miércoles, 7 de febrero de 2018

Turismo de calidad

Terminó FITUR hace ya un par de semanas y no deja de sonar en mi cabeza una frase muy repetida por nuestros políticos, los rojos, los azules, los naranjas. Los de la izquierda, los de la derecha, los indeterminados. La frase terminaba, su comienzo variaba, más o menos con las siguientes palabras "turismo de calidad".

Tenemos que atraer un turismo de calidad. Lo que interesa ahora es el turismo de calidad. La calidad en el turismo es lo que más nos importa. Y yo me dije, cuando los oí, ¿y qué será eso del "turismo de calidad"?

Investigando, profundizando y escuchando a nuestros políticos, rojos, azules, morados, me dí cuenta de que no se atrevían a hablar claro, pero creo que entendí el mensaje. Turismo de calidad = gente con pasta. Básicamente. Hablando en plata. Gente del taco. Gente de posibles. Gente de cuentas holgadas. Gente con su dinero en los paraísos. Fiscales, claro está.

Y no puedo estar más de acuerdo. Ya está bien de mochileros y perro-flautas que nos invanden nuestras sevillanas calles con sus liendres y malos modales. No queremos más limpiadoras de Reino Unido paseando nuestros magníficos Alcázares. Que no vengan más obreros alemanes, que lo único que hacen es beber cerveza barata.

Lo que queremos es que nuestro peatonal centro se llene de bolsos de Gucci y Louis Vuitton. De mujeres con zapatos de 200 € y 10 cm de tacón que se dejen sus venerables dineros en El Corte Inglés. De hombres que vacíen su abultada cartera en Robles, o en el Hotel Alfonso XIII. Basta ya de gente tiesa y maloliente, que no tienen ni para unos buenos carabineros, como debe ser.

Que dejen de venir a nuestra señorial ciudad en esos aviones irlandeses que parecen latas de melva en aceite de oliva. Con sus mochilas del Decathlón, y sus chándales de mercadillo. Queremos gente que vista de Adolfo Domínguez, Armani o Dolce&Gabbana. Nada de Zara o H&M. Y, por favor, los que compren en Primark, que ni piensen en venir por aquí.

Sevilla, Andalucía, se merece mucho más. Los que, por flojos y poco soñadores, no han podido pasar de clase media, que se queden en casa. Haber luchado más, que el capitalismo ofrece oportunidades para que todos seamos del taco. Que se vayan de vacaciones al parque. Que pasen el verano en la piscina municipal. Que organicen una excursión al campo, con sus mantitas y sus bocadillos envueltos en papel de aluminio. Pero que no se les pase por la cabeza si quiera coger un avión. Aquí, en Andalucía, tierra de acogida donde las haya, nos merecemos a la gente de parné, con estilo, con caché. Ni más, ni menos.

Aporofobia: odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado.


viernes, 12 de enero de 2018

Problemas de ricos

Hace poco, leí un artículo en eldiario.es, de una mamá, creo que separada, en el que habla de sus penurias como progenitora. El texto en cuestión tiene el sugerente título de "He tenido una hija, pero no aguanto ni una tarde de parque". Toma ya.

El artículo habla de las frustaciones que mucha gente sufre cuando descubren que tener un hijo te corta las alas, pierdes libertad. Ya no puedes salir cuando quieres, ir a donde te apetece cuando te apetece, dormir hasta donde tu cuerpo aguante... Descubren, con sorpresa, que un hijo necesita de atenciones y cuidado constantes. No sé, quizás creían que iba a ser como tener un gato, que se limpia solo, que se cuida solo si te vas de escapada un fin de semana. Basta con dejarle comida y agua, que ya se apañará.

La autora del artículo habla de sus ratos en el parque con su hija como si estuviera en la cárcel, prácticamente. También relata una "grata" velada en un restaurante con su hija y otra pareja con gemelas, en la que los pobres niños acaban abducidos por las pantallas de los móviles de sus padres, que optan por esta forma tan de moda de tener a los niños "entretenidos", para poder hacer sus cosas de adultos.

No sé. El artículo me dejó un poco perplejo. ¿Qué pensaba esta mujer cuando se metió en el lío de tener un hijo? ¿Creía que iba a poder seguir con su vida tal cual? ¿Que era como tener una mascota? Vivimos en la época del yo-yo. Mi bienestar es lo más importante. Yo. Tengo derecho a ser feliz. Yo. Mi felicidad implica hacer lo que me apetezca en todo momento. Yo. Salir, entrar, viajar... Y si no conseguimos a esto, llegan las frustaciones.

