Ayer iba en el Metro, camino de Sevilla, con una carpeta con papeles médicos varios. Contenían información muy privada. Andaba yo enredado con mi flamante smartphone de segunda mano, con cosas tan importantes como el whatsapp y el facebook cuando llegó mi transporte, así que me monté, sin despegar mis ojos de la pantallita. Cuál fue mi sorpresa cuando, desde el interior del vagón que me había engullido a mí y a mi absorbedor aparatito, pude ver cómo me alejaba de la carpeta, ella sí que era importante, que quedaba allí triste y sola, abandonada en la fría superficie del banco metálico.
Nunca he sido muy de teléfono. No soy persona muy habladora, y por teléfono menos. Llegué tarde al móvil. Me resistí hasta que me dí cuenta de que a mi teléfono fijo le estaban saliendo telarañas. Aguanté como un campeón con mi ladrillo Ericsson hasta que tuve que subirme al carro de los mal llamados teléfonos inteligentes. Estaba yo contento y tranquilo en mi nivel smartphone cuando de repente, hace pocos años, llegó el whatsapp, cual elefante en cacharrería. También me mantuve en mi posición, ya que no le veía utilidad, hasta que pude ver cómo la gente dejaba de llamarme y compartían sus vidas a través de esa demoníaca aplicación. Y tuve que subirme al carro del whatsapp también.
No me considero, pues, un enganchado al móvil. En el cine, lo pongo en silencio. Cuando voy a correr, lo dejo en casa. Si estoy con alguien tomándome una cerveza, lo uso sólo lo imprescindible. Soy un usuario con cabeza. O eso creía. Pues no. Ayer, cuando, con cara de imbécil, me quedé mirando cómo abandonaba a mi carpeta con mis datos médicos y personales en la solitaria estación, me dí cuenta de que, o tomo medidas serias y urgentes, o no podré vivir sin este invento del demonio.
Haciendo memoria de mis rutinas, intentando mirarme desde el exterior, cual dron con neuronas, me he dado cuenta de que he entrado en la malévola zona de influencia de los smartphones. Estoy todo el día pendiente del último whatsapp. Cuando me levanto lo primero que miro es el móvil. No sé cuántas veces, a lo largo del día, me lo saco del bolsillo, para leer el último mensaje. Cuando voy a echar el día a la playa lo primero que hago es echar una fotito, para dar envidia. Mi niña puede estar enterrándose en arena, que no me percato. Si cocino, publico la foto de mi última creación gastronómica antes de probarla.
Si yo, que me considero ajeno al enganche que provocan estos aparatos, estoy así. ¿Cómo estarán los demás? Cuando miro a mi alrededor y veo a casi toda la gente que me rodea mirando el puto, con perdón, cacharrito, se me cae el alma a los pies. Cuando estamos con un ojo en el móvil y el otro en la realidad no estamos ni aquí ni allí. Y te dejas una carpeta con papeles importantes en un banco. O no escuchas cómo tu pareja te cuenta cómo le ha ido el día. O no ves cómo tu hija da sus primeros pasos. O te pierdes una irrepetible puesta de sol.
El filósofo francés Michel Serres acuñó hace años la expresión "generación de los pulgarcitos", refiriéndose a los jóvenes que están todo el día con el pulgar en sus móviles. Estos aparatos nos mantienen en un limbo que nos aleja de la realidad, y de la gente que tenemos a nuestro lado, para darnos una falsa sensación de pertenencia a grupo de gente a la que, en su mayoría, no vemos en meses. O en años. Mientras, nos perdemos lo que pasa a pocos metros de nosotros, que no es más que la vida. Ni menos.
miércoles, 21 de septiembre de 2016
martes, 13 de septiembre de 2016
Economía del bien común
Ayer tuve la oportunidad de asistir a una conferencia impartida por Christian Felber, el profesor universitario austríaco que está detrás de esa maravillosa y fresca idea que apareció hace pocos años llamada Economía del Bien Común.
La charla inauguraba los Cursos de Verano de la UNIA, en el campus de Sevilla, ubicado en la Isla de la Cartuja. Después de aguantar estoicamente las típicas y soporíferas intervenciones previas de dos cargos de la universidad y de los dos políticos de turno, a los que dudo les importe mucho el tema, comenzó el profesor Felber su interesantísima ponencia, después de trazar en el aire, literalmente, una perfecta pirueta para romper, supongo, con los rígidos y manidos discursos de sus predecesores. Por lo visto, entre otras cosas, estudió danza.
¿Qué es la Economía del Bien Común? Pues es una teoría económica, desarrollada por el propio Felber, que, básicamente, propone un cambio en el sistema económico capitalista que ha conquistado el mundo. Una economía no basada en el capital y en el enriquecimiento, sino en el bien común. Una economía donde el dinero no sea un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar el bienestar de todas las personas.
Felber, que tiene aspecto de un niño travieso que no ha dejado de jugar, planteó muchas ideas que me parecieron interesantes, algunas imprescindibles. Para empezar nos puso ejemplos de varias constituciones que contemplan en sus artículos el bien común como objetivo de la sociedad (Constitución de Baviera, Constitución de Alemania, Constitución Española...), algo que no parece estar cumpliéndose en toda su dimensión.
