con muchísimos menos medios que ellos, tanto materiales como personales, muestra el estado de aislamiento e incomprensión en el que sigue instalado el partido de la rosa. Siguen sin enterarse de que lo que están pidiendo muchos españoles, a gritos, es que la palabra "socialista" que forma parte de sus siglas vuelva a representar lo que significa en el diccionario y deje de ser un mero adorno residuo de tiempos pasados.
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| Infografía de Luca Mendieta |
Triste, la situación en que nos deja todo esto. Un PP sacando pecho, con tan sólo un tercio de los escaños del parlamento, que se cree inmune a los casos de corrupción y que siente que puede golpear, una y otra vez, a la sociedad española sin miedo a una revolución. La sociedad española responderá poniendo la otra mejilla, gustosa de seguir recibiendo palos. Desde luego es lo que parece. Un PSOE que sigue comportándose, después de obtener los peores resultados de su historia, como si fuera un actor protagonista, cuando va camino de quedarse en mero figurante. Un Podemos que, tendiendo la mano, sigue marcando líneas rojas y que, tonteando con los independentistas, se marca objetivos que sabe son, ahora mismo, inalcanzables. Y un Ciudadanos al que le han durado poco los votos arrebatados al PP. Parece que muchos votantes de derechas han preferido volver a la marca de toda la vida, en perjuicio de la marca blanca de la derecha que es el partido naranja.
En cualquier caso, nos guste o no, el pueblo ha hablado, y el PP ha ganado claramente las elecciones. Hay una mayoría de españoles que piensan que el registrador de la propiedad en excedencia de andar veloz debe seguir rigiendo el destino de este extraño país. Lo lógico, lo democrático, sería que se abstuvieran todos los demás y le dejaran gobernar. Lo importante, ahora mismo, es salir de este bloqueo y volver a ponernos en marcha. Al fin y al cabo, no tienen mayoría absoluta y tendrán que trabajarse cada Ley, cada Decreto. Y quién sabe, lo mismo hasta aprenden a negociar. Aunque lo dudo.
miércoles, 22 de junio de 2016
Power to the people
Estaba alucinando. Era algo que me estaba pasando desde hacía tiempo. Desde que había empezado a sentir que algo se movía. Que la gente se movía. Llevaba muchos años yendo a manifestaciones y los participantes cada vez se acercaban más a los cuatro gatos. Hasta que, de repente, comenzó a suceder. Viernes, Sábados, Domingos, Lunes, daba igual el día. Daba igual la hora. Por la mañana. Por la tarde. Decenas de miles de personas juntaban sus voces para reclamar lo que era suyo. O protestaban por alguna injusticia. O clamaban contra la corrupción.
La primera vez se juntaron para clamar contra el tesorero de un partido que había estado apropiándose de dinero que no era suyo durante más de dos décadas. Era dinero procedente de donaciones más o menos oscuras. Y el tipo se lo pasaba por el forro y llevaba más de veinte años mandándolo a una cuenta que tenía en la limpia y pulcra Suiza. Cuando salió a la luz, más de treinta mil personas habían ocupado la plaza delante de la sede del partido en cuestión para pedir justicia.
La segunda fue delante de la casa de un futbolista argentino. El tipo había defraudado a Hacienda nosécuántos millones de euros, durante años. Era un malabarista del balón, pero también de las finanzas. Y de la elusión fiscal. Y flipé cuando ví en la tele que más de veintidosmil personas se habían plantado delante del humilde hogar del deportista para reclamarle que pagara lo que le correspondía. Incluso en el campo de fútbol, alguna tarde de domingo, se pudieron ver pancartas en su contra.
La tercera me pilló en Madrid, delante del Congreso. Allí, entre los petrificados leones, había más de cincuenta mil personas protestando por la política, o más bien ausencia de ella, que se estaba desarrollando para solucionar el problema de los refugiados. Cincuenta mil personas gritando, cantando, protestando por el mirar a otro lado de la mayoría de los representantes de los ciudadanos en la Cámara.
