martes, 27 de junio de 2017

Los médicos

Así llamaban en el pueblo de mi padre, una suerte de Macondo del Valle de los Pedroches, a unas encinas centenarias bajo las que se cobijaban los labriegos para curarse los males derivados de la dureza de las labores del campo. Los llamaban "los médicos" porque, después de un rato disfrutando del frescor de sus enormes y tupidas sombras, los agricultores salían como nuevos, libres de polvo y paja, sanos como manzanas.

No sé, supongo que de ahí le venía a mi padre su amor por la naturaleza. Quiero pensar que en esos ratos debajo de esas encinas, éstas le transmitieron algún tipo de energía que le conectó con la madre tierra ya para toda la vida. Mi padre no era un ecologista, ni mucho menos. Su amor por las plantas, los árboles, los pájaros, era genuino, fruto de la convivencia, y del conocimiento. Ir por el campo con él era un verdadero disfrute. Conocía cada planta y qué se podía hacer con ella. Cada seta, cada pájaro. Cada árbol. Y supongo que algo de todo ello también me ha llegado a mí. Esa energía de "los médicos" de su pueblo. Aunque nunca le llegaré ni a la suela de los zapatos.

Cada vez que llega el verano y comienza la temporada de los incendios en nuestra seca pero todavía bella península me entra una pena que me dura toda la estación. Pena que me llega a trompicones, a saltos, con cada incendio, con cada imagen de bosques calcinados, de animales muertos, de campos que pasan del verde al negro en cuestión de horas. Y el incendio de Moguer no ha sido menos.

Conozco la zona. Y me encanta. En otras épocas de mi vida he frecuentado las maravillosas playas que hay entre Mazagón y Matalascañas: Cuesta Maneli, El Pico del Loro... He comido alguna vez en el chiringuito el Pichilín. He visitado muchas veces el Acebuche, y también el Acebrón. Amo Doñana, un lugar único en Europa, que tenemos aquí al lado, a la vuelta de la esquina. Un lugar muy amado, pero también muy olvidado y maltratado

Cuando hace poco ví el programa Salvados dedicado al desastre de la gestión del agua en torno al Parque Nacional de Doñana, me entró también mucha pena. Pena de ver cómo, ante la dejación de las autoridades competentes (la Junta, principalmente), este maravilloso espacio natural está siendo rodeado por un innumerable ejército de pozos ilegales, invernaderos sin licencia y vertederos de plásticos. Instalaciones todas ellas hechas de cualquier manera, sin las más mínimas condiciones de seguridad y salubridad. Y no me ha sorprendido nada lo del incendio. 
Sorprende más, quizás, que no haya ocurrido antes. También sorprende que, un gobierno autónomico, que lleva décadas en manos de un mismo partido, que se dice sensible a los problemas medioambientales, haya dejado que Doñana se deteriore hasta el punto de que esté a nada de ingresar en la Lista de Patrimonio en Peligro de la Unesco, si la situación no se remedia de aquí a febrero de 2018. Y eso es pasado mañana.

El incendio ya ha sido controlado. Sin daños humanos. Y con solo una lincesa muerta. Y algunos camaleones "chamuscados". Poca cosa para lo que podría haber pasado. Ya hemos escuchado a los políticos vociferar que los culpables serán castigados, cuando, según Greenpeace, el 40 % de los incendios no se llegan a conocer las causas. Que no se recalificará ni un solo metro cuadrado, cuando algo así, con la legislación actual en la mano, es practicamente imposible. Ya hemos visto la ola de solidaridad que suele suceder a este tipo de sucesos. Ya hemos asistido a la gran cantidad de lacrimógenos minutos que han dedicado las televisiones a tan trágico acontecimiento.

Luego pasará el tiempo, y veremos cómo todo sigue igual. Cómo el único partido ecologista que hay en España recibe un número testimonial de votos de esta sociedad que tanto ama a Doñana, imposibilitando que propongan y promuevan leyes y políticas que mejoren la gestión de los espacios naturales. Cómo sigue destinándose más dinero a la protección contraincendios que a la prevención mediante una óptima gestión de los montes públicos, donde se ubican muchos de nuestros bosques. Cómo seguimos comprando fresas sin importarnos si vienen de productores legales y/o ecológicos. Cómo se siguen gestionando muchos bosques como si fueran campos de trigo, con monocultivos de árboles de rápido crecimiento y rentabilidad, pero también muy combustibles.

