viernes, 2 de diciembre de 2016

Desmemoria histórica

Ya de mayorcito, bien entrado en la veintena, comencé a sospechar que me faltaba información sobre la Guerra Civil. Lo que me habían explicado en el colegio y en el instituto era, básicamente, que la guerra duró tres años y que hubo un bando de los buenos y otro de los malos. Todo aquello había pasado y ya vivíamos en un país democrático y estupendo.

Me acuerdo de que todo lo que sabía de mi abuelo, que fue teniente del ejército republicano, condenado a muerte y luego indultado, lo sabía a través de mi madre. Él nunca hablaba del tema. Y eso que pasó cinco años en la cárcel, después de la guerra.


Foto: Infografía de Txetxu Rubio. El Correo de Andalucía  Leer más: https://www.cgtandalucia.org/blog/5601-Ruta-por-cuatro-campos-de-concentracion-franquistas-de-Sevilla.html Copyright © CGT Andalucia
Infografía de Txetxu Rubio. El Correo de Andalucía
Las películas que había visto sobre el tema, tampoco me aportaron mucho. Recuerdo, sobre todo, La Vaquilla, una película que me encanta, pero que muestra la guerra a través de las gafas de la comedia. Cuando me leí "Homenaje a Cataluña", de George Orwell, comencé a vislumbrar que el episodio de la Guerra Civil no era tan sencillo como me lo habían pintado.

Y ya de talludito, me he ido enterando, con sorpresa, de muchas más cosas, como de la escalofriante realidad de que España es el segundo país del mundo, tras Camboya, en número de desapariciones forzadas, con más de 114.000, que ocurrieron en dicha guerra.

Campo de Las Arenas (La Algaba)
Os cuento esto porque hace poco, haciendo zapping nocturno, me encontré con un documental sobre los campos de concentración que había en Sevilla. Sí, he dicho "campos de concentración". Y sí, leéis bien, en Sevilla. Ya en plena guerra, el ejército franquista comenzó con su política de represión, deteniendo y encarcelando a todo aquél que se oponía, o era sospechoso de hacerlo, al régimen que quería implantar en España. Rápidamente se fueron quedando sin sitio, así que se vieron obligados a construir campos de concentración para alojar a los presos que no cabían en las cárceles. También se fueron dando cuenta, los franquistas, de que se estaban quedando sin mano de obra para las obras públicas, y privadas, que iban necesitando acometer. Y pensaron que en los presos tenían una mano de obra dócil y barata.

En España hubo un total de 188 campos donde se recluyó a medio millón de personas. Andalucía, al ser una de las primeras zonas del país ocupadas por los sublevados, fue una de las regiones con más campos, más de media centena donde estuvieron recluídos unos cien mil presos. Para camuflar lo que no era más que un sistema de trabajadores forzados para la construcción de grandes obras públicas, y también privadas, Franco creó el Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, que gestionó la creación y el mantenimiento de estos campos. La idea era cambiar días de libertad por trabajo.

Construcción del Canal de los Presos
© Archivo RMHSA / CGT.A
En la provincia de Sevilla se ubicaron once de estos campos: El Colector, en el barrio de Heliópolis, creado en enero de 1.938 para alojar a los presos que iban a trabajar en una obra pública de alcantarillado, construída por la empresa Entrecanales y Távora, actual Acciona. Los Merinales, en Dos Hermanas, donde vivieron los 10.000 represaliados que construyeron el Canal del Bajo Guadalquivir, más conocido como el Canal de los Presos. Las Arenas, en La Algaba, donde "recolocaron" a los mendigos, indigentes, indocumentados y pobres que "afeaban" las calles de Sevilla y donde murieron más de la mitad de los reclusos, de hambre.  La Corchuela (Dos Hermanas), El Arenoso (Los Palacios), Torre del Águila (Utrera), El Puntal (Isla Mayor), Écija, Sanlúcar la Mayor... La lista es amplia y, hasta la fecha, muy pocos de estos lugares están señalizados. El desconocimiento por parte de la población es total.