También habló de cómo se usa como principal indicador económico el Producto Interior Bruto, que debe crecer eternamente para que, según las teorías capitalistas, la sociedad progrese y prospere. Sin embargo, según nos contó Felber, hay países donde se están proponiendo otros sistemas, como Bután, donde han creado la Felicidad Interna Bruta, un indicador que mide, entre otras cosas, el desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el buen gobierno. La información la consiguen mediante una encuesta de 180 preguntas.
Para terminar, enseñó una propuesta de "balance del bien común" de las empresas, una especie de etiqueta que cuantifica su actividad en lo que respecta a la búsqueda del bien común de la sociedad. Según la puntuación obtenida en este balance se podría incentivar o castigar a las empresas, con menos impuestos para las más éticas y trabas para las menos.
La teoría económica de Felber es muy interesante y es un soplo de aire fresco al pensamiento único en que se ha convertido el capitalismo, que casi nadie cuestiona. Sus ideas se están extendiendo, existiendo grupos y asociaciones por todo el mundo, incluso aquí en Sevilla. Está claro que tener al dinero como único objetivo, como el Dios de todas las cosas, nos está llevando a una sociedad cada vez más desigual e insolidaria que, además, está esquilmando los recursos finitos que tiene nuestro planeta. Haría falta un giro de 180 grados en las políticas de nuestros gobiernos para conseguir revertir esta situación por otro lado insostenible. Viendo cómo el Excelentísimo y Celebérrimo y Muy Señor Mío Alcalde de Sevilla se piraba de la ponencia después de presentarlo como el paradigma de la nueva economía, me hace pensar que estamos todavía muy lejos de ese cambio.
La charla inauguraba los Cursos de Verano de la UNIA, en el campus de Sevilla, ubicado en la Isla de la Cartuja. Después de aguantar estoicamente las típicas y soporíferas intervenciones previas de dos cargos de la universidad y de los dos políticos de turno, a los que dudo les importe mucho el tema, comenzó el profesor Felber su interesantísima ponencia, después de trazar en el aire, literalmente, una perfecta pirueta para romper, supongo, con los rígidos y manidos discursos de sus predecesores. Por lo visto, entre otras cosas, estudió danza.
¿Qué es la Economía del Bien Común? Pues es una teoría económica, desarrollada por el propio Felber, que, básicamente, propone un cambio en el sistema económico capitalista que ha conquistado el mundo. Una economía no basada en el capital y en el enriquecimiento, sino en el bien común. Una economía donde el dinero no sea un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar el bienestar de todas las personas.
Felber, que tiene aspecto de un niño travieso que no ha dejado de jugar, planteó muchas ideas que me parecieron interesantes, algunas imprescindibles. Para empezar nos puso ejemplos de varias constituciones que contemplan en sus artículos el bien común como objetivo de la sociedad (Constitución de Baviera, Constitución de Alemania, Constitución Española...), algo que no parece estar cumpliéndose en toda su dimensión.
También habló de cómo se usa como principal indicador económico el Producto Interior Bruto, que debe crecer eternamente para que, según las teorías capitalistas, la sociedad progrese y prospere. Sin embargo, según nos contó Felber, hay países donde se están proponiendo otros sistemas, como Bután, donde han creado la Felicidad Interna Bruta, un indicador que mide, entre otras cosas, el desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el buen gobierno. La información la consiguen mediante una encuesta de 180 preguntas.
Para terminar, enseñó una propuesta de "balance del bien común" de las empresas, una especie de etiqueta que cuantifica su actividad en lo que respecta a la búsqueda del bien común de la sociedad. Según la puntuación obtenida en este balance se podría incentivar o castigar a las empresas, con menos impuestos para las más éticas y trabas para las menos.
La teoría económica de Felber es muy interesante y es un soplo de aire fresco al pensamiento único en que se ha convertido el capitalismo, que casi nadie cuestiona. Sus ideas se están extendiendo, existiendo grupos y asociaciones por todo el mundo, incluso aquí en Sevilla. Está claro que tener al dinero como único objetivo, como el Dios de todas las cosas, nos está llevando a una sociedad cada vez más desigual e insolidaria que, además, está esquilmando los recursos finitos que tiene nuestro planeta. Haría falta un giro de 180 grados en las políticas de nuestros gobiernos para conseguir revertir esta situación por otro lado insostenible. Viendo cómo el Excelentísimo y Celebérrimo y Muy Señor Mío Alcalde de Sevilla se piraba de la ponencia después de presentarlo como el paradigma de la nueva economía, me hace pensar que estamos todavía muy lejos de ese cambio.
viernes, 9 de septiembre de 2016
No.
Esta es, al parecer, la palabra favorita del principal líder de la oposición. Una palabra que recuerda a la de los niños de dos tres años, cuando entran en la fase de negación universal. "Niño, ¿quieres hacer pipí? No. ¿Quieres comer? No. ¿Quieres dormir? No. ¿Quieres dos millones de euros? No". Pedro Sánchez, en las últimas semanas y, especialmente, en las fallidas sesiones de investidura, nos ha recordado a un niño de estas edades, negando más veces que el santo homónimo. Lo malo, es que, a diferencia del caso de los infantes, cuyas acciones no influyen más allá de las puertas de sus hogares, la actidud del tozudo dirigente socialista nos afecta a todos.