Querida María, que así se llama la frustrada mamá, como a tí, no me gustan, a priori, los parques, menos los infantiles. Nunca me han gustado los niños. De hecho, y a pesar de que tengo una niña de casi 4 años, siguen sin gustarme. Mi niña, sí, la quiero con locura. Pero no por ser niña, sino por ser mi niña. Cada minuto que estoy en el parque con ella, lo disfruto. Porque la veo feliz, porque me hace reír. Porque, gracias a ella, dejo el móvil en casa, para no distraerme de esos ratos que paso con ella, que disfruto, y que sé que recordaré con mucho cariño cuando todo esto pase.

Mi mujer y yo tenemos que hacer, muchas veces, malabares para hacer nuestras "cosas de adultos". No tenemos mucha ayuda familiar, por diversos motivos, ni tampoco dinero para pagar canguros. Pero bueno, nos apañamos. No salimos mucho sin la niña, pero podríamos hacerlo de vez en cuando si quisiéramos. Es cuestión de organizarse. Te quejas, querida María, de que no puedes ir a restaurantes con la niña, porque la lía. Pues te propongo una solución muy sencilla, no lo hagas. Organízate, déjala con alguien (siempre hay alguien, es cuestión de darle al coco), y sal a cenar en plan adulto, lo disfrutarás. No te empeñes en algo que no funciona.

Cuando leo o escucho relatos como el de María, de padres y madres frustrados y frustradas (Dios, odio el lenguaje inclusivo) porque no pueden, oh my god, ir a cenar, o al cine, o viajar como antes, porque han tenido hijos, me da un poco la risa. Primero, porque no entiendo en qué pensaban que consistía la paternidad o la maternidad. Segundo, porque las frustaciones que tienen me parecen "problemas de ricos". No hablan de problemas como que su hijo tiene una enfermedad grave, o que no tienen dinero para comprarle ropa, o para pagar la guardería. Suele ser gente que tiene medios para criar a sus hijos sin problema. O para pagar un canguro. Pero se empeñan en amargarse la vida, porque se les ha complicado un poco.

Así que, queridas padres y madres modernos y modernas, quitaos esas gafas de inmadurez, bajad a la tierra, y disfrutad de vuestros hijos. No es tan complicado.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Y mientras tanto...

Un amigo lleva tiempo publicando noticias que, en un país medio decente, estarían en la portada de todos los periódicos, en los titulares de todos los telediarios, por su importancia, pero que en España están siendo fagocitadas por el ya tedioso y jartible tema catalán. Las aventuras del señor M.Rajoy de los papeles de Bárcenas, la sequía que nos asola, el agotamiento al que tienen sometido al Fondo de Reserva, casi esquilmado... Los ejemplos son múltiples, noticias que se dicen en voz baja, colocadas entre las ocurrencias de Willy Puigdefog y la última ventosidad de Cristiano. Y cada vez que lo publica, escribe siempre la misma frase: "Y mientras tanto...".

El otro día ví la magnífica entrevista que le hicieron al escritor e historiador israelí Yuval Noah Harari en una charla TED que se titulaba "Nacionalismo vs Globalización". No os creáis que soy un sesudo intelectual que conoce a un escritor e historiador israelí de exótico nombre: me lo chivó una tía mía. El tipo conoció la fama mundial con su libro "Sapiens: una breve historia de la humanidad", bestseller con más de un millón de ejemplares vendidos, un ensayo en el que, de forma amena y sencilla, hace un interesante recorrido por los más importantes acontecimientos de la humanidad que nos han traído hasta la actualidad.

En la charla, periodista y entrevistado trataban de abordar la explosiva situación mundial que vivimos ahora, con líderes populistas dirigiendo los países más importantes del planeta, un cambio climático que parece imparable, robots que poco a poco van sustituyendo al hombre en muchas actividades... La conversación es muy distendida y amena durante toda la entrevista, a pesar de la gravedad de los asuntos que se trata en ella.