Un país que desconoce y oculta su historia más reciente es un país sin memoria. Un país sin memoria puede volver a repetir los errores del pasado. La gente que sufrió estos abusos se merece, por lo menos, que la recordemos. No se trata de venganza, ni de resarcimiento. La historia debe ser conocida por todos. Y no sólo la historia contada por los vencidos.

La Junta de Andalucía tiene un listado de Lugares de Memoria Histórica, espacios vinculados a hechos o acontecimientos singulares ocurridos entre la sublevación militar contra el Gobierno legítimo de la II República, hasta la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978, al que tímidamente va incorporando algunos de estos campos de concentración. Esperemos que siga creciendo dicha lista y que se haga un esfuerzo de difusión y señalización de dichos lugares, para que la memoria de estos trabajadores forzados, represaliados por querer defender la legalidad vigente, no quede en el olvido. Se lo merecen.

Fuentes:
http://memorialibertaria.org/content/%C2%BFt%C3%BA-sab%C3%ADas-que-en-sevilla-hubo-cuatro-campos-de-concentraci%C3%B3n
http://www.publico.es/actualidad/campos-concentracion-del-franquismo-andalucia.html
http://www.eldiario.es/andalucia/Campos-concentracion-Andalucia-trabajo-franquismo_0_200530682.html
http://politica.elpais.com/politica/2015/09/02/actualidad/1441192097_268557.html
http://www.juntadeandalucia.es/organismos/cultura/consejeria/dgmd.html

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Las lágrimas de África

Ayer tuve la suerte de ver el impactante documental, "Las lágrimas de África", dirigido por la actriz Amparo Climent, en el Cine Avenida. La proyección estaba organizada por Youfeelm, esa maravillosa iniciativa salida de Sevilla, que permite ver películas antiguas o que están fuera del circuito comercial, y promovida por la ONG Oxfam Intermón.

El documental cuenta, sin ambajes, sin adornos, cómo es la vida de las personas que malviven en los alrededores de la ciudad de Melilla, con la esperanza de poder cruzar la frontera hacia lo que ellos llaman "paraíso" o "tierra dorada", que no es más que el país donde vivimos, España. Sí, esta tierra de la que tanto nos quejamos, a la que tanto criticamos, es para ellos el destino soñado, el lugar al que quieren llegar a toda costa, aun a riesgo de perder sus vidas.

Estos héroes y heroínas, como los llamó Chema Castells, de la plataforma Somos Migrantes, malviven en el Monte Gurugú, ellos, y en el pinar bautizado como Bolingo, ellas, con sus niños. Las imágenes del campamento del Monte Gurugú son casi apocalípticas: tiendas hechas con plásticos, comida sobrevolada por moscas, basura por todas partes... Sin embargo, a la directora la reciben caras sonrientes, que le explican con crudeza el atroz viaje que les ha llevado hasta allí y las condiciones en las que malviven, mientras aguardan con esperanza el momento en el que podrán intentar realizar el salto de la valla de Melilla. A pesar del frío, a pesar del hambre, a pesar de las continuas incursiones de la policía marroquí, que les destroza, una y otra vez, sus precarias viviendas.

El campamento bautizado como Bolingo, que significa amor en Lingala, una lengua congolesa, está habitado por familias, formadas, principalmente, por mujeres y niños. Si bien la pobreza es la misma que en el Gurugú, el ambiente es distinto, más distendido, más ordenado y limpio. Supongo que la presencia de los niños, que convierten el bosque en su lugar de juegos, contribuye a esto. Mujeres embarazadas o con bebés esperan su oportunidad de cruzar el estrecho en patera. Hasta en situaciones tan extremas, prima la especialización: el Gurugú, para saltar la valla, Bolingo, para la travesía en patera. El premio es el mismo: Europa, una nueva vida, un futuro.

A pesar de estas diferencias, todos vienen huyendo de lo mismo: el hambre, la persecución, la desesperanza, la pobreza. Saben que la situación en España no es la mejor, pero para ellos mejor es cualquier cosa. Tan precaria es la vida de la que se quieren fugar. Casi una cárcel para ellos. Desde nuestra cómoda perspectiva es difícil entender que se jueguen la vida para llegar a nuestro viejo continente, pero viendo lo que arriesgan, debe de ser un infierno.