Pero esto no es, a nuestro juicio, lo peor. Lo peor es que Pedro Sánchez, aparte de decir que no a la investidura de Rajoy, no dice nada más. No propone alternativa. Y, en un ejercicio de malabarismo circense, niega también las terceras elecciones. "No apoyo un gobierno del PP, no me postulo como candidato dentro de un gobierno alternativo, pero no quiero elecciones en diciembre", parece decir. Pedro Sánchez nos recuerda a ese niño que entra en bucle y no sale del no, sin saber cómo escapar, pero manteniéndose empecinadamente en su postura, sin acordarse al final de a qué se estaba negando.
Y lo peor es, también, y aunque la mayoría de los medios se empeñen en lo contrario, que Pedro Sánchez no es el único enamorado de la negación. Ni el único culpable de esta situación. Rajoy, aunque quiera aparentar lo opuesto, se mantiene en su inacción y en su incapacidad de ceder en nada, negándose también a cualquier acuerdo que no pase por mantenerse en el poder, como si siguiera teniendo la mayoría absoluta. Rivera, el comodín de nuestro Parlamento, se niega a cualquier tipo de acuerdo con los "radicales" de Podemos, el otro partido del cambio hace pocos meses. Iglesias, se niega, a su vez y con reciprocidad, al acuerdo con los naranjas y, al mismo tiempo, a renunciar al referéndum en la tierra del pan con tomate. Para terminar, el gazpacho de nacionalistas e independentistas se atrincheran en su fortaleza del "no a todo si no nos dejais irnos de España".
En nuestra opinión, todos son culpables, en mayor o menor medida, por no ser capaces de gestionar los resultados electorales. Contra lo que se repite cansinamente en los medios, los votantes no quieren que haya un gran acuerdo entre partidos, ni una imposible coalición. Cada uno ha votado con la intención, con el deseo, de que su partido consiga mayoría absoluta y gobierne conforme a sus ideas. Así somos. Lo que no entienden los líderes políticos es que su deber, para lo que les pagamos mes tras mes, es gestionar estos resultados y gobernar conforme a ellos. Punto.
¿Y esto cómo se hace? Pues una opción sería, ante la falta de reglas y de acuerdos, dejar gobernar a quien ha ganado las elecciones, por mucho que nos duela. La perspectiva de un parlamento fragmentado y de un gobierno en minoría puede ser una oportunidad de que la oposición haga algo más que protestar. Teniendo más escaños que el gobierno, los partidos del "cambio" podrían sacar adelante reformas y leyes de calado sin la necesidad de formar parte de él. Podrían conseguir una Ley de Educación consensuada entre todos con el compromiso de que perdurara en el tiempo. Podrían derogar la Reforma Laboral y aprobar otra más justa con los trabajadores y menos a medida para los empresarios. Podrían eliminar el Impuesto al Sol, reformar la Ley Electoral...
Es urgente que alguien se ponga al mando del barco y que los demás hagan una oposición honrada y constructiva. No tiene sentido esta situación de bloqueo. Dejen de pensar únicamente en sus propios intereses y trabajen por el país que les paga sus abultados sueldos. Convocar, por motivos personales, por mantener la silla, o por no bajarse del burro, unas terceras elecciones sería algo inadmisible. Ya está bien, no nos pregunten más y hagan su trabajo. Hay que aceptar los resultados y respetar la opinión expresada, dos veces ya, por los ciudadanos. ¿No iba de esto la democracia con la que tanto se llenan la boca? Pues practíquenla.
Pero esto no es, a nuestro juicio, lo peor. Lo peor es que Pedro Sánchez, aparte de decir que no a la investidura de Rajoy, no dice nada más. No propone alternativa. Y, en un ejercicio de malabarismo circense, niega también las terceras elecciones. "No apoyo un gobierno del PP, no me postulo como candidato dentro de un gobierno alternativo, pero no quiero elecciones en diciembre", parece decir. Pedro Sánchez nos recuerda a ese niño que entra en bucle y no sale del no, sin saber cómo escapar, pero manteniéndose empecinadamente en su postura, sin acordarse al final de a qué se estaba negando.
Y lo peor es, también, y aunque la mayoría de los medios se empeñen en lo contrario, que Pedro Sánchez no es el único enamorado de la negación. Ni el único culpable de esta situación. Rajoy, aunque quiera aparentar lo opuesto, se mantiene en su inacción y en su incapacidad de ceder en nada, negándose también a cualquier acuerdo que no pase por mantenerse en el poder, como si siguiera teniendo la mayoría absoluta. Rivera, el comodín de nuestro Parlamento, se niega a cualquier tipo de acuerdo con los "radicales" de Podemos, el otro partido del cambio hace pocos meses. Iglesias, se niega, a su vez y con reciprocidad, al acuerdo con los naranjas y, al mismo tiempo, a renunciar al referéndum en la tierra del pan con tomate. Para terminar, el gazpacho de nacionalistas e independentistas se atrincheran en su fortaleza del "no a todo si no nos dejais irnos de España".
En nuestra opinión, todos son culpables, en mayor o menor medida, por no ser capaces de gestionar los resultados electorales. Contra lo que se repite cansinamente en los medios, los votantes no quieren que haya un gran acuerdo entre partidos, ni una imposible coalición. Cada uno ha votado con la intención, con el deseo, de que su partido consiga mayoría absoluta y gobierne conforme a sus ideas. Así somos. Lo que no entienden los líderes políticos es que su deber, para lo que les pagamos mes tras mes, es gestionar estos resultados y gobernar conforme a ellos. Punto.
