miércoles, 5 de diciembre de 2018

Responsabilidad

A raíz del resultado de las elecciones andaluzas del pasado domingo vengo leyendo estos días, además de artículos apocalípticos sobre la irrupción de la ultraderecha en las instituciones, multitud de textos, más o menos afortunados, en los que se analizan sesudamente las causas que nos han llevado a esta situación. Unos hablan de descontento de la sociedad con la clase política. Otros de la creciente desigualdad provocada por una crisis que sigue muy viva en nuestra comunidad. Alguno le echa la culpa, directamente, a Pablo Iglesias (¿?).

Lo que más me ha llamado la atención es que no he leído, todavía, a nadie que hable de las personas que, con su voto, han colocado en el parlamento andaluz a 12 personas que militan en un partido que, además de no proponer nada concreto para la región, incluía en su programa ocurrencias de dudoso encaje constitucional y peligrosas consecuencias. Esos doce nuevos diputados autonómicos tomarán posesión de su escaño gracias a las decenas de miles de personas que les han votado. Punto. Igual que a Trump lo han llevado a la presidencia de los Estados Unidos sus votantes. Igual que a los ultraderechistas que gobiernan en Austria.


Vivimos en una época en la que, cada vez más, se nos exonera de la responsabilidad de nuestros actos. Como si fuéramos chiquillos tutelados por el Estado. La culpa es de los políticos. La culpa es de la educación. La culpa es de la situación económica... La cantinela es continua y persistente.

¿Qué ocurre? ¿Alguien nos obliga a meter la papeleta en el sobre a punta de pistola? ¿No sabemos leer y por eso no nos enteramos de lo que dice el programa de tal o cual partido? ¿No tenemos acceso, a través de internet, a cantidades ingentes de información?


El que vota es responsable de lo que vota. El que se queda en casa y engorda a la abstención, abarata el precio en votos de los escaños y favorece a los partidos pequeños, como VOX. Podemos echarle la culpa a Pedro Sánchez, Susana Díaz o Pablo Iglesias. O a Peppa Pig, si queremos. Pero la realidad es la que es, los partidos ganan o pierden, entran o salen, porque la gente les vota.

Hoy en día la inmensa mayoría de la ciudadanía vota con las entrañas, desde las tripas ideológicas más profundas. Sin pensar, sin analizar, casi como si, más que a un partido político, votaran a su equipo de fútbol. Y no piensan en las consecuencias. Se culpa a la clase política de la complicada situación en la que se encuentra nuestro país, pero nunca a los votantes que los han colocado en los distintos gobiernos que regentan. Se muestra a los políticos como una clase ajena, casi alienígena, capaz de lo peor, que nada tiene que ver con la sociedad a la que manejan, el pueblo cándido e inocente de todo. Y no es así, los políticos no son más que un reflejo de ella, de sus votantes. Y estos últimos tienen mucha culpa de dónde estamos. De mantener a los mismos en el poder autonómico durante casi 40 años, a pesar de que Andalucía sigue siendo una de las regiones más pobres de Europa. Y de proponer como solución a un partido claramente machista y xenófobo como VOX. También es su responsabilidad.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Nuevas costumbres

Ya llegó. Otro añito más, y otra vez tenemos que celebrar el maldito Black Friday de los coj... Ea, todo el mundo a participar en la orgía consumista que nos llega de los EEUU. Todo el mundo a comprar como si no hubiera un mañana. Y no solo el viernes. Ahora tenemos múltiples e imaginativas variedades: pre-black friday, semana azul... Hay para todos los gustos.

Reflexionando sobre esto, he pensado lo curioso que es que, principalmente, nos dediquemos a importar este tipo de estupideces, normalmente relacionadas con el peor consumismo, y no nos fijemos en otras costumbres, muy sanas y saludables, de otros países. A continuación os refiero algunas de las que yo importaría.

Estados Unidos. De lo poco que conozco, me quedaría con la costumbre de tener a la gente en cuenta por lo que hacen y no por quiénes son. El país está lleno de gente foránea contratada por sus méritos, independientemente de su lugar de procedencia. Las universidades están llenas de profesores e investigadores extranjeros. Igualito que aquí.