La proyección termina. El silencio se apodera de la sala. Nadie tose. Nadie aplaude. Chema Castells arranca como puede el debate. Nos habla de lo que hace su plataforma. Algún asistente comenta, pregunta, reflexiona en voz alta. Todos nos vamos con el estómago encogido, preguntándonos qué podemos hacer, sintiendo una impotencia que nos ahoga, nos paraliza.

Y hay tanto por hacer. Podemos votar a los partidos que estén por políticas más sensibles con los migrantes. Podemos tratar con respeto a los que nos venden pañuelos en los semáforos. A los que venden películas piratas. Mirarles a la cara. Darles los buenos días. Las gracias. Podemos comprar productos de Comercio Justo, que permitan la existencia de empresas viables en sus países de procedencia, que creen riqueza allí. Podemos comprar fruta y verdura ecológicas, que no vengan de ese mar de plástico de nuestro país, donde malviven y trabajan en condiciones de semiesclavitud muchos de los que han logrado cruzar el estrecho. Podemos colaborar con alguna ONG o asociación que trabaje con los que llegan. Podemos hablar del tema con nuestros amigos, con nuestra familia. Sensibilizarles. Podemos tanto. Hagámoslo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Mamaempresarias

Con más miedo que otra cosa en el cuerpo, tras otro batacazo más de las empresas de demoscopia, esta vez en las elecciones americanas, me mantengo en el tema que tenía en la cabeza para esta semana y no voy a hablar del idiota del tupé que se ha convertido en el hombre más poderoso del mundo. No quiero aburriros. Además, ya lo harán muchos otros.

Andaba yo el otro día intentando abrir la mente leyendo un poquito de prensa extranjera, por aquello de salir de un poco de la aburrida actualidad patria, la del Rajoy y sus tijeritas, la del multiplicado escándalo del Espinar, la de las Biblias y los Crucifijos, cuando me encontré un interesante artículo en The Guardian que hablaba de la maternidad y el mundo del trabajo.


La autora del artículo de marras, Eva Wiseman, madre, cuenta lo afortunada que se siente de haber encontrado en su empresa un ambiente comprensivo con la maternidad y sus necesidades, lo que le ha permitido trabajar desde casa un día a la semana. Sin embargo, habla también de mujeres que, una vez han vuelto al trabajo, se encuentran con jornadas maratonianas y con reproches por no haber respondido a todos los correos electrónicos o haber empleado una hora en comer. Incluso habla de gente rica que, como la actriz, y reciente madre, Keira Knightley, se quejan de las "arcaicas leyes sobre maternidad" británicas. La actriz ha dicho que "Hay que ser una unidad familiar, no basta con tener a tu compañero en casa durante dos semanas y que luego vuelva al trabajo y te deje sola para que tú te apañes como puedas". Además, si las empresas no incentivan a los hombres para que se cojan la baja, la maternidad seguirá siendo cosa exclusiva de las mujeres.

Para que veáis que el lamentable trato a la maternidad no es exclusivo de España, aunque sea un triste consuelo, aquí os dejo algunos datos. Tres cuartas partes de las madres de Reino Unido se sienten discriminadas y presionadas en el trabajo, una vez que se reincorporan. De hecho, según un informe de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos de Reino Unido, un 11 % de las mujeres son invitadas a "dejar" sus trabajos tras la baja por maternidad. Por este motivo, las empresas están perdiendo 280 millones de libras (314 millones de euros) en formación, reclutamiento, indemnizaciones y productividad cada año.

Eva Wiseman sigue el artículo hablando del daño colateral de todo esto que son lo que ella llama las "mamaempresarias", mujeres que, al verse fuera del mercado laboral, deciden emprender el camino del autoempleo, con más o menos esperanza o ilusión. Mujeres que, tras ver cortada una carrera en investigación, ventas, energías renovables o banca, montan un negocio de ropa infantil, o una librería para niños, o una tienda online de productos ecológicos para bebés. Y encima tienen que estar contentas.