¿Y esto cómo se hace? Pues una opción sería, ante la falta de reglas y de acuerdos, dejar gobernar a quien ha ganado las elecciones, por mucho que nos duela. La perspectiva de un parlamento fragmentado y de un gobierno en minoría puede ser una oportunidad de que la oposición haga algo más que protestar. Teniendo más escaños que el gobierno, los partidos del "cambio" podrían sacar adelante reformas y leyes de calado sin la necesidad de formar parte de él. Podrían conseguir una Ley de Educación consensuada entre todos con el compromiso de que perdurara en el tiempo. Podrían derogar la Reforma Laboral y aprobar otra más justa con los trabajadores y menos a medida para los empresarios. Podrían eliminar el Impuesto al Sol, reformar la Ley Electoral...
Es urgente que alguien se ponga al mando del barco y que los demás hagan una oposición honrada y constructiva. No tiene sentido esta situación de bloqueo. Dejen de pensar únicamente en sus propios intereses y trabajen por el país que les paga sus abultados sueldos. Convocar, por motivos personales, por mantener la silla, o por no bajarse del burro, unas terceras elecciones sería algo inadmisible. Ya está bien, no nos pregunten más y hagan su trabajo. Hay que aceptar los resultados y respetar la opinión expresada, dos veces ya, por los ciudadanos. ¿No iba de esto la democracia con la que tanto se llenan la boca? Pues practíquenla.
lunes, 5 de septiembre de 2016
Qué apañao soy
Este verano le dijeron a mi amada esposa que "qué marido más apaño tienes". ¿Por qué? Porque me vieron ayudando con mi hija, cocinando, limpiando y demás labores que se asocian, todavía, al género femenino.
Evidentemente, a nadie le amarga un dulce, en principio me halagó. El ego es así, nunca se cansa de los elogios. Es un yonki de los piropos. Pero luego, mi incansable mente analítica y racional empezó a detectar fallos en el concepto de "apañao" y acabó bajándole los humos a mi ego, que acabó quitándole hierro al asunto.
¿Por qué es "apañao" un hombre cuando cuida de su progenie, o cocina, o limpia? A mí nunca me han dicho que mi mujer es "apañá" por ese tipo de actividades. Parece que, a pesar de que estamos ya bien metidos en el siglo XXI, y de que ya nos estamos acostumbrando a ver ministras, presidentas y directivas, todavía se asocian las actividades del hogar o de cuidados a las mujeres. Si un hombre las realiza, resulta que es un "apañao", porque está haciendo algo que, a priori, no le corresponde.
Vamos a ver, dejemos las cosas claras. A mi hija la cuido, no por ayudar a mi mujer, sino porque es mi responsabilidad, igual que la de ella. Cocino porque, aparte de que me gusta, tengo que hacerlo, igualito que mi mujer. No vamos a morir de hambre, ¿no? Y a mí me han enseñado a hacerme mis cosas. Y lo mismo pasa con la limpieza.
Está claro que los primeros culpables de esta situación son los hombres que no asumen sus responsabilidades y no son partícipes de las labores del hogar y de cuidar a quien les corresponde. Pero muchas mujeres, y no precisamente de edad provecta, siguen asumiendo, con total naturalidad, su papel tradicional y realizan todas las tareas del hogar y se responsabilizan del cuidado de los niños. Tengo amigas y familiares féminas que, cuando nos ofrecen ropa para la niña se dirigen siempre a mi mujer, dando por hecho que es ella la que se encarga de estos temas. Si llevamos algo de comer a una cena, asumen que es ella la que lo ha cocinado. Y así podría seguir infinitamente.
Nuestra sociedad, mujeres y hombres, sigue asumiendo que los roles de cada sexo siguen siendo, más o menos, los que tenían nuestros padres. El hombre trabaja fuera. La mujer se encarga de la casa. Con el agravante de que la mujer, eso sí es distinto, ahora también trabaja fuera. Así que se convierte en una superheroína que con todo puede. Y nuestros gobernantes no ayudan, precisamente. El embarazo, por ejemplo, se ve como un bache, un molesto evento que interrumpe la carrera profesional de las mujeres. Soraya Sáenz de Santamaría volvió al trabajo a los diez días de haber parido. Susana Díaz tuvo que dar mil explicaciones por cogerse algo más de seis semanas y compartir el resto de la baja con su marido. Para los que no se han enterado todavía, una sociedad sin niños no tiene futuro. Y hasta donde yo sé, la única manera de conseguirlos es mediante los embarazos.
Nos queda todavía un largo camino por recorrer hasta llegar a la igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres. En el cuento que mi niña me pide que le lea toooodas las noches, que es bastante modernito, se supone, sale una guardería donde todas, absolutamente todas las docentes son mujeres. En las tres principales rondas ciclistas del mundo siguen apareciendo las macizorras azafatas de turno cada vez que sube alguien al podio. A las mujeres que llegan arriba profesionalmente se les pregunta por la conciliación familiar. No así a los hombres.
En esta lucha tenemos que estar los hombres en primera línea, con las mujeres. A nuestros gobernantes les corresponde también, predicar con el ejemplo. Me gustaría ver a más ministras embarazadas, sin más problema, siguiendo con su trabajo con total naturalidad, cogiéndose la baja que haga falta. Y también me gustaría ver a las mujeres negándose a esos trabajos de figurines en los que se las usa de jarrones ornamentales. La igualdad es cosa de todos. Y de todas.