Harari explica que hay una serie de problemas globales (cambio climático, migraciones...) que están siendo abordados con políticas nacionales, que nunca serán capaces de resolverlos. Aboga por una especie de entidad supranacional que tendrá que ir haciéndose cargo de estos asuntos, y ve absurdos e inútiles los movimientos nacionalistas en un mundo tan globalizado. Son, para él, reminiscencias de otra época, impropios del siglo XXI.

También comenta el escritor que deberíamos preocuparnos por los robots, que avanzan imparables sustituyéndonos en muchas labores. En la sociedad del futuro habrá gente que nunca encontrará empleo. Habrá que hablar de la renta básica universal, pero no por países, sino planetaria. Si no, no servirá para nada.

Otro tema interesante que aborda Harari es que parece que estamos entrando en un cambio de fase de la humanidad, sin quererlo, y sin saberlo, algo que ha ocurrido a lo largo de la historia. Él visualiza un futuro de robots que dejan sin trabajo a los humanos y no ve a ningún político preocupado por esto. Trump quiere poner un muro en México, dice, pero el problema le puede venir de California, donde están las empresas tecnológicas que están modelando el futuro de la humanidad.

Termina la interesantísima charla y me quedo con un sabor agridulce. Por una parte, estoy contento, me ha mostrado una nueva forma de mirar el complejo mundo en que vivimos. Por otra, me queda la sensación de que, mientras todos hablamos y vociferamos sobre Cataluña, la corrupción o el ojo de halcón, el mundo debería estar intentando solucionar los graves problemas que están ya aquí, como el cambio climático, las migraciones o la desigualdad. Y mientras tanto, nuestros políticos jugando a las elecciones. Así nos va.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Paso del Black Friday

El próximo viernes, como todos los últimos viernes de noviembre del pasado más reciente de nuestro país, muchos os entregaréis a la vorágine consumista que nos viene de Trumplandia y caeréis en las redes del Black Friday, tirando de tarjeta o cartera. Pobres de vosotros.

El origen del Black Friday se pierde en la noche de los tiempos. Algunas versiones se remontan al 24 de septiembre de 1869, un viernes en el que, por motivos especulativos, el mercado estadounidense entró en bancarrota (¿Os suena?). Otras nos hablan del caos de tráfico que se produjo en Nueva York el 19 de noviembre de 1975, un día que el New York Times calificó como "black". En cualquier caso, el Black Friday es el último viernes de noviembre, el día después de la gran fiesta americana, el Día de Acción de Gracias, que muchos comercios aprovechan para hacer grandes descuentos y adelantar así la campaña de Navidad.

La capitalista costumbre llegó hace pocos años a España, y cada año va cobrando más fuerza. De hecho, haciendo un gran alarde de imaginación, muchas empresas lo están estirando hasta el infinito: que si la semana azul, que si el mes amarillo... El caso es rascarle el bolsillo a la gente. Que compren.

Hoy me he leído un artículo en The Guardian, del columnista George Monbiot, que habla precisamente de esto. Pero el escritor británico lo hace en términos medioambientales, llegando a decir que, con estos comportamientos, acabaremos destruyendo el planeta.

Monbiot habla de cómo, en estos días de grandes ofertas y rebajas terminamos comprando objetos inútiles, que acaban muchas veces arrinconados al fondo de un armario. Escribe sobre el crecimiento económico, ese objetivo que nadie discute, ese fin último que dirige nuestras vidas y que terminará, según el capitalismo, repartiendo la riqueza a todos los habitantes del planeta, haciéndonos llegar al mismísimo paraíso.

Desde 1970 se "celebra" el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, día en que la humanidad ha consumido los recursos que el planeta produce en un año. Desde entonces, este día no ha parado de adelantarse. Este año ha sido el 2 de agosto. Para que lo entendáis, el 2 de agosto de 2017, todos los que habitamos en la Tierra habíamos emitido más carbono del que los océanos y bosques pueden absorber en 1 año, pescado más peces, talado más árboles, cosechado más y consumido más agua de lo que nuestro planeta es capaz de producir en el mismo período de tiempo. Desde ese día hasta final de año, vivimos a crédito. Una locura, ¿no?


Monbiot concluye en su artículo que esto no cambiará con una vida más verde. El reciclaje, las energías renovables, el uso del transporte público no están mal, pero no son la solución, según él, al gran problema medioambiental al que nos enfrentamos. De hecho, explica que, según algunos estudios, el activismo ecológico no garantiza que la huella ecológica se reduzca. La ecología se practica más entre personas de las clases más pudientes, que son, a su vez, las que más CO2 emiten y más recursos consumen a lo largo de su vida. De nada sirve reciclar compulsivamente si luego te vas de vacaciones al Caribe.