Montar una empresa suele ser la última opción. No lo podemos negar, a la mayoría, lo que nos gusta, es trabajar para otros y tener asegurado el sueldo a final de mes. Montar un negocio implica incertidumbre, poco o ningún dinero al empezar, muchas horas de trabajo. Se nos vende como un triunfo, el emprendimiento. Esa madre, aguerrida y valiente, que trabaja en casa, con el niño entre sus piernas mientras gestiona un pedido o elabora un presupuesto. Bravo.

Mi mujer, después de haber trabajado en dos grandes empresas, se embarcó, tras ser madre y con el convencimiento de que volver al mundo laboral por cuenta ajena iba a ser incompatible con la maternidad, en la aventura de montar un negocio con una amiga en su misma situación. Y ahí sigue, luchando por que la empresa fructifique y le permita ganarse la vida dignamente, a la vez que concilia, como puede, el trabajo con su vida familiar. Para Eva Wiseman, las mujeres deberían poder ser madres y llevar un pequeño negocio. O ser madres y trabajar en una gran empresa. O ser madres y ser las dueñas de una gran empresa. La imagen de la madre, trabajando en su cocina, con su hijo encima, dice más de un sistema con unos costes altísimos en el cuidado infantil y de ambientes laborales antimaternidad que de un futuro utópico en el que la maternidad será cosa de todos. Como dice Eva Wiseman, la discriminación de la maternidad en el trabajo es la que ha creado a las mamaempresarias. Si esto no nos enfada y no nos empuja a cambiar, nada lo hará.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Plasmado

Ya llevábamos nueve meses del mal llamado "Gobierno Frankenstein". Decían, los más agoreros, que no duraría ni seis meses, que era un acuerdo entre agua y aceite, que acabarían como los enamorados de cualquier canción de Pimpinela. Pero, nueve meses después de aquel histórico acuerdo, el gobierno integrado por los dos partidos mayoritarios de la izquierda, con el apoyo puntual de algunos partidos nacionalistas, seguía, con paso más o menos firme, con sus reformas, sociales y económicas, hacia adelante.

Cuando el partido histórico de la izquierda tendió la mano a los integrantes del partido morado, éstos supieron aceptar el ofrecimiento con serenidad y responsabilidad. Lo primero era solucionar la situación de emergencia de muchos ciudadanos, así que había que aparcar las consignas revolucionarias y aprovechar la oportunidad que les habían dado los votantes, al haber conseguido la izquierda más votos que la derecha. Era la oportunidad de acabar con el rumbo hacia el abismo neoliberal al que la derecha de la caspa y el Ibex 35 nos estaba llevando. Y no podían desperdiciarla.

Los partidos nacionalistas tuvieron la sensibilidad de olvidarse, temporalmente al menos, de sus aspiraciones secesionistas, para centrarse en lo importante y urgente del momento: la desigualdad creciente, el gran número de desempleados, el déficit público. Ya vendrían tiempos mejores en los que hablar de otros temas.

El partido de la rosa supo leer la situación. Los votantes más jóvenes estaban cansados de oír hablar de la Transición, algo que veían, de pasada, en los libros y en los avejentados documentales que ofrecía la cadena pública los sábados de madrugada, cuando ellos estaban explorando la vida en bares y discotecas. Necesitaban un partido que fuera consciente de lo que le pedían los votantes más críticos, la gente que se había echado a la calle aquel lejano 15 de mayo de 2011. Un giro a la izquierda. Una vuelta a los orígenes. Darle a la letra O de sus siglas la importancia que tuvo hace décadas.

Habían conseguido firmar un Pacto por la Educación, tras arduas negociaciones. Habían bajado el IVA cultural. Habían retirado el impuesto al sol y vuelto a poner en marcha las renovables. Habían subido los impuestos a los que tenían más ingresos, y logrado un compromiso de la UE para que las tributaciones de sociedades fueran las mismas en todo el territorio Schengen. Estaban en proceso de derogar la desastrosa reforma laboral, para lo que estaban trabajando en una nueva ley, más justa y equitativa. Habían subido el salario mínimo, con el objetivo de llegar a los 1000 €/mes en cuatro años. Y todo en poco más de nueve meses. ¿Cuántas reformas se podrían hacer en los tres años que les quedaban?