Evidentemente, a nadie le amarga un dulce, en principio me halagó. El ego es así, nunca se cansa de los elogios. Es un yonki de los piropos. Pero luego, mi incansable mente analítica y racional empezó a detectar fallos en el concepto de "apañao" y acabó bajándole los humos a mi ego, que acabó quitándole hierro al asunto.
¿Por qué es "apañao" un hombre cuando cuida de su progenie, o cocina, o limpia? A mí nunca me han dicho que mi mujer es "apañá" por ese tipo de actividades. Parece que, a pesar de que estamos ya bien metidos en el siglo XXI, y de que ya nos estamos acostumbrando a ver ministras, presidentas y directivas, todavía se asocian las actividades del hogar o de cuidados a las mujeres. Si un hombre las realiza, resulta que es un "apañao", porque está haciendo algo que, a priori, no le corresponde.
Vamos a ver, dejemos las cosas claras. A mi hija la cuido, no por ayudar a mi mujer, sino porque es mi responsabilidad, igual que la de ella. Cocino porque, aparte de que me gusta, tengo que hacerlo, igualito que mi mujer. No vamos a morir de hambre, ¿no? Y a mí me han enseñado a hacerme mis cosas. Y lo mismo pasa con la limpieza.
Está claro que los primeros culpables de esta situación son los hombres que no asumen sus responsabilidades y no son partícipes de las labores del hogar y de cuidar a quien les corresponde. Pero muchas mujeres, y no precisamente de edad provecta, siguen asumiendo, con total naturalidad, su papel tradicional y realizan todas las tareas del hogar y se responsabilizan del cuidado de los niños. Tengo amigas y familiares féminas que, cuando nos ofrecen ropa para la niña se dirigen siempre a mi mujer, dando por hecho que es ella la que se encarga de estos temas. Si llevamos algo de comer a una cena, asumen que es ella la que lo ha cocinado. Y así podría seguir infinitamente.
Nuestra sociedad, mujeres y hombres, sigue asumiendo que los roles de cada sexo siguen siendo, más o menos, los que tenían nuestros padres. El hombre trabaja fuera. La mujer se encarga de la casa. Con el agravante de que la mujer, eso sí es distinto, ahora también trabaja fuera. Así que se convierte en una superheroína que con todo puede. Y nuestros gobernantes no ayudan, precisamente. El embarazo, por ejemplo, se ve como un bache, un molesto evento que interrumpe la carrera profesional de las mujeres. Soraya Sáenz de Santamaría volvió al trabajo a los diez días de haber parido. Susana Díaz tuvo que dar mil explicaciones por cogerse algo más de seis semanas y compartir el resto de la baja con su marido. Para los que no se han enterado todavía, una sociedad sin niños no tiene futuro. Y hasta donde yo sé, la única manera de conseguirlos es mediante los embarazos.
Nos queda todavía un largo camino por recorrer hasta llegar a la igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres. En el cuento que mi niña me pide que le lea toooodas las noches, que es bastante modernito, se supone, sale una guardería donde todas, absolutamente todas las docentes son mujeres. En las tres principales rondas ciclistas del mundo siguen apareciendo las macizorras azafatas de turno cada vez que sube alguien al podio. A las mujeres que llegan arriba profesionalmente se les pregunta por la conciliación familiar. No así a los hombres.
En esta lucha tenemos que estar los hombres en primera línea, con las mujeres. A nuestros gobernantes les corresponde también, predicar con el ejemplo. Me gustaría ver a más ministras embarazadas, sin más problema, siguiendo con su trabajo con total naturalidad, cogiéndose la baja que haga falta. Y también me gustaría ver a las mujeres negándose a esos trabajos de figurines en los que se las usa de jarrones ornamentales. La igualdad es cosa de todos. Y de todas.
viernes, 26 de agosto de 2016
Pamplinas
Ya de vuelta de vacaciones he retomado la lectura de esa maravillosa revista del rectángulo amarillo que es la National Geographic. Y me he topado con un artículo apasionante, cuyo contenido me gustaría compartir con vosotros.
El artículo en cuestión versa sobre la manipulación genética y sus consecuencias, éticas, sociales, ecológicas. La ingeniería genética permite, desde hace décadas, combinar genes de distintas especies para conseguir, por ejemplo, plantas resistentes a determinadas plagas, o la fabricación de insulina en laboratorio, que ha mejorado sustancialmente la vida de millones de diabéticos. Sin embargo, si bien la sociedad ha aceptado bastante bien los logros de la ingeniería genética en medicina, no acaba de transigir con los relativos a los cultivos llamados "transgénicos".
Pero parece que la revolución genética va por otros derroteros. En 2.013, prácticamente antesdeayer, apareció una nueva tecnología llamada CRISPR que permite la manipulación genética sin la necesidad de recurrir al intercambio de genes entre especies. Esta tecnología permite, por primera vez en la historia, que los científicos puedan, de forma rápida y precisa, alterar, borrar y reordenar el ADN de cualquier organismo vivo, incluídos nosotros.
La tecnología CRISPR (en inglés: clustered regularly interspaced short palindromic repeats, en español repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas) es un sistema que tienen algunas bacterias para combatir infecciones virales. Estas bacterias tienen la capacidad de identificar pequeñas secuencias del ADN de los virus y memorizarlas. Si el virus vuelve a atacar, usan esta memoria para enviar una enzima "asesina" que corta esa secuencia de ADN y la elimina. Los científicos han podido usar este sistema no sólo para "apagar" determinados genes, sino también para insertar nuevos códigos genéticos en organismos vivos. Esto ha abierto un campo infinito de aplicaciones, y de debate ético.