Alemania. Es un país que conozco, ya que viví durante casi un año, hace ya unos cuantos. Podríamos importar sus horarios de trabajo, compatibles con la vida familiar. O las máquinas que te dan dinero por reciclar envases. O la puntualidad. O el uso de la bici como medio de transporte. O el vino caliente en Navidad.

Dinamarca. Me quedo con la larga tradición de viviendas en cooperativa, que suponen más del 30 % del total del parque de viviendas. Estos residenciales permiten unos precios económicos, ya sea en propiedad o en alquiler, y comparten una serie de instalaciones comunes que facilitan la vida y la convivencia: comedor, lavandería, jardines... Lo contrario al individualismo en el que estamos inmersos. No conocemos ni al vecino que está al otro lado del tabique.


Suecia. Me encanta el amor que tienen por el hogar, qué acogedoras son sus casas. Cómo se lo curran, no hay más que ver lo que nos proponen en Ikea. Con qué gusto usan la madera. La costumbre de dejar los zapatos en la entrada de la vivienda la practicamos en casa desde hace años.

Reino Unido. Me admira su amor por las plantas. Da gusto ver sus jardines. O cómo cuidan sus huertos, llueva, nieve o truene. De hecho, podríamos decir que son los inventores de los parques, como los conocemos en la actualidad. Aquí, lo que está de moda en los patios es el solado más rancio. El hormigón al poder.


Y podría seguir. Los ejemplos son infinitos. Hagámoslo, copiemos algunas de estas sanas costumbres y seremos un país mejor.

lunes, 8 de octubre de 2018

Varón. Raza negra. 146



Estas son las palabras que se me quedaron grabadas el viernes, cuando terminé de ver el estupendo documental "Samba, un nombre borrado", de Intermedia Producciones, y dirigido por Mariano Agudo. La proyección formaba parte de FICNOVA, el Festival Internacional de Cine de la Noviolencia Activa, y tuvo lugar en La Casa Insumisa.

El documental cuenta la historia de Samba, un inmigrante senegalés que perdió la vida, junto a otras 14 personas el 6 de febrero de 2014, al intentar entrar en Ceuta por la playa del Tarajal y sufrir las consecuencias del material antidisturbios empleado por la Guardia Civil para evitar que cumplieran su objetivo.

Lo hace a través de Mahmoud, otro joven senegalés, proveniente de la misma región que Samba, que consiguió entrar en Europa tras saltar la valla de Ceuta en el año 2005. De hecho, Mahmoud estaba allí en la proyección y pudimos disfrutar de sus sabias palabras durante algunos minutos, al terminar el evento.


"Samba" intenta contar lo ocurrido sin estridencias, sin tragedias, sin empalagosas voces en off. Mahmoud, que reside en Sevilla de forma legal, con sus papeles en regla, emprende el camino inverso al que intentó el malogrado Samba. Quiere saber quién era, por qué arriesgó su vida, quiénes eran los miembros de su familia, cuáles eran sus sueños. Mahmoud vuelve a cruzar el Estrecho de Gibraltar, esta vez en sentido contrario y cómodamente, amodorrado en una butaca de un ferry. Esta vez no se le clavan los alambres de las concertinas en los brazos. No tiene miedo de que la Policía o la Guardia Civil lo entregue como si fuera mercancía a las autoridades marroquíes. No siente frío porque las gélidas aguas del Estrecho no llegan a su confortable asiento. No saborea la sal del océano, porque viaja varios metros por encima del mar que nos separa.

En Ceuta conversa con dos mujeres que asisten a los anónimos entierros de los inmigrantes que perecen en el intento. Le cuentan que las autoridades a los dos lados de la frontera muestran nulo interés en averiguar quiénes son esas personas que han muerto a las puertas de nuestra casa. Son personas. Han muerto. Muerto, lo repito para que no quepa duda. Y a nadie le interesa saber quiénes eran. El primer mundo en toda su plenitud. ¿Qué pasaría si muriera un, digamos, alemán, blanquito y rubio en la frontera de Irún?