Incendios ha habido siempre. Y los seguirá habiendo. Pero serán más virulentos con el cambio climático, como ya estamos viendo y padeciendo. Y más frecuentes, dada la pésima gestión de nuestros bosques y la gran presión que la actividad humana ejerce sobre estos espacios naturales. O nos ponemos las pilas o nos vamos a quedar viviendo en un desierto. Quizás tengan que venir de fuera a darnos un par de hostias para que reaccionemos. Ya ocurrió con el millonario suizo Luc Hoffman, que consiguió el dinero para comprar las primeras 6.974 hectáreas de marisma que fueron el embrión de Doñana, allá por los años 60 del siglo pasado. Lástima que muriera hace casi un año.

miércoles, 21 de junio de 2017

La letra con aire entra

O esto parecen decirnos nuestros gobernantes como solución a los problemas de calor en los edificios de nuestro maravilloso, según ellos, sistema educativo andaluz. ¡Pongamos splits en cada rincón de nuestros colegios e institutos! ¡Llenemos sus fachadas y azoteas de preciosas máquinas condensadoras! ¡Escupamos, vomitemos calor a los patios donde luego jugarán nuestros niños!

En las últimas semanas el tema del calor en las aulas de los escolares andaluces ha ocupado muchos minutos en televisiones y radios, e innumerables páginas en los periódicos. Y, aunque no los frecuento, estoy seguro de que los tertulianos, opinadores profesionales de todo y sabedores de nada, también se habrán llenado sus fauces con este problema, aparentemente novedoso, por otra parte antiguo. Todos ellos montando el pitote, exagerando, alarmando a la plebe.

Recuerdo los veranos en mi casa, cuando mi padre iba como loco, a eso de las 10 de la mañana, cerrando ventanas y contraventanas, dejando la casa en penumbra, luchando contra mi madre, que quería que entrara aire en la casa, agobiada por el calor. Mi padre no hacía más que lo que había visto en su pueblo, de una zona también calurosa de nuestra tierra, donde la gente cerraba sus casas a cal y canto para evitar que, durante las horas de más calor, entrara la flama. Qué palabra tan bonita, ¿verdad?

También recuerdo mi colegio, ni mejor ni peor que los de ahora, y carente de equipo climatizador alguno, pero rodeado de árboles que sombreaban su fachada, y con un gran porche cubierto en el que nos refugiábamos en las horas de más calor. Cabíamos todos. Y no recuerdo pasar calor como algo extraordinario. Se soportaba.

Y, rebuscando en mi memoria que ya supera los cuarenta años, revivo una Sevilla en la que había árboles y sombra en sus plazas y calles. El callejón del agua, con sus enredaderas, que refrescaban con solo mirarlas. La muralla del Alcázar, apenas visible entre la vegetación que la tapaba. El Palacio de San Telmo, oculto entre una celosía de árboles de porte generoso. ¿Eran falsos platanos? No recuerdo. Y cómo olvidar los inmensos ¿magnolios? que había en la Plaza de Cuba, donde habitaban cientos de estorninos que ponían banda sonora a las inclementes tardes del desastroso, climáticamente hablando, barrio de Los Remedios.
Teníamos multitud de herramientas para combatir las inclemencias de nuestro tórrido verano. Y las conocíamos bien. Y formaban parte de nuestra arquitectura: patios, macetas, fuentes, persianas de esparto... Ese maravilloso invento, de tecnología antigua y eterna, que es el botijo, no faltaba en ninguna casa, en ninguna obra, en ninguna gasolinera. Pero, desde no hace muchos años, desde que fuímos ricos, hemos cambiado todas estas técnicas, baratas y funcionales, por el "progreso" de las máquinas. Queremos vivir en unos eternos 20 ºC en verano, para poder ponernos una manguita larga en agosto, y en unos 26 ºC en invierno, para ir en una cómoda manga corta en Navidad. Las persianas, antaño de esparto y madera, y colocadas fuera, en la fachada, para no dejar que el sol alcanzara nuestros muros, nos las hemos traído a la ventana, donde son menos efectivas. Los patios no existen, son metros cuadrados perdidos. Renunciamos hace tiempo a la ventilación cruzada, fundamental para disipar el calor acumulado durante el día y aprovechar el frescor de la fachada norte. El botijo ha sido sustituido por máquinas que nos dan agua congelada o garrafas de plástico recubiertas por una horrorosa espuma amarilla.
¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué renunciar a una sabiduría de milenios, que nos proporcionaba armas económicas y efectivas contra el calor? Ahora que deberíamos habernos dado cuenta de que ya no somos ricos, ni siquiera nuevos, sería un buen momento para plantearnos si la solución al problema del calor en las aulas es colocar unas máquinas que son caras y no harán más que aumentar el gasto de colegios e institutos que, en muchos casos, no tienen ni para papel.