Una de las aplicaciones más inmediatas sería la introducción de secuencias genéticas en insectos que son vectores transmisores de enfermedades, como la malaria o el zika, que los harían estériles. Estos insectos podrían ser "soltado" en la naturaleza y en pocos meses podrían eliminar poblaciones enteras, al no poder reproducirse. Esto no es ficción, ya se está investigando.
Ante el potencial de esta tecnología, y sus posibles consecuencias medioambientales, sociales o éticas, se está debatiendo en diversos congresos a nivel mundial. Con el CRISPR se podrían tratar enfermedades como el SIDA, desarrollar cultivos resistentes a las sequías o alterar órganos provenientes de cerdos para poder transplantarlos a humanos. Pero también hay expertos que dicen que esta tecnología podría ser usada para crear armas de destrucción masiva.
Mientras en el mundo se debate sobre este tipo de Temas (y lo pongo con mayúscula por ser claves en nuestra sociedad), en nuestro país tratamos sobre cosas tan importantes como "¿Qué es corrupción?", "Mis diputados se merecen un sitio más destacado en el Congreso" o "¿Qué es mejor, votar el 25 o el 18 de diciembre?". Leyendo los periódicos, mirando la televisión o escuchando la radio, a veces me da la sensación de que, mientras el tren de la humanidad va camino de un precipicio, estamos discutiendo para ver a quién le toca el asiento de la ventana o a quién le corresponde pasillo. Temas fundamentales como la energía, el cambio climático, la sostenibilidad del sistema de pensiones o no se tratan, o se despachan con un par de frases que no son más que declaraciones de intenciones. A los que nos gobiernan o nos quieren gobernar les parecen pamplinas. Pamplinas en las que nos va la vida. Así nos va.
El artículo en cuestión versa sobre la manipulación genética y sus consecuencias, éticas, sociales, ecológicas. La ingeniería genética permite, desde hace décadas, combinar genes de distintas especies para conseguir, por ejemplo, plantas resistentes a determinadas plagas, o la fabricación de insulina en laboratorio, que ha mejorado sustancialmente la vida de millones de diabéticos. Sin embargo, si bien la sociedad ha aceptado bastante bien los logros de la ingeniería genética en medicina, no acaba de transigir con los relativos a los cultivos llamados "transgénicos".
Pero parece que la revolución genética va por otros derroteros. En 2.013, prácticamente antesdeayer, apareció una nueva tecnología llamada CRISPR que permite la manipulación genética sin la necesidad de recurrir al intercambio de genes entre especies. Esta tecnología permite, por primera vez en la historia, que los científicos puedan, de forma rápida y precisa, alterar, borrar y reordenar el ADN de cualquier organismo vivo, incluídos nosotros.
La tecnología CRISPR (en inglés: clustered regularly interspaced short palindromic repeats, en español repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas) es un sistema que tienen algunas bacterias para combatir infecciones virales. Estas bacterias tienen la capacidad de identificar pequeñas secuencias del ADN de los virus y memorizarlas. Si el virus vuelve a atacar, usan esta memoria para enviar una enzima "asesina" que corta esa secuencia de ADN y la elimina. Los científicos han podido usar este sistema no sólo para "apagar" determinados genes, sino también para insertar nuevos códigos genéticos en organismos vivos. Esto ha abierto un campo infinito de aplicaciones, y de debate ético.
Una de las aplicaciones más inmediatas sería la introducción de secuencias genéticas en insectos que son vectores transmisores de enfermedades, como la malaria o el zika, que los harían estériles. Estos insectos podrían ser "soltado" en la naturaleza y en pocos meses podrían eliminar poblaciones enteras, al no poder reproducirse. Esto no es ficción, ya se está investigando.
Ante el potencial de esta tecnología, y sus posibles consecuencias medioambientales, sociales o éticas, se está debatiendo en diversos congresos a nivel mundial. Con el CRISPR se podrían tratar enfermedades como el SIDA, desarrollar cultivos resistentes a las sequías o alterar órganos provenientes de cerdos para poder transplantarlos a humanos. Pero también hay expertos que dicen que esta tecnología podría ser usada para crear armas de destrucción masiva.
Mientras en el mundo se debate sobre este tipo de Temas (y lo pongo con mayúscula por ser claves en nuestra sociedad), en nuestro país tratamos sobre cosas tan importantes como "¿Qué es corrupción?", "Mis diputados se merecen un sitio más destacado en el Congreso" o "¿Qué es mejor, votar el 25 o el 18 de diciembre?". Leyendo los periódicos, mirando la televisión o escuchando la radio, a veces me da la sensación de que, mientras el tren de la humanidad va camino de un precipicio, estamos discutiendo para ver a quién le toca el asiento de la ventana o a quién le corresponde pasillo. Temas fundamentales como la energía, el cambio climático, la sostenibilidad del sistema de pensiones o no se tratan, o se despachan con un par de frases que no son más que declaraciones de intenciones. A los que nos gobiernan o nos quieren gobernar les parecen pamplinas. Pamplinas en las que nos va la vida. Así nos va.
viernes, 29 de julio de 2016
A disfrutar
Hoy no tengo ganas de quejarme, ni de criticar, ni de hablar en negativo. Es viernes, hace calor, estamos en pleno verano y, hablando en plata y como dice mi suegra, "no tengo el coño pa ruidos", así que voy a escribir en positivo, que estamos en tiempo de vacaciones, a las que se les supone descanso y regocijo.