Mahmoud sigue con su investigación. Para ello conversa con un tipo triste con pinta de funcionario gris y cansado que le explica que, a la gente como Samba, les identifican con su sexo, raza y, para terminar, les asignan un número de nicho.

Fotograma de 'Samba, un nombre borrado' (2017) de Mariano AgudoVarón. Raza negra. 146. Eso es todo. A nuestras autoridades lo único que les interesa de la gente como Samba es esto. Y Samba murió intentando llegar a tierras españolas. Y fue atacado por agentes de nuestra Guardia Civil. Y no había robado. Ni matado a nadie. Y murió por ello. Y a nadie parece importarle.

Mahmoud se acerca al lugar donde ocurrió todo, la playa del Tarajal. El mar está embravecido. A los dos lados de la absurda valla. El agua, la sal, las olas, son iguales en los dos países. Tan lejos, y a la vez tan cerca.

En Senegal, Mahmoud sigue indagando. Averigua dónde vivía Samba y allí conoce a sus padres, a sus dos mujeres, a sus 7 hijos. Tenía 25 años cuando murió. Los padres son mayores,  y ya no pueden cultivar la tierra que les sustentaba. El padre acusa a España del daño infligido. Reclama compensación. Pobre. España tiene asuntos más importantes que tratar que la muerte de un don nadie. Lazos amarillos. Plagios. Tarjetas black.

Samba, como todos los inmigrantes que intentan entrar en Europa, es, era, una persona. Con sus miedos, con sus sueños. Con sus virtudes, con sus defectos. Que sudaba, que tenía sed, o hambre, o frío. Que disfrutaba de un buen rato con los amigos. Quién sabe. A lo mejor le gustaba el cine. O no. Quizás era del Barça. O del Madrid. O no le gustaba el fútbol. Quién sabe.

Lo que sí sabemos, es que era una persona. Mucho más que un varón, de raza negra, nicho 146.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Yo sí que hice un máster

Querida señora exministra Montón, tras los acontecimientos de los últimos días, he llegado a la conclusión de que usted no sabía en qué consistía hacer un máster. Pobretica, la engañaron, creía usted que era cuestión de firmar unos papeles y mover los hilos que manejaban las más altas esferas de la Universidad Rey Juan Carlos para que le dieran el papelito, que parece que es lo que usted buscaba. Bastaba con que supieran quién era usted y dejarse querer. Lo de currar, lo de ir a clase, lo de aprender, lo deja usted para los mortales, los que no podemos o no queremos saltarnos los cauces oficiales. Yo sí que hice un máster. Sin convalidaciones, yendo a clase, entregando trabajos y haciendo una tesina desde cero, sin copiar a nadie y citando a quien correspondía. Y como veo que usted no tiene claro cómo es esto de hacer un máster para la mayoría de los mortales, se lo voy a explicar.


Primero. Dinero. Tiene usted que matricularse, cosa que sí parece que hizo. En mi caso, fueron algo más de 6.000 eurillos de nada, en una época, año 2009, en la que, como arquitecto que era, empezaba a sufrir la crisis en mis propias carnes. Inocente de mí, pensé que un máster de una universidad prestigiosa como la Politécnica de Madrid, en un tema con teórico y prometedor futuro como el de la arquitectura bioclimática, me solucionaría la vida. Entre algo de dinero que tenía y la inestimable ayuda de mis padres pude reunir lo suficiente y pagué lo que me correspondía.

Segundo. Clases. Si es presencial, hay que ir a clase. En mi caso, el máster era presencial, en Málaga, viernes completo y sábado por la mañana. Los de la Politécnica de Madrid habían abierto una "sede" en el sur, a ver si pescaban a más incautos como yo. Me levantaba el viernes a eso de las 6:30 de la mañana para poder llegar al lugar de las clases a eso de las 9:00 h. Firmaba el papelito y allí pasaba sentadito y atento la jornada del viernes y la mañana del sábado. Dormía en un hostal a unos 2 km del lugar de las clases, baratito, por algo menos de 30 € la noche, desayuno incluido, en el barrio de Pedregalejo. Para no gastar, me llevaba un bocadillo para la cena del viernes y otro para la vuelta del sábado. En la comida del viernes, por socializar, me unía a los compañeros del máster, pero, como arquitectos tiesos que éramos la mayoría, solíamos comer de menú, por menos de 10 eurillos. Nos lo podíamos permitir.