De repente me desperté. Abrí los ojos. Y allí estaba. En el campo, una tarde más de domingo, viendo cómo decenas de miles de personas se juntaban en un estadio para ver a veintidós tipos perfectamente adultos, en calzonas, correr detrás de un balón. Decenas de miles de personas que empujaban, que apoyaban, que se dejaban sus voces para animar a su equipo. Cuánta energía junta. Cuántas cosas se podrían hacer con ella. ¿Y si la usáramos para cambiar el mundo? Estaba alucinando.
La primera vez se juntaron para clamar contra el tesorero de un partido que había estado apropiándose de dinero que no era suyo durante más de dos décadas. Era dinero procedente de donaciones más o menos oscuras. Y el tipo se lo pasaba por el forro y llevaba más de veinte años mandándolo a una cuenta que tenía en la limpia y pulcra Suiza. Cuando salió a la luz, más de treinta mil personas habían ocupado la plaza delante de la sede del partido en cuestión para pedir justicia.
La segunda fue delante de la casa de un futbolista argentino. El tipo había defraudado a Hacienda nosécuántos millones de euros, durante años. Era un malabarista del balón, pero también de las finanzas. Y de la elusión fiscal. Y flipé cuando ví en la tele que más de veintidosmil personas se habían plantado delante del humilde hogar del deportista para reclamarle que pagara lo que le correspondía. Incluso en el campo de fútbol, alguna tarde de domingo, se pudieron ver pancartas en su contra.
La tercera me pilló en Madrid, delante del Congreso. Allí, entre los petrificados leones, había más de cincuenta mil personas protestando por la política, o más bien ausencia de ella, que se estaba desarrollando para solucionar el problema de los refugiados. Cincuenta mil personas gritando, cantando, protestando por el mirar a otro lado de la mayoría de los representantes de los ciudadanos en la Cámara.
De repente me desperté. Abrí los ojos. Y allí estaba. En el campo, una tarde más de domingo, viendo cómo decenas de miles de personas se juntaban en un estadio para ver a veintidós tipos perfectamente adultos, en calzonas, correr detrás de un balón. Decenas de miles de personas que empujaban, que apoyaban, que se dejaban sus voces para animar a su equipo. Cuánta energía junta. Cuántas cosas se podrían hacer con ella. ¿Y si la usáramos para cambiar el mundo? Estaba alucinando.
jueves, 16 de junio de 2016
El Imperio Gay
En la semana del superdewáter del lunes me he topado, en varias ocasiones, con protestas cibernéticas contra un cartel en el que aparecían dos imágenes de sendas vírgenes dándose, con perdón, un buen morreo. El cartel, colocado en las redes sociales por la organización política Endavant, integrada en la CUP, convoca a una manifestación del orgullo gay, que tendrá lugar el sábado 18 de junio en Valencia. Para los que no lo hayáis visto, en el cartel se ve a la Virgen de Montserrat besando en los labios a la de los Desamparados, y un lema que dice, traducido al castellano, "Contra la sagrada opresión: ama como quieras". Nada más, para algunos. Y nada menos, para otros.
La reacción por parte de la Iglesia española ha sido rápida y rotunda. El polémico arzobispo Cañizares ha convocado un acto de desagravio, que no sé qué diantres significa, pero suena mal. Se ha invitado a los feligreses a "unirse espiritualmente", rezando el rosario y celebrando no sé qué misa votiva. Las redes arden con palabras como "profanación", "blasfemia" o "piedad popular". La Iglesia Católica en España clama por el respeto a la libertad religiosa y a la libre predicación del evangelio en una sociedad plural.
Curiosas palabras, más viniendo de una institución que, en sus más de dos mil años de historia no se ha caracterizado, precisamente, por el respeto a otras creencias o por el fomento de la libertad religiosa o por su trabajo en aras de una socidad plural. Y más curiosas aún después de las palabras del Arzobispo de Valencia en las últimas semanas, en las que ha soltado perlas como que "Una ideología de género se está difundiendo para destruir la familia", nos ha advertido de que esta ideología es una "amenaza contra la paz mundial y nuestra sociedad" y ha afirmado que en los últimos años "ha asistido a una importante escalada contra la familia por parte de dirigentes políticos, ayudados por otros poderes como el 'imperio gay' y ciertas ideologías feministas". Vaya prenda, ¿no?