Según el escritor británico, hace falta un cambio de sistema. El crecimiento infinito no tiene sentido en un planeta finito, es inviable. Según un estudio del World Economic Review, el 60 % de las personas más pobres del planeta recibe solo el 5 % del crecimiento económico mundial. Para que lo entendáis, hacen falta 111 $ de crecimiento para reducir la pobreza en un solo dólar. Un sinsentido, ¿no?

Hay que crear un sistema en el que el crecimiento no dependa del consumo de recursos. Mejor, un mundo en el que el crecimiento no sea necesario para el bienestar de las personas. En el que el consumo no sea la única forma de mantener todo este tinglado a flote. Por todo este rollo que os he soltado, este viernes celebraré mi "Día sin compras". Paso del Black Friday.

lunes, 13 de noviembre de 2017

El futuro del pan tumaca

Por si hay algún lector catalán de El Grifo, cosas más raras se han visto, primero quiero aclarar que ya sé que no se escribe así, sino pa amb tomàquet, pero dado que el público de este medio es mayormente castellanohablante lo escribo como lo decimos en la península no catalana.

Sigo con un inciso culinario que me voy a permitir, dada la libertad con que nos regala el redactor jefe de este magnífico escaparate mediático que es este digno periódico local. Quiero aprovechar para deciros, queridos lectores, que la cosa esa que os ponen en los bares de por aquí, ese demoníaco tomate rallado en botes de ketchup, o en pequeños cuenquitos de duralex transparente, no tiene nada que ver con el pan tumaca original, maravilloso invento proveniente de la región rebelde de Cataluña. Ni tampoco ese sucedáneo de salmorejo que ponen en algunos sitios "modernitos". Y lo de las rodajas de tomate, mejor dejarlo para una buena hamburguesa.

Como bien explican en el blog culinario El comidista, el pan tucama original que gracias a mi menorquina madre he podido disfrutar desde que tengo uso de razón, comienza por un buen pan, de tipo payés, de estos que tienen huecos y espacios que serán colonizados en su momento por el aceite de oliva. Después, usando un tomate pequeño, tipo pera, muy maduro y cortado por la mitad, se restriega este como si no hubiera un mañana. Sí, he dicho restregar, pringándote bien los dedos, haciendo una buena carnicería con el tomate, retorciéndolo como si fuera una oreja de tu peor enemigo. Nada de rallar ni similares. Una vez tengamos el pan bien empapado en tomate, se sala y se riega con un buen chorreón de aceite. A partir de aquí, la imaginación al poder: un buen jamón o una buena sobrasada rematarán la faena con gran dignidad.

Y ahora, vamos al grano del asunto. ¿Qué es lo que me preocupa del futuro del pan tumaca? Pues veréis, no sé si lo sabéis, pero en estos días en los que la gran preocupación de los españoles es el Catalangate, se está celebrando en Bonn, la antigua capital alemana, la cumbre del clima COP23, donde se intenta convertir en realidad lo acordado en París hace dos años, con la lamentable ausencia de los EEUU. Sí, mientras el president cesado está de vacaciones en Bruselas, el cambio climático sigue su curso. Y afecta también a la molt honorable comunitat catalana.

Según el Tercer Informe sobre el Cambio Climático en Cataluña, elaborado por la Generalitat, la temperatura media ha aumentado en la comunidad desde 1950 a razón de 0,28 ºC cada década, especialmente en verano. Los días de frío y de nieve son cada vez menos. La temperatura del agua en la Costa Brava también ha subido. Las proyecciones de futuro siguen en la misma línea, con temperaturas en aumento y precipitaciones en descenso. Se espera también un aumento de las precipitaciones intensas en el comienzo del verano, con el consiguiente riesgo de inundaciones. También se prevé un aumento en el número de aludes y de su volumen, y en la duración de los períodos de sequía. Y un crecimiento de la erosión en las playas, debido al crecimiento del nivel del mar y al incremento de temporales marinos.