Tercero. Trabajos. Hay que hacerlos y entregarlos. Yo los entregué todos, individuales y en grupo. Fueron 7, y los tengo todos en una carpeta con algo más de 12 gigas de datos en el ordenador. También tengo una carpeta en mi correo electrónico donde tengo correspondencia con los compañeros, profesores y tutora. Puedo justificar toda mi actividad, matriculación, notas... A golpe de click. Y el máster lo hice entre 2009 y 2011, a.d.W (antes de Whatsapp).

Cuarto. Tesina. Hay que hacerla y entregarla. Sin copiar, a ser posible. Condición sine qua non para conseguir el título del máster. La mía la leí en enero de 2011. En alguna tutoría incluso tuve que desplazarme a Madrid, donde estaba mi tutora. La tengo, junto con toda la documentación que usé para realizarla, también en un ordenador y en un disco duro externo. Entregué dos copias en papel a la Universidad Politécnica de Madrid, que supongo que las tendrá guardadas en algún sitio oscuro y lleno de polvo. También le entregué una copia al alcalde del pueblo sobre el que versaba dicho trabajo. En algún cajón estará. Oscuro y lleno de polvo también. Tenía 79 páginas y era absolutamente original.



Querida señora Montón. Querido señor Casado. ¿Lo ven? No es tan difícil. Bueno, en realidad, sí que lo es. Me costó sudores y dinero sacarme el máster. Máster que, por otra parte, no me sirvió para nada, pero que me gané a pulso. Lo que no es difícil, por lo menos para mí, es justificar que lo hice, que entregué los trabajos, que asistí a clase. Ustedes quizás no lo entiendan, porque pertenecen a una clase privilegiada a la que le ponen alfombra roja allá por donde van. Cuando los pillen, por lo menos tengan la vergüenza de admitirlo, pedir perdón y marcharse por donde vinieron. No se preocupen, ya sé que lo de ser diputado es un chollo, pero seguro que tardarán poco en trabajar para alguna consultora o eléctrica donde quieran a gente de currículum etéreo como el suyo.

martes, 4 de septiembre de 2018

¿Nadie se da cuenta?

Estamos, en este país, en una época en la que nada parece moverse. Todo parece estático, bloqueado. Hay en el ambiente patrio un hastío como el de las horas de la sobremesa veraniega que ya nos va dejando, con el otoño asomando por el hueco de la puerta que da paso a la siguiente estación. Pero, para no variar, voy a llevar la contraria a la corriente general, y me voy a atrever a afirmar que, en España, todo está cambiando, aunque no parezcamos darnos cuenta. Lo pensaba el otro día mientras miraba a mi hija y observaba cómo, casi sin haberme percatado, ha dejado de ser una niña pequeña. Así, de un día para otro.

¿Os acordáis de aquel aburrido parlamento en el que había dos grandes partidos que se iban alternando en el gobierno? Las elecciones eran fáciles, la mayoría elegía entre rojos y azules mientras el resto, o no votaba o apoyaba, con más caríño que convencimiento, a partidos pequeños que iban a hacer de simples comparsas de los dos grandes elefantes políticos españoles. No había nadie más allá de PP y PSOE, excepto los nacionalistas, que explotaban, y lo siguen haciendo, las ventajas que les ofrecía, y les sigue ofreciendo, la ley electoral, que les otorga más poder del que merecen. Pero la cosa cambió hace escasamente tres años, cuando en las elecciones de 2015 entraron dos nuevos partidos en el Congreso que ocuparon más del 34 % de los escaños. Como elefantes en cacharrería. En el Parlamento apareció gente sin corbata y con rastas. Y también mujeres con bebés.