De repente me despierto. Estoy en el sofá. La tele, encendida. Y allí está el barbas, con la lengua caída, pastosa, dando los nombres de los nuevos ministros de su flamante gobierno en minoría. Era tan urgente que se ha tomado cinco días para recitarlos. Los ministros van jurando sus cargos delante de un crucifijo y sobre una biblia. Todo muy propio en un país que se dice aconfesional. Supongo que estarán rezando por nuestras almas. Falta nos hace, con los cuatro años que nos quedan. Como es habitual en él, no hay rueda de prensa y hace el anuncio en una sala llena de periodistas que han perdido su dignidad profesional, y aguantan que el presidente les hable en una pantalla de 72 pulgadas en la que aparece su cara de estupefacción permanente. Me da un vuelco el corazón cuando me entero de que, en Sevilla, salieron ayer 100.000 personas a la calle. ¿Habremos, por fin, despertado?, me pregunto. Pero no, lo hicieron para ver cómo una escultura de madera a la que llaman Señor de Sevilla, paseaba por las calles de la ciudad. Plasmado me quedo.

jueves, 20 de octubre de 2016

Oro negro

Intentando encontrar el camino del entendimiento en esta jungla de partidos socialistas rotos, correas mafiosas y estatuas de dictadores decapitados, me topo, de repente, con un vídeo de la actriz y licenciada en economía Marta Flich en el que habla de la subida de precios del petróleo que planea la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo). Y no me ayuda.

Hace poco que he descubierto a esta, para mí, estupenda y divertida analista. Os recomiendo que veáis sus vídeos en el Huffington Post, donde hace análisis muy breves y certeros sobre temas que, a pesar de no ocupar las portadas de los periódicos, son fundamentales para nuestro presente y nuestro futuro. En el vídeo del que hablo en este artículo comenta, así, de pasada, como la que no quiere la cosa, que la OPEP se acaba de reunir en Turquía para avanzar en un acuerdo sobre la congelación de la producción de barriles de petróleo, acuerdo que esperan ratificar a finales de noviembre, cuando se reúnan en Viena.


La OPEP es un como un club de catorce amiguetes que lo único que tienen en común es que les tocó la lotería de tener petróleo en su subsuelo en una época en la que la humanidad depende totalmente de este líquido negro y viscoso. Y hay un poco de todo en este club: países poco amigos de la mujer como Arabia Saudí, Irán o Irak; países africanos como Gabón, Angola o Nigeria; y países más salseros como Venezuela o Ecuador. A la reunión también han invitado a otros amigotes del oro negro que no pertenecen al club, pero que también tienen petróleo, como Rusia.

¿Por qué congelar o reducir la producción? Parece que los integrantes de este selecto club, y sus amigos, echan de menos la época gloriosa que llegó hasta 2.014 en que el barril llegó a los 100 $ y ganaban dinero a espuertas, y podían hacerse pistas de esquí en el desierto y urbanizaciones de islas artificales para personajes forrados hasta las orejas como ellos. Contando con que en enero de este año llegó a rozar los 27 $ entendemos que les pique el bolsillo. Estos países dependen, para tener contentos a sus ciudadanos (casi súbditos), casi en exclusiva de sus ingresos petroleros, así que, con precios tan bajos, se van rápidamente al garete (un ejemplo, Venezuela. Otro, Rusia). En menos de un año, con el aumento de la demanda y la congelación de la producción, han conseguido llegar a los 50 $, duplicando el precio, pero parece que quieren más. Al fin y al cabo, tienen que mantener esos yates y esos Ferraris, que no funcionan con agua precisamente.

Para no aburriros más, vayamos al grano de la cuestión. ¿Y qué tiene que ver todo esto con nosotros? ¿No tenemos bastantes problemas ya: el paro, la corrupción, la fiesta nacional? Pues veréis, todo esto nos afecta, y mucho. ¿Os acordáis de lo que pasó en 2.011, cuando el desaparecido Rubalcaba redujo el límite de velocidad en autopistas a 110 km/h para reducir el consumo de petróleo? El precio del barril había llegado a los 112 $, por las revoluciones árabes, y nos hizo bastante pupita. Y ahora nos puede pasar algo parecido.