¿Por qué no aprovechar el momento para rehabilitar esos edificios, usando nuestra inteligencia y sabiduría, de forma económica? Hay técnicas, perfectamente contrastadas, que consiguen reducir el gasto energético de nuestros edificios hasta en un 90 %. En otra ocasión escribí, aquí en El Grifo, del estándar de edificios de consumo energético casi nulo, Passivhaus. Es una opción, pero también hay otras muchas posibilidades. ¿Por qué no empezamos sombreando las fachadas más soleadas? ¿Por qué no aislamos nuestros colegios por el exterior? ¿Por qué no ponemos sistemas que los ventilen adecuadamente por la noche, para enfriarlos? ¿Por qué no convertimos esos patios, verdaderos desiertos de hormigón en pequeños oasis que pueden reducir la temperatura en 2-3 ºC, como pudimos vivir en la Expo?
Las ocasiones las pintan calvas, y creo que este problema se podría convertir en una gran oportunidad de mostrar al mundo que en Andalucía, como dice la presidenta, se hacen las cosas de otra manera, pero de verdad. Se crearía empleo. Se enseñaría a las generaciones futuras que podemos habitar este planeta de otra manera. Y seguro que se podrían conseguir subvenciones de la Unión Europea, que no creo, por otra parte, que destine dinero a colocar equipos de climatización.

El cambio climático ya está aquí, y nos está cambiando la vida. Y está ocurriendo ahora. ¿Lo combatimos con armas anticuadas que nos llevan al desastre? ¿O proponemos soluciones inteligentes que nos aseguren un futuro sostenible? Yo, desde luego, lo tengo clarísimo.

viernes, 9 de junio de 2017

El rey desnudo

Así es como se conoce también uno de los cuentos más famosos de Hans Christian Andersen, "El traje nuevo del emperador". ¿Os acordáis? En esta fábula, unos estafadores convencen al emperador de que lleve un traje que ellos han confeccionado con un tejido que es invisible para personas incapaces y estúpidas. Él, incapaz de admitir que no lo puede ver, por no parecer mentecato, les sigue la corriente y termina desfilando delante de todos sus súbditos como su madre lo trajo al mundo. Al final, todos dicen ver el susodicho traje, temerosos de llevarle la contraria a su emperador, excepto un niño, que termina diciendo "¡Pero si va desnudo!".

Pues hoy voy a ser yo ese niño para hablar de esa romería cuyos rescoldos todavía crepitan, tras esa semana larga en la que, día sí, día también, los que no tenemos la "fortuna" de disfrutar de tan mariano evento, sufrimos sus consecuencias: cohetes a horas intempestivas, cortes de carreteras, basura en los caminos... El motivo por el que me meto en este jardín es un artículo con el que me he topado de casualidad en el que su autor, del que no sé absolutamente nada, arremete contra un reportaje de una cadena de televisión de poco más de un minuto de duración en el que se habla, en tono irónico y crítico, de esta multitudinaria romería. ¿O deberíamos decir gran juerga?


Desde los 4 años vivo en el Aljarafe, comarca rociera donde las haya, así que he convivido todos los años con el Rocío y los rocieros. Nunca he hecho la romería, vaya esto por delante, así que supongo que si algún rociero lee este humilde artículo dira que no tengo ni idea, terminando su discurso con el manoseado "el Rocío hay que vivirlo, no se puede explicar". Y estará en lo cierto, aunque sí que lo he vivido a trozos, lo suficiente como para hacerme una idea bastante completa del asunto.

Durante muchos años asistí con ilusión a la salida de las carretas de mi pueblo, declarada de Interés Turístico Regional, toma ya, y que apareció en un número de la famosa revista National Geographic, la del rectángulo amarillo. Era un espectáculo vistoso, lleno de color, olor, música. Algo primitivo, como de otra época, con un ambiente de comunidad y convivencia que ahora recuerdo con algo de nostalgia. La comitiva de peregrinos no era, ni mucho menos, tan multitudinaria como ahora. Los vehículos a motor no eran tan mayoritarios, y los bueyes tenían su protagonismo. Te pasabas el día yendo de una carreta a otra, comiendo y bebiendo en un ambiente festivo y de convivencia.