¿Alguien podía pensar, hace solo tres años, que íbamos a estar hablando de exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos? De hecho, se está haciendo algo más que hablar, ya que el Gobierno aprobó hace pocos días el decreto ley que pone en marcha el proceso, que no tiene vuelta atrás. Hasta la fecha parecía que íbamos a ser el único país europeo en el que el cadaver de un dictador figuraba de forma preminente en un monumento por él promovido, algo impensable en países como Alemania, Italia o Portugal.

Un presidente ha caído arrastrado por la corrupción de su partido. Habrá tardado más o menos. Habrá sido de forma indirecta, a través de una moción de censura con extraños compañeros de viaje. Pero el M.R. de los papeles de Bárcenas ha dejado de dirigir el país, algo que parecía impensable hace meses.


Un partido tan poco dado a la democracia interna como el PP ha elegido a su presidente mediante, tatatachán, ¡unas primarias! Habrán sido más o menos limpias. O justas. O democráticas. Pero no ha habido dedazo. De hecho, no ganó la favorita. Algo que, sin la irrupción de Podemos en el panorama político, no habría podido ocurrir. Las primarias del PP, obra de Podemos, considerado casi como el partido del diablo por los conservadores. ¿Justicia divina?

Diversos futbolistas, de esos que tienen muchísimos valores a sus espaldas, según los periodistas deportivos, han sido juzgados y condenados por evadir impuestos.


Un miembro de la familia real está en la cárcel.

Vale, sí, lo reconozco, no son cambios radicales, que transforman a la sociedad, pero sí que creo que, como esos niños que crecen bajo nuestras narices sin que nos enteremos, España está en un momento de cambio de fase. Le están saliendo barrillos en la cara y comienza a interesarse por el sexo. No sé si serán cambios positivos o negativos, pero es innegable que estamos saliendo de la fase de letargo en la que estábamos instalados tras la ya cansina Transición para entrar, por fin, en el siglo XXI, una época inestable pero que bulle con nuevas ideas y formas en política y economía que podrían llevarnos, si lo hiciéramos bien, a un país más decente y digno.

Ah, se me olvidaba, dentro de los cambios, no puedo dejar de mencionar al Betis, que por fin juega bien al fútbol, gana partidos y se clasifica para Europa. Enhorabuena.


lunes, 13 de agosto de 2018

Por los pelos

Hace unas semanas andaba yo de vacaciones por tierras teutonas, huyendo del tórrido verano sevillano y buscando el fresquito centroeuropeo. Estaba con la parte germana de mi familia, contándole a una sobrina una anécdota protagonizada por mi hija, en la que, resumidamente, le dijo al oftalmólogo que la estaba revisando que tenía mocos en la nariz. No es que mi niña sea una descarada. Simplemente se limitó a contestar a la pregunta del médico, que, para entretenerla, le dijo lo siguiente: "Mira hacia arriba y dime si tengo mocos en la nariz". El pobre hombre no contaba con la sinceridad de los niños y se encontró con la respuesta afirmativa de Marina.

Mi sobrina, tras reírse con la ocurrencia de mi vástaga, me comentó que cuando ella era pequeña, en el cole, tenía un profe con pelos en la nariz, algo que a ella le llamaba mucho la atención. Se acordaba, además, de cómo su punto de vista de ser humano bajito, parecía aumentar el tamaño y cantidad de pelos, lo que le daba gran asquito.


Llevo ya tiempo viendo cómo me salen pelos en lugares antes inmaculados y desiertos de vello, algo que no me gusta nada. Orejas, fosas nasales, hombros... se van poblando de pelos, acercándome al hombre lobo con el paso de los años. Poco a poco, van colonizando cada parte de mi cuerpo. Al mismo tiempo, el pelo va huyendo del lugar donde se supone que debería habitar, mi cabeza. De hecho, al contarme mi sobrina su anécdota infantil estaba yo pensando en tomar medidas estéticas para eliminar esos molestos vellos, comprando una máquina de esas, depiladoras, que venden ahora en todas partes.