Todo este crecimiento a más de 3 % que nos vende el GoPPierno no es, para bien o para mal, mérito nuestro. Se debe, casi en su totalidad, a factores externos. El turismo crece no porque tengamos unos hoteles cojonudos o porque seamos un país de la hostia, sino porque los guiris que antes iban a países más baratos y con el mismo clima como Turquía, Túnez o Egipto, prefieren venir aquí y renunciar al té moruno y al falafel a cambio de un poquito de seguridad europea. Y las exportaciones van bien porque los curritos españoles cada vez cobramos menos y porque el petróleo está barato y el transporte de nuestros tomates y pepinos, asequible por ahora, nos permite venderlos a buen precio en los supermercados alemanes. En el momento que un factor fundamental de esta ecuación aumente, el precio del combustible, se nos cae todo el tinglado.

Que en el debate político, centrado en intrigas chusqueras de partido, corruptelas de ayuntamientos venidos arriba en la época de las vacas gordas y en el deshoje de la margarita de la abstención o del no, nadie hable de temas tan importantes como la energía o el cambio climático me provoca, más que enfado o vergüenza, miedo. Y no estamos hablando de ecología ni de medioambiente, sino de pura y dura economía. ¿A dónde vamos con nuestra patológica e histórica dependencia energética del exterior? ¿Podemos basar nuestro crecimiento en factores externos no controlables por las políticas de nuestro gobierno? ¿Alguien está pensando, realmente, en el futuro de nuestro país y no en salvar su propio culo? Perdonad mi lenguaje. Voy a ver Sálvame, a ver si me calmo un poco.

jueves, 6 de octubre de 2016

Libertad de prensa

Desde que tengo recuerdos, el de mi padre andando por la calle con El País en sus manos, sorteando todo tipo de obstáculos, con la mirada fija en lo que para mí era una gran sábana blanca llena de extraños símbolos y fotografías, forma parte de mis primeras memorias infantiles. El día que el considerado periódico de la Transición salió a la luz, mi padre llegó tarde al kiosco, y no pudo comprarlo, pero desde entonces, y casi hasta el día de su muerte, no falló prácticamente ningún día a su cita con El País.

Mi padre no era una persona ni mucho menos sectaria. Al revés, tenía gran capacidad de escucha y respetaba la opinión de los demás. Casi siempre. Nadie es perfecto. Sin embargo, nunca lo ví con otro periódico entre sus dedos. El País era para él su principal fuente de información de la actualidad, aparte de la televisión pública. Todo lo demás le parecía poco serio. Excepto El Intermedio, que se convirtió en su telediario favorito en los últimos años. El ABC, El Mundo, Diario de Sevilla... no existían para él. Incluso habiendo presenciado la deriva hacia posiciones más de centro-derecha de su querido periódico en los últimos años, nunca le oí decir nada al respecto.

¿Qué pensaría si hubiera visto cómo El País, con la mayoría de la prensa escrita a su lado, ha derrocado al vilipendiado Pedro Sánchez? ¿Cómo le habría sentado ver cómo los medios de comunicación se han sometido al poder de las empresas que los sostienen económicamente? Es difícil saberlo, pero me habría gustado mucho poder discutirlo con él.

Es innegable que los medios de este país, en su inmensa mayoría, han dejado de ser transmisores de información independiente, influenciados por el inmenso poder que hay detrás de las empresas que pagan los anuncios a toda página que los sustentan económicamente. A ver quién es el bonito que critica a Acciona, Endesa o El Corte Inglés, si son los que me llenan la nevera al comienzo de cada mes.

En España tendemos a poner el ventilador para repartir las culpas a nuestro alrededor, mientras nosotros permanecemos ajenos a todo, en nuestra inmaculada inocencia. La culpa es del Gobierno. La culpa es del PP. La culpa es del PSOE. En el caso que nos ocupa, el de la prensa escrita y, por extensión, el de los medios de comunicación, no creo que la culpa sea en exclusiva de ellos. Al fin y al cabo, periodistas, impresores, distribuidores, tienen que cobrar por su trabajo. Y si la gente no compra periódicos y los lee gratis en internet, no les queda más remedio que recurrir a los ingresos por publicidad. Está claro.