Para más inri, me entero de que el pasado sábado, el Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, canceló un evento lúdico y de oración "por las víctimas de la exclusión" organizado por Cristianos LGBT de Sevilla (Ichthys). Otro prenda. Creo que el departamento de RRHH del Vaticano anda cortito de recursos.
No soy creyente, pero provengo de una familia de creyentes. Y prácticantes. No justifico, de ninguna manera, el cartelito de marras. Me parece de mal gusto y de provocación gratuita. Pero no deja de ser un cartel. Y la Virgen, que yo sepa, era una. Lo demás no son más que representaciones. Y se están besando. ¿Desde cuándo es malo un beso? ¿Qué le pasa a este tipo para ofenderse tanto por algo así? Lo que más pena me da de todo esto es que la Iglesia grita y vocifera ante este tipo de cosas, que no van más allá de la superficie, y se queda callada ante ataques que incitan al odio contra colectivos que, como los gays, siguen estando marginados en nuestra sociedad.
No soy creyente, pero conozco el Nuevo Testamento lo suficiente como para saber que el Jesús que sale en el libro sagrado de los cristianos se habría puesto, con total seguridad, de parte de los integrantes del "imperio gay". El látigo lo habría sacado, no lo dudo, contra el polémico Cardenal, al que habría llamado a consultas. Y también le habría dado una buena tunda al Arzobispo de Sevilla. Quizás por eso no soy creyente, porque, de haber un Dios, no permitiría este tipo de comportamientos. Señor Cañizares, Señor Ajenjo, que cada uno ame como quiera, que tengan hijos los que los quieran tener, y hagan bien su trabajo, que consiste, principalmente, en conseguir un mundo más justo y lleno de amor, como ustedes predican. Pero amor para todos. También para los gays.
La reacción por parte de la Iglesia española ha sido rápida y rotunda. El polémico arzobispo Cañizares ha convocado un acto de desagravio, que no sé qué diantres significa, pero suena mal. Se ha invitado a los feligreses a "unirse espiritualmente", rezando el rosario y celebrando no sé qué misa votiva. Las redes arden con palabras como "profanación", "blasfemia" o "piedad popular". La Iglesia Católica en España clama por el respeto a la libertad religiosa y a la libre predicación del evangelio en una sociedad plural.
Curiosas palabras, más viniendo de una institución que, en sus más de dos mil años de historia no se ha caracterizado, precisamente, por el respeto a otras creencias o por el fomento de la libertad religiosa o por su trabajo en aras de una socidad plural. Y más curiosas aún después de las palabras del Arzobispo de Valencia en las últimas semanas, en las que ha soltado perlas como que "Una ideología de género se está difundiendo para destruir la familia", nos ha advertido de que esta ideología es una "amenaza contra la paz mundial y nuestra sociedad" y ha afirmado que en los últimos años "ha asistido a una importante escalada contra la familia por parte de dirigentes políticos, ayudados por otros poderes como el 'imperio gay' y ciertas ideologías feministas". Vaya prenda, ¿no?
Para más inri, me entero de que el pasado sábado, el Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, canceló un evento lúdico y de oración "por las víctimas de la exclusión" organizado por Cristianos LGBT de Sevilla (Ichthys). Otro prenda. Creo que el departamento de RRHH del Vaticano anda cortito de recursos.
No soy creyente, pero provengo de una familia de creyentes. Y prácticantes. No justifico, de ninguna manera, el cartelito de marras. Me parece de mal gusto y de provocación gratuita. Pero no deja de ser un cartel. Y la Virgen, que yo sepa, era una. Lo demás no son más que representaciones. Y se están besando. ¿Desde cuándo es malo un beso? ¿Qué le pasa a este tipo para ofenderse tanto por algo así? Lo que más pena me da de todo esto es que la Iglesia grita y vocifera ante este tipo de cosas, que no van más allá de la superficie, y se queda callada ante ataques que incitan al odio contra colectivos que, como los gays, siguen estando marginados en nuestra sociedad.