¿Y en qué afecta todo esto al pan tumaca? Pues no lo sabemos exactamente, pero podría ser que el tomate de untar, variedad pequeña, de 3 a 5 cm de diámetro, que se usa para elaborarlo, tuviera que cultivarse en los Pirineos, por ser imposible su cultivo en zonas más bajas. O a lo mejor habría que importarlo de los Países Bajos, cerca de la Bélgica que tanto ama el president cesado. Quizás haya que usar aceite de palma, en vez del de oliva, por no soportar los olivos catalanes los tórridos veranos que nos esperan.

Queridos indepes, estéis o no dentro del Estado Español, como decís vosotros, el cambio climático os afectará. La agresión del ser humano al medio ambiente no entiende de fronteras. No creáis que viviréis en una arcadia catalana, en la que permaneceréis ajenos a todos estos cambios, que, quién sabe, lo mismo obligan a vuestros payeses, indepes o no, a cultivar tomates en las faldas del monte Aneto. Yo os propongo seguir juntos e intentar velar por el futuro del pa amb tomàquet. ¿Qué os parece?

viernes, 3 de noviembre de 2017

Un cuento ibérico

A Ona todo aquello le parecía un cuento chino, una de aquellas historietas que el abuelo Carles se empeñaba en contarle las largas y tórridas tardes de aquellos eternos veranos que les estaba tocando vivir. Era el año 2067 y la canícula solía alargarse en la península más allá de noviembre. Las temperaturas podían superar los 45 ºC hasta más allá de las diez de la noche, así que era mejor quedarse en casa, con las ventanas bien cerradas y los ventiladores a velocidad máxima.

Hacía tiempo que la escasez de lluvias había convertido los pocos pantanos que quedaban en pequeños desiertos de tierras quebradas como la piel de un anciano, así que el país se había visto obligado, hacía ya décadas, a prescindir de la energía hidráulica y presentaba períodos de escasez eléctrica en los que poder encender el aire acondicionado era un lujo que muy pocos podían permitirse.

Aquella tarde el abuelo Carles le estaba contando la gran crisis ibérica de finales de la segunda década del siglo XXI. Cómo los independentistas catalanes la habían vuelto a liar, esta vez bien gorda. Y cómo, en un principio, el gobierno central había respondido de forma torpe, entrando en la díscola región como elefante en cacharrería, creando independentistas a partir de la nada. Pero también le contó cómo, al ver que aquello se les iba de las manos, los políticos supieron frenar a tiempo.

Primero fueron los independentistas, que ante la presión internacional, tuvieron que reconocer que no podían declarar la independencia al no llegar ni al 50 % de apoyo entre el electorado, y renunciaron al procés, convocando acto seguido elecciones autonómicas para desbloquear la situación. El gobierno central, por su parte, abrió las negociaciones para empezar a hablar de un referéndum pactado entre las dos partes, que daría a los catalanes la oportunidad de expresar su opinión sobre el tema.

Desde Europa se aplaudió la iniciativa y la fuga de empresas comenzó a ralentizarse. La justicia actuó con mesura y prudencia, deteniendo y castigando a los responsables políticos, pero sin enviarlos a prisión. La cosa no fue más allá de multas e inhabilitaciones de por vida. Además, para convencer a los ciudadanos de que actuaban con independencia, se pusieron las pilas y encarcelaron a los corruptos que, habiéndose demostrado que habían robado a manos llenas, llevaban años riéndose de la gente haciéndose fotos en sus yates o haciendo bodyboard. Todo aquello se había acabado hacía tiempo. Y gente como Urdangarín habían llegado a la jubilación en Soto del Real.

Ya eran las diez de la noche, y Ona quería salir a la calle, pero el abuelo Carles no paraba. Siguió contándole que, una vez apagado el fuego -los independentistas perdieron el referéndum, aunque por poco-, al cabo de un par de años, aprovechando el cambio de gobierno en Madrid, que propició una gran coalición de izquierdas, alguien propuso la unión con el vecino portugués, para crear la Federación Ibérica. Era más lo que nos unía que lo que nos separaba, dijo el abuelo Carles, y un país que ocupara toda la península ibérica, con más de 50 millones de habitantes, se podía convertir en la Alemania del sur de Europa. Y así ocurrió, dijo el anciano.