Estando ya entrado en los 40, no me acaba de gustar el paso del tiempo y sus efectos físicos en nuestros cuerpos. Cuando me miro al espejo, cada vez me reconozco menos en ese tipo calvo con pelos en la nariz y cara de puretón. Soy un pureta, me digo. Esos de los que renegaba no hace tanto tiempo. Pero ese paso del tiempo no parece afectarme por dentro, donde me sigo viendo igual que hace 20 años. Y cuadrar ambas cosas es complicado, ahí está el quid de la cuestión.


Me acuerdo mucho de un tío de mi mujer, ya jubilado, que hace pocos años me comentó lo del espejo: me miro, Dani, y digo, ¿quién es ese viejo que me observa desde el otro lado? Él es de esas personas que, cuando hablas con ellas, te hacen olvidar los años que tienen. Su joven espíritu es capaz de anular las cicatrices de la edad. Y es algo que se me quedó grabado a fuego.

Estoy, además, en una edad complicada. Todavía, aunque cada vez menos, hay gente que me trata como joven. Coño, el otro día, en el banco, la misma tipo me dijo señor y chico en cuestión de 10 minutos. Quizás pueda viajar en el tiempo y no lo sabía... A veces es un poco esquizofrénico el tema, la verdad. Estoy en la frontera, supongo, entre la juventud y la ¿adultez?, aunque ya con pie y medio en la madurez. Los cincuenta ya están allí, al final de esta calle. Tengo amigos cincuentones, y me encuentro, a veces, mejor con ellos que con treintañeros.


Lo del paso del tiempo, los años que vamos acumulando como muescas en un calendario, es una mierda, en resumen. Lo digo sobre todo en lo que al cuerpo se refiere. No nos engañemos. Vamos perdiendo energía, nos lesionamos con más facilidad, nos lo pensamos dos veces antes de beber la segunda copa, la gravedad va haciendo estragos en nuestra piel y nuestros músculos... En los medios de comunicación nos bombardean con mensajes positivos sobre la edad, nos regalan imágenes de abuelos guapísimos e hiperactivos, que hacen kitesurf y echan carreras con sus nietos. Y yo, con mis dos rodillas operadas de ligamentos, pienso en los deportes que debo ir tachando de la lista, si quiero llegar medio entero a la edad provecta. Lo único que quieren es vender.

En la parte positiva, supongo que con el paso de los años, nos vamos volviendo más sabios, más seguros de nosotros mismos. Las experiencias, los errores, las cagadas vitales que cometemos, nos van dotando de un conocimiento que nos hace mejores por dentro. Supongo, aunque conozco muchos casos en los que esto no se cumple. Trump es un claro ejemplo. Y Kiko Rivera otro.


Ya termino. No quiero ser un cenizo, simplemente comparto con vosotros mi incorformismo con el paso del tiempo en nuestros cuerpos. Y lo digo porque me encanta la vida y me gustaría disfrutarla hasta el final, pero sin goteras. Creo que hay un error de diseño en el universo, ya que nuestras mentes casi no envejecen, y aguantan bastante bien hasta el final. Ya podrían haberlo hecho de forma que fueran acompasados cuerpo y mente, hombre. Y Rafaella Carrà no habría hecho el ridículo al final de su carrera. ¿A quién se le ocurre? Vaya cutrez, joder. Pero habrá que lidiar con ello, no queda otra, y vivir la vida, disfrutándola, pero intentando ir al taller lo menos posible.

Bueno, os dejo, que mi niña me ha dicho que ya me van asomando los pelos de la nariz, y los niños, ya sabéis, no mienten. Mi reluciente máquina depiladora de fosas y orejas me espera en el baño.

lunes, 23 de julio de 2018

¿Valores?

Todavía con la resaca de un Mundial de Fútbol de los más aburridos que recuerdo, me dispongo a deleitaros, en este verano tan raramente fresquito, con un texto sobre los valores en el fútbol. Esos valores a los que tanto apelan los periodistas cuando hablan de la selección española. O de determinados jugadores como Xavi, Iniesta o Casillas, por citar a algunos. Esos valores con los que se les llena la boca a algunos presidentes-empresarios cuando hablan de su club.