No soy creyente, pero conozco el Nuevo Testamento lo suficiente como para saber que el Jesús que sale en el libro sagrado de los cristianos se habría puesto, con total seguridad, de parte de los integrantes del "imperio gay". El látigo lo habría sacado, no lo dudo, contra el polémico Cardenal, al que habría llamado a consultas. Y también le habría dado una buena tunda al Arzobispo de Sevilla. Quizás por eso no soy creyente, porque, de haber un Dios, no permitiría este tipo de comportamientos. Señor Cañizares, Señor Ajenjo, que cada uno ame como quiera, que tengan hijos los que los quieran tener, y hagan bien su trabajo, que consiste, principalmente, en conseguir un mundo más justo y lleno de amor, como ustedes predican. Pero amor para todos. También para los gays.
jueves, 2 de junio de 2016
Ya está bien
Hace un par de semanas, en la mañana del sábado, mientras disfrutaba de ese momento tan placentero que es para mí la preparación del desayuno, oliendo a café recién hecho y a tostadita calentita, algo me sacó de mi paraíso particular. En la radio estaban entrevistando a una pareja de hermanos, músicos, de San Fernando, Cádiz. Se hacen llamar Random Thinking y sus nombres son Aurora y Ángel Pérez, guitarra y voz, ella y guitarra solista, él. Como su nombre indica, el grupo hace distintos tipos de música, yendo del folk al pop, pasando por el blues y el rock.
Al periodista de turno, que me despertó de mi onírico sueño gastromatutino, no se le ocurrió otra cosa que preguntarles que, siendo de San Fernando, cómo es que no hacían flamenco. Casi se me cae un crepe al escucharlo. ¿Se puede ser más, con perdón, imbécil? ¿Se puede hacer una pregunta más tonta? Un estudiante de primaria habría hecho preguntas menos tópicas para el periódico de su colegio. Y hasta tres veces les formuló la misma pregunta, el artista.
Nací en Barcelona pero llegué a Sevilla con dos añitos. Mi madre, menorquina, mi padre, cordobés, pero poco andaluz, en realidad. Lo que quiero decir es que no soy ningún integrista andaluz, ni nada por el estilo. Andalucía es mi tierra, y me encuentro muy bien aquí, pero soy el primero que la critico. No me siento orgulloso de ser de aquí, porque es algo que me ha venido dado, no es mérito de nadie. Pero no puedo cuando atacan esta tierra desde el topicazo más estúpido.
Al periodista éste le diría que en Andalucía se hace, y se ha hecho, mucha y variada música, más allá del flamenco, que no es precisamente mayoritario. Le podría hablar de autores e intérpretes de música clásica, como Joaquín Turina, Manuel de Falla, Andrés Segovia y Manuel Castillo. Grupos y cantantes de rock, como Silvio, Triana, Smash, Tabletom o el grandísimo Miguel Ríos. Grupos de pop como Los Planetas, 091, Danza Invisible, Lori Meyers, Niños Mutantes o Supersubmarina. Cantautores como Joaquín Sabina, Javier Ruibal o Pablo Alborán. Raperos como la Mala Rodríguez, SFDK o Toteking. Y músicos inclasificables como Kiko Veneno, Raimundo Amador, Martires del Compás, Chambao, Los Delinqüentes o Martirio. Y podría seguir.
Recuerdo una vez, cuando estaba yo tan feliz con mi beca Erasmus en Alemania, que uno de Madriz me preguntó: ¿Cómo pronuncias tan bien el alemán, si eres de Sevilla? Como os podéis imaginar, ni me molesté en contestar. Pero el trato ignorante y pedante de los periodistas de más allá de Despeñaperros hacia lo andaluz tiene también culpables internos. La televisión pública no hace más que difundir y fomentar los topicazos más rancios de nuestra región. Los periodistas que trabajan con su voz reniegan de su acento andaluz y pasan a usar, misteriosamente, un castellano de lo más estándar. Y para colmo, nuestros alcaldes y demás gobernantes se empeñan en dar brío y energía a nuestras tradiciones más "andaluzas", alimentando, así, al monstruo del topicazo de nuestros vecinos del Norte.