Abuelo, todo eso no son más que patrañas, te lo has inventado todo. Sabes que después de la crisis de 2017, se independizó Catalandia, y luego vinieron las demás: Vasquilandia, República Gallega y Alandalucía. Por no hablar de Albacetia y Madridia, que lo consiguieron pocos años después. La península volvía a parecerse a la época de los reinos de Taifas, que ya no se estudiaba en los 43 sistemas educativos que mal formaban a los pequeños.

Todo esto que me has contado, abuelo, no es más que un cuento chino. No, querida nieta, no es un cuento chino, es un cuento ibérico. Y podría haber pasado, ¿por qué no?

martes, 10 de octubre de 2017

Gracias, papá

Estas últimas y alborotadas semanas me acuerdo mucho de tí. De cuando decías, hace ya muchos años, que Cataluña se terminaría separando de España. Que los nacionalistas llevaban años trabajando para poner a la sociedad catalana de su parte. Medrando, manipulando.

Me acuerdo mucho de cuando me contabas por qué nos trasladamos de Barcelona, ciudad donde nací, a Sevilla en el año 77, a pesar de que había mucha diferencia en muchas cosas entre ellas. Sevilla, atrasada y antigua. Barcelona, avanzada y moderna. Cómo, cuando quisiste optar al puesto de Director de la Biblioteca de la Universidad Autónoma de Barcelona te dijeron que nunca lo conseguirías, porque no eras catalán. Tú, que tenías la formación y la experiencia necesarias. Tú, que hablabas inglés, alemán, francés, y algo de italiano y portugués. Tú, que hablabas y escribías un perfecto latín. 
Llevabas años en Barcelona, donde habías estudiado la carrera, donde habías conocido a mamá. Habías disfrutado de la ciudad, a la que amabas. Habías paseado por las Ramblas. Habías tomado el aperitivo antes de comer en la Plaza Real. Habías bebido cócteles en Boadas. Habías paseado con Andrés y conmigo por el Parque Güell. Tenías amigos catalanes, muy buenos, con los que no había problema alguno.

Pero ya empezaba a oler mal. Ya empezaban los nacionalistas con sus aires de superioridad a colonizar los puestos de importancia, despreciando al diferente. Y tú, para más inri, eras andaluz. Pero a pesar de todo, conseguiste el puesto. Tenías en frente un hueso duro de roer, pero el proceso fue justo y objetivo, y tú le ganabas de calle. Por méritos. Por experiencia. Pero les escocía. Además, un andaluz, de origen humilde. Le habías ganado a un catalán de ocho apellidos.
Y, a pesar de lo que amabas la ciudad, a pesar de que sabías que Sevilla estaba, en ese momento, a años luz de Barcelona, tomaste la decisión. No te encontrabas a gusto allí, en una parte de tu país. Te sentías un poco extranjero. Y decidiste volver a Andalucía, una tierra a la que a la vez amabas y criticabas. Una tierra que te dolía, por sus carencias y defectos, pero a la que defendías cuando la atacaban sin motivo.

Recuerdo cómo, cuando empezó la crisis y viste como dos de tus hijos se iban al paro, universitarios, con idiomas, decías que te arrepentías de haberte mudado a Sevilla. Que en Barcelona habríamos tenido más oportunidades. Pues yo, papá, te lo agradezco.
A lo mejor llevabas razón en que allí habríamos tenido más oportunidades. Pero, viendo el panorama actual, no me gustaría vivir en una tierra en la que la mitad de su gente desprecia al diferente, al que no es como ellos. Una tierra en la que, seguramente, estaría peleado con muchos amigos. Una tierra en la que, seguramente, tendría mucho que callar. Prefiero vivir aquí, en una región más pobre, pero a la vez más rica. Rica en capacidad de acogida. Rica en respeto al diferente. Una tierra con muchos defectos y muchas cosas que mejorar, pero en la que no me siento rechazado. En la que puedo opinar, sin temor a que me acosen o insulten. 

Barcelona, ciudad donde nací, me sigue gustando. Es una ciudad alegre y acogedora. Creativa y cosmopolita. Seguiré tomando vermut con mi madre el domingo, a la hora del aperitivo. Seguiré restregando el tomate en el pan, como se hace allí. Seguiré comprando cava catalán, si me apetece. No creo en las fronteras, solo en las personas. Pero, desgraciadamente, tengo que agredecerte, papá, que nos sacaras de allí a tiempo. No quisiera tener que vivir lo que están viviendo ahora en Cataluña. Así que, gracias, papá.