El otro día me topé, de casualidad, con una historia que me tocó la fibra, me removió el corazón. Todos relacionamos el surf con cuerpos cachas y fibrosos, jóvenes sanos y guapos, vidas desenfadadas y plenas. Jamás lo relacionaríamos con chavales con problemas como el autismo o la parálisis cerebral. Pues nada más lejos de la realidad.
Hay en Cádiz una asociación que consigue, mediante el surf, mejoras increíbles, tanto a nivel físico como mental, en chavales con discapacidades psíquicas de diversa índole. Supongo que esta "locura" no podía salir de otro sitio que la tacita de plata, llena de gente con inventiva acostumbrada a buscarse la vida con lo que tienen, que no es poco. Y lo que más tienen es mar.
La idea surgió hace diez años, de la mano de Jesús Borrego y Ana Gonzalo, que ya trabajaban con niños con autismo haciendo terapias en el agua. Como a los dos les gustaba el surf, se les ocurrió juntar su trabajo con su hobby, y de ahí nació Solo Surf, la entidad gaditana pionera en el tratamiento de estas afecciones usando el deporte de las olas.
Empezaron con un niño, Iker, a petición de su familia, que quería algo más que los tratamientos tradicionales. Estaba diagnosticado con "autismo severo", pero después de varios años de tratamiento su diagnóstico ha ido cambiando, a mejor. El surf les ayuda a mejorar en equilibrio, en el trato con otros niños, en manejar la paciencia...
La iniciativa de Solo Surf ha tenido mucha repercusión, incluso a nivel internacional, y está siendo replicada en otros puntos del planeta. Sus creadores no saben muy bien por qué funciona, en términos científicos, pero saben que el mar, el aire libre y el reto de cabalgar las olas ayudan a estos niños a mejorar su autoestima, para empezar. Lo demás, viene rodado.
Estamos en época de aburridas negociaciones políticas, de atentados y de cifras inasumibles de desempleo. Pero también de piscinas, playitas, cervecita fresquita, paellas y espetos. A pesar de todo, la vida sigue mereciendo la pena vivirla. Así que os quiero ver a todos asistiendo a un concierto nocturno en los jardines del Alcázar, o viendo una película que os perdísteis en cualquier cine de verano, bajo las estrellas, o marcándoos un baño a la luz de la luna en cualquier playa de Cádiz. Señoras, señores, a disfrutar, que es verano.
El otro día me topé, de casualidad, con una historia que me tocó la fibra, me removió el corazón. Todos relacionamos el surf con cuerpos cachas y fibrosos, jóvenes sanos y guapos, vidas desenfadadas y plenas. Jamás lo relacionaríamos con chavales con problemas como el autismo o la parálisis cerebral. Pues nada más lejos de la realidad.
Hay en Cádiz una asociación que consigue, mediante el surf, mejoras increíbles, tanto a nivel físico como mental, en chavales con discapacidades psíquicas de diversa índole. Supongo que esta "locura" no podía salir de otro sitio que la tacita de plata, llena de gente con inventiva acostumbrada a buscarse la vida con lo que tienen, que no es poco. Y lo que más tienen es mar.
La idea surgió hace diez años, de la mano de Jesús Borrego y Ana Gonzalo, que ya trabajaban con niños con autismo haciendo terapias en el agua. Como a los dos les gustaba el surf, se les ocurrió juntar su trabajo con su hobby, y de ahí nació Solo Surf, la entidad gaditana pionera en el tratamiento de estas afecciones usando el deporte de las olas.
La iniciativa de Solo Surf ha tenido mucha repercusión, incluso a nivel internacional, y está siendo replicada en otros puntos del planeta. Sus creadores no saben muy bien por qué funciona, en términos científicos, pero saben que el mar, el aire libre y el reto de cabalgar las olas ayudan a estos niños a mejorar su autoestima, para empezar. Lo demás, viene rodado.
Estamos en época de aburridas negociaciones políticas, de atentados y de cifras inasumibles de desempleo. Pero también de piscinas, playitas, cervecita fresquita, paellas y espetos. A pesar de todo, la vida sigue mereciendo la pena vivirla. Así que os quiero ver a todos asistiendo a un concierto nocturno en los jardines del Alcázar, o viendo una película que os perdísteis en cualquier cine de verano, bajo las estrellas, o marcándoos un baño a la luz de la luna en cualquier playa de Cádiz. Señoras, señores, a disfrutar, que es verano.
jueves, 21 de julio de 2016
El gilipoceno
Hace años que hay científicos que afirman que estamos en la era del Antropoceno, una época en la que la influencia del hombre se hace notar en la castigada superficie de nuestro planeta. Pero no. Señoras y señores, desde esta humilde columna semanal, el que la firma afirma que, desde ahora, hemos entrado en el Gilipoceno.
¿En qué me baso para semejante y taxativa afirmación? Pues veréis, queridos lectores. Llevo varios días dándole vueltas al tema, desde que ha aparecido el jueguecito ese que trae loco a todo el mundo, que consiste en cazar unos bichitos que se sobreponen al mundo real. Jueguecito que, sospechosamente, aparece en todos los telediarios y programas de radio, que supongo no pretenden hacerle publicidad a nadie. Jueguecito que no pienso nombrar, para no participar en la campaña de lanzamiento mundial.