¿Tiene esto arreglo? Supongo que, mientras la actitud de los de arriba sea la que tienen ahora, no. El pan y circo, en forma de flamenco y sevillanas para todos, les funciona estupendamente, y no creo que quieran cambiar, no vaya la gente a pensar por sí misma. En cualquier caso, aquí va mi granito de arena con esta musical y reivindicativa columna. Ah, y al periodista de la entrevista mencionada, me gustaría decirle que tengo un amigo, de San Fernando, cañaílla él, que toca estupendamente la Tin Wistle, la flauta ésa que usan los irlandeses para su música. Y, como los de Random Thinking, no toca flamenco, precisamente.
Al periodista de turno, que me despertó de mi onírico sueño gastromatutino, no se le ocurrió otra cosa que preguntarles que, siendo de San Fernando, cómo es que no hacían flamenco. Casi se me cae un crepe al escucharlo. ¿Se puede ser más, con perdón, imbécil? ¿Se puede hacer una pregunta más tonta? Un estudiante de primaria habría hecho preguntas menos tópicas para el periódico de su colegio. Y hasta tres veces les formuló la misma pregunta, el artista.
Nací en Barcelona pero llegué a Sevilla con dos añitos. Mi madre, menorquina, mi padre, cordobés, pero poco andaluz, en realidad. Lo que quiero decir es que no soy ningún integrista andaluz, ni nada por el estilo. Andalucía es mi tierra, y me encuentro muy bien aquí, pero soy el primero que la critico. No me siento orgulloso de ser de aquí, porque es algo que me ha venido dado, no es mérito de nadie. Pero no puedo cuando atacan esta tierra desde el topicazo más estúpido.
Al periodista éste le diría que en Andalucía se hace, y se ha hecho, mucha y variada música, más allá del flamenco, que no es precisamente mayoritario. Le podría hablar de autores e intérpretes de música clásica, como Joaquín Turina, Manuel de Falla, Andrés Segovia y Manuel Castillo. Grupos y cantantes de rock, como Silvio, Triana, Smash, Tabletom o el grandísimo Miguel Ríos. Grupos de pop como Los Planetas, 091, Danza Invisible, Lori Meyers, Niños Mutantes o Supersubmarina. Cantautores como Joaquín Sabina, Javier Ruibal o Pablo Alborán. Raperos como la Mala Rodríguez, SFDK o Toteking. Y músicos inclasificables como Kiko Veneno, Raimundo Amador, Martires del Compás, Chambao, Los Delinqüentes o Martirio. Y podría seguir.
Recuerdo una vez, cuando estaba yo tan feliz con mi beca Erasmus en Alemania, que uno de Madriz me preguntó: ¿Cómo pronuncias tan bien el alemán, si eres de Sevilla? Como os podéis imaginar, ni me molesté en contestar. Pero el trato ignorante y pedante de los periodistas de más allá de Despeñaperros hacia lo andaluz tiene también culpables internos. La televisión pública no hace más que difundir y fomentar los topicazos más rancios de nuestra región. Los periodistas que trabajan con su voz reniegan de su acento andaluz y pasan a usar, misteriosamente, un castellano de lo más estándar. Y para colmo, nuestros alcaldes y demás gobernantes se empeñan en dar brío y energía a nuestras tradiciones más "andaluzas", alimentando, así, al monstruo del topicazo de nuestros vecinos del Norte.
¿Tiene esto arreglo? Supongo que, mientras la actitud de los de arriba sea la que tienen ahora, no. El pan y circo, en forma de flamenco y sevillanas para todos, les funciona estupendamente, y no creo que quieran cambiar, no vaya la gente a pensar por sí misma. En cualquier caso, aquí va mi granito de arena con esta musical y reivindicativa columna. Ah, y al periodista de la entrevista mencionada, me gustaría decirle que tengo un amigo, de San Fernando, cañaílla él, que toca estupendamente la Tin Wistle, la flauta ésa que usan los irlandeses para su música. Y, como los de Random Thinking, no toca flamenco, precisamente.
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