¿Valores? Por más que le doy vueltas al asunto, el único valor que yo veo en el fútbol de hoy en día es el dinero, que manda, y mucho, en el mundo de este deporte. Los jugadores, en general, van trazando su itinerario profesional en función de quién les paga más. Todos los años, o casi, vuelven a negociar su contrato, siempre al alza. Muchas veces, uno o dos años después de haber firmado un nuevo contrato con una estimable subida de sueldo, vuelven a llamar a la puerta del presi: oye, jefe, que ahora valgo más, anda, auméntame la nómina, que si no, me piro, vampiro.


¿Valores? Me viene a la mente el ex-jugador del Barça, Xavi Hernández, uno de los más queridos por los medios deportivos, como ejemplo de elegancia y saber estar, cuando le preguntaron por sus declaraciones contra la democracia española y le recordaron que juega en Qatar, un país que pisotea continuamente los derechos humanos, a lo que respondió: "es cierto que no hay un régimen democrático, pero la gente es feliz. Están encantados con la familia real, llevan sus fotografías en el coche, les dan un sueldo por ser de allí, cuidan a sus ciudadanos...". Toma valores.

¿Valores? También me acuerdo de todo el lío de Lopetegui este verano. Por lo que sé, y corregidme si me equivoco, el tipo acababa de renovar por dos años con la selección el pasado mayo, pero, ni dos meses después, le pasa el tren del Madrid por delante, y ni duda dos veces en subirse, pasándose por el forro el compromiso recién adquirido y, además, por detrás, sin hablarlo con su actual "empresa". Ah, y días antes de empezar el mundial, dejando a su amada selección en una extraña y rocambolesca situación. Toma valores.


Valores. Didier Drogba, el archiconocido jugador de fútbol de Costa de Marfil, cogió el micrófono tras ganar el último partido de clasificación para el Mundial de 2006 contra Sudán y conminó a sus compatriotas, enzardados en una cruenta guerra civil desde 2002, a dejar sus diferencias y a entenderse. A la semana, se convocaron elecciones populares en su país y a los pocos meses terminó la guerra. En la actualidad, Drogba sigue con la actividad de su Fundación, centrada en proyectos de educación y salud en su país. Estos sí que son valores.

Valores. Kanouté, el gran delantero francés que eligió jugar con la selección del país de sus progenitores, Malí, es otro ejemplo de futbolista solidario. En 2009 fue multado por celebrar un gol con una camiseta en la que ponía PALESTINA. Sí, vivimos en un país en el que te multan por eso, o por contar un mal chiste en Twitter. En 2007 compró, por 500.000 euros, un local en Sevilla en el que se alojaba una mezquita cuyo uso religioso peligraba. En la actualidad continúa con su proyecto la Ciudad de los Niños, en las afueras de Bamako (Malí), dedicada a acoger niños huérfanos y desaparecidos. Estos sí que son valores.


Valores. También está el caso de Javi Poves, futbolista que debutó en Primera en el Sporting, peró dejó el fútbol al poco tiempo, donde solo veía "dinero y corrupción". Hace dos años fundó el Móstoles Balompié con la idea de crear un club diferente, donde los niños no sean solo mercancía.Toma valores.

Y, rebuscando, podría seguir, aunque no hay muchos casos. En el mundo del fútbol, lo que prima es el dinero, acumular ingentes cantidades de él, para no sé qué, jugar allá donde paguen más. Y que conste que me no critico a los jugadores, que no son más que personas. Allá cada uno con sus ideas y forma de vivir, pero con lo que no puedo es con el babeo y peloteo de muchísimos periodistas hacia los jugadores de fútbol, a los que idolatran, sobre todo cuando juegan bien, y a los que asignan unos valores de los que en realidad carecen. Déjenlos en paz. No son santurrones. Se dedican a pegarle patadas a un balón, y poco más. Señores periodistas, si quieren hablar de valores, no hablen del Madriz, ni del Barcelona. Dediquen su tiempo a gente como Drogba, Kanouté o Poves.