Había oído estos días que unos se habían colado en un cuartel de la Guardia Civil, arriesgando sus cibernéticas vidas para cazar a estos irreverentes y coloridos bichos. Otros se habían internado peligrosamente en un túnel de la capital condal, habiendo recibido amonestación pública de los cuerpos de seguridad. Pero fue ayer cuando un hecho de estupidez suma me iluminó para alumbrar el nombre de esta nueva era. No sé dónde leí que un tipo de Nueva Zelanda había perdido la vida cayendo de un puente mientras jugaba al maldito juego. Parece ser que es un fake, pero podría ser verdad. ¿Por qué no? Hay gente que se ha roto huesos, gente que se ha ido del trabajo para poder jugar y también gente que ha sido atraída con estos bichitos a lugares solitarios donde han sido desplumados por cibernéticos amantes de lo ajeno.
Vivimos, desde hace años, en la época de las pantallitas. Lo miramos todo a través de una pantalla. En la consulta del médico nos entretienen con una pantallita por la que pasan publicidad de medicamentos. En el veterinario nos bombardean con posibles enfermedades de nuestras mascotas a través de la pantallita. De vacaciones, somos incapaces de dejar el móvil quieto y mirar la puesta de sol con nuestros propios ojos. A los niños les plantamos la pantallita a la primera de cambio, no vayan a molestar.
Hay que reconocerlo. Lo han conseguido. Han ganado. Nos han enganchado a las pantallitas y se están forrando con ello. Y ahora consiguen incluso que confundamos realidad y ficción. Dicen que el futuro está en la realidad aumentada. Este jueguecito, que está sacando a relucir lo más tonto de nuestra sociedad, no es más que un vagón que forma parte de ese tren. Un tren en el que no me quiero subir, porque creo que terminará descarrilando.
En cualquier caso, viendo el éxito que está teniendo el simplón jueguecito entre mis paisanos, entiendo muchas cosas que están pasando. Por qué ha ganado el PP. Por qué los del PSOE no se enteran de lo que está pasando y siguen en caída libre. Por qué Pablo Iglesias sigue siendo el líder de Podemos, cual Moisés del siglo XXI, habiendo gente en su partido más moderada y preparada. Por qué el Riverita ya no sabe si es del Barça o del Madrid. Y lo que es peor, le da igual. Por qué sigue Sálvame después de tantos años en antena. Así nos va.
¿En qué me baso para semejante y taxativa afirmación? Pues veréis, queridos lectores. Llevo varios días dándole vueltas al tema, desde que ha aparecido el jueguecito ese que trae loco a todo el mundo, que consiste en cazar unos bichitos que se sobreponen al mundo real. Jueguecito que, sospechosamente, aparece en todos los telediarios y programas de radio, que supongo no pretenden hacerle publicidad a nadie. Jueguecito que no pienso nombrar, para no participar en la campaña de lanzamiento mundial.
Había oído estos días que unos se habían colado en un cuartel de la Guardia Civil, arriesgando sus cibernéticas vidas para cazar a estos irreverentes y coloridos bichos. Otros se habían internado peligrosamente en un túnel de la capital condal, habiendo recibido amonestación pública de los cuerpos de seguridad. Pero fue ayer cuando un hecho de estupidez suma me iluminó para alumbrar el nombre de esta nueva era. No sé dónde leí que un tipo de Nueva Zelanda había perdido la vida cayendo de un puente mientras jugaba al maldito juego. Parece ser que es un fake, pero podría ser verdad. ¿Por qué no? Hay gente que se ha roto huesos, gente que se ha ido del trabajo para poder jugar y también gente que ha sido atraída con estos bichitos a lugares solitarios donde han sido desplumados por cibernéticos amantes de lo ajeno.
Vivimos, desde hace años, en la época de las pantallitas. Lo miramos todo a través de una pantalla. En la consulta del médico nos entretienen con una pantallita por la que pasan publicidad de medicamentos. En el veterinario nos bombardean con posibles enfermedades de nuestras mascotas a través de la pantallita. De vacaciones, somos incapaces de dejar el móvil quieto y mirar la puesta de sol con nuestros propios ojos. A los niños les plantamos la pantallita a la primera de cambio, no vayan a molestar.
Hay que reconocerlo. Lo han conseguido. Han ganado. Nos han enganchado a las pantallitas y se están forrando con ello. Y ahora consiguen incluso que confundamos realidad y ficción. Dicen que el futuro está en la realidad aumentada. Este jueguecito, que está sacando a relucir lo más tonto de nuestra sociedad, no es más que un vagón que forma parte de ese tren. Un tren en el que no me quiero subir, porque creo que terminará descarrilando.
En cualquier caso, viendo el éxito que está teniendo el simplón jueguecito entre mis paisanos, entiendo muchas cosas que están pasando. Por qué ha ganado el PP. Por qué los del PSOE no se enteran de lo que está pasando y siguen en caída libre. Por qué Pablo Iglesias sigue siendo el líder de Podemos, cual Moisés del siglo XXI, habiendo gente en su partido más moderada y preparada. Por qué el Riverita ya no sabe si es del Barça o del Madrid. Y lo que es peor, le da igual. Por qué sigue Sálvame después de tantos años en antena. Así nos va.
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