Y no nos olvidemos. La libertad de prensa nos costó grandes esfuerzos y sacrificios. Algunos de nuestros padres y nuestros abuelos lucharon para conseguirla, así que sería una pena y un desperdicio desandar lo andado. ¿Qué pasaría si todos los que nos quejamos de la parcialidad de los medios pagáramos por recibir información veraz e independiente? ¿No estaríamos haciendo realidad el periodismo que demandamos, al no depender los periodistas de las empresas para su sustento? Yo, por mi parte, he pasado a la acción y me acabo de hacer socio de un periódico online e independiente. Y espero que tú también te animes. Opciones hay muchas, y la causa lo merece.

jueves, 29 de septiembre de 2016

¿Por qué vienen?

Cuando veo las imágenes de los refugiados, siempre me pregunto quiénes serán esas personas, por qué ponen en peligro sus vidas para, en la mayoría de los casos, vender pañuelos de papel en los semáforos, trabajar en invernaderos o formar parte del ejército del top manta por cuatro duros y vivir hacinados en pisos compartidos con otras personas en su misma situación. Ya me pasaba cuando las sucesivas crisis de las pateras ocupaban las principales portadas. Y me sigue pasando ahora.

Siempre he intentado ponerme en su lugar, pero no lo consigo. Me cuesta. Desde mi cómoda posición de desempleado con futuro incierto del primer mundo no resulta fácil. Al fin y al cabo, podemos salir a la calle con sensación de seguridad. La violencia existe, pero es muy puntual. La policía está, casi siempre, para ayudar. Si enfermamos sabemos que tendremos una asistencia sanitaria más que decente. Y comida no nos falta. Hay gente que está muy jodida, lo sé, pero a nadie se le ocurre montarse en una lancha neumática para cruzar un mar o un océano en la oscuridad de la noche con un móvil en la mano como único salvavidas, para ponerse en manos de las frías mentes de los traficantes, interesados, únicamente, en su propio lucro. Si emigramos, lo hacemos en coche, en tren o en avión.


Me acabo de terminar un libro muy interesante, editado por el Think Tank GIFT (Global Institute for Tomorrow - Instituto Global por el Mañana), radicado en Hong Kong, que intenta desentrañar los secretos de muchos temas globales, buscando soluciones honestas y justas a los principales problemas que afectan a la humanidad. El libro en cuestión se llama "The Other Hundred" (Los otros cien) y nos cuenta, mediante fotografías, las vidas de 100 personas que nunca figurarán en las listas de Forbes, centradas tan sólo en millonarios, entendiendo el éxito como el puramente económico.

Frente a este planteamiento puramente monetario de la famosa revista americana, "The Other Hundred" nos habla de la vida de miles de millones de personas que, simplemente, consiguen sobrevivir, con dignidad. Entre ellas me llamó mucho la atención el caso de una mujer nigeriana que ejercía la prostitución en Amberes, Bélgica. Ante la pregunta de "¿Cómo puede alguien dejarlo todo para emigrar tan lejos para trabajar en la industria del sexo?" la mujer respondía de forma lapidaria: "Si tu padre tuviera diabetes y no pudiera pagarse los medicamentos, pero tú pudieras conseguírselos trabajando en esto, ¿lo harías?".

Hasta que no viajas a países fuera del ámbito del primer mundo no te das cuenta de lo privilegiados que somos. Nos quejamos mucho, tenemos muchos problemas, es verdad. Pero estos problemas son minucias comparados con los sufrimientos que llevan a esta gente a jugarse, literalmente, la vida en busca de un futuro mejor. Con los refugiados llamando a la puerta de nuestra cómoda casa europea estamos viendo la punta de este inmenso iceberg que "amenaza" nuestra segura existencia. Qué más da si vienen huyendo del hambre o de la guerra, o de ambas. Son seres humanos que luchan por su vida y por la de sus familias. Y nuestra respuesta no puede ser cerrarles la puerta.