Con el paso de los años, fuí viendo cómo la cosa iba cambiando. Y mi opinión sobre la romería también. En algunas paradas a las que fuí ví cómo, ya en plena noche, rezaban cuatro romeros y medio delante del Simpecado, antes de irse a dormir, mientras el resto llenaba el buche con caldereta de venao, pringá y botellines de cerveza a granel. Otro año me llegué el fin de semana a la aldea, con una amiga, donde pude ver a un montón de gente borracha, de juerga, que parecían haberse olvidado de la Virgen, que permanecía temerosa y atónita en la ermita, sola y abandonada. Nos abrieron las puertas de una casa, unos desconocidos, cuando vieron a mi amiga, que no era precisamente un patito feo. A mí, no me hicieron ni puñetero caso. "Esta será la famosa hospitalidad rociera", pensé.

El autor del artículo mencionado critica a los creadores del reportaje. Los llama "resentidos" y habla de "manipulación" y "difamación". Y los califica de "personajes que lo tienen todo para arrasar nuestra fe". Y lo más curioso, tras esa batería de improperios habla de "intolerancia", "rencor" y "odio". Las imágenes que vemos año tras año, del salto de la reja no están manipuladas y nos muestran a un grupo de gente que, exaltada por un sentimiento de ¿fe?, manejan la figura de la Virgen a la que dicen venerar como si fuera un saco de patatas.

No dudo de que hay muchísima gente que siente el Rocío con fe y devoción, y respeto, cómo no, sus creencias, faltaría más. Incluso me dieron, en su momento, hasta algo de envidia, porque tiene que ser una vivencia irrepetible hacer el camino con ese sentimiento en un entorno tan espectacular como el Parque de Doñana. Pero hay una gran parte de los "romeros" que van a lo que van, a la juerga, a "jartarse". Lo de la fe se ve poco, cada año menos. ¿Es fe no compartir la Virgen con la gente que no es de Almonte? ¿Es fe dar la espalda a las hermandades que han "ofendido" de alguna manera a la matriz? El padre de un amigo mío, devoto rociero, no va a la romería. Dice que la Virgen está allí todo el año, que no tiene por qué ir a verla con toda la marabunta. Y lleva toda la razón.

Que en pleno siglo XXI la juerga colectiva en que se ha convertido el Rocío, patrocinada por la Iglesia y subvencionada por las administraciones, paralice durante casi una semana varias comarcas, dificultando la vida de aquellos que no comulgamos con las ruedas de este molino, no es de recibo. Pero vivimos en una tierra en la que si no te gusta la Feria, eres un soso. Si no te gusta la Semana Santa, un ateo. Y si no te gusta el Rocío y lo criticas, te cae un artículo como el ya mentado. Es la doctrina oficial del andalucismo dominante.

Desde hace tiempo me pregunto qué pasaría si se prohibiera el alcohol en el Rocío. O el jamón. O las gambas. O si se prohibiera el uso de vehículos a motor. ¿Cuánta gente seguiría yendo a la aldea a ver a la Virgen? No sé quizás lo sepan los diez caballos que han muerto durante la romería este año. O el buey de la Hermandad de Triana, también muerto. Lástima que no podamos pregúntarselo.

martes, 30 de mayo de 2017

Cutrez

A principios de mayo, España perdió el primer arbitraje ante el Banco Mundial por una reclamación de los inversores extranjeros de tres plantas termosolares construídas en Ciudad Real. Y la bromita sale a pagar. Nada menos que 128 millones de euros. Más intereses. Y nos quedan "solo" 26 pleítos más ante el mismo tribunal.

Esta noticia, que no ha aparecido precisamente en las primeras páginas de los principales medios de este país, no hace más que confirmar que estamos en manos de unos gobernantes cutres e irresponsables. Os pongo en antecedentes. Zapatero, y parece que estamos hablando de la prehistoria, lanzó a bombo y platillo un programa de incentivos a las energías renovables que atrajo a un gran número de inversores, nacionales y extranjeros, y que puso a España a la cabeza en estas tecnologías limpias. Pero, al ver que esta política un tanto alegre provocaba una especie de burbuja de plantas solares y eólicas y que iba camino de morir de éxito, Zapatero reculó y comenzó a recortar las primas, que se habían convertido en un gasto insostenible para el Estado.

El inmóvil y plasmado Rajoy no hizo más que ahondar en los recortes, cambiando totalmente las reglas del juego para los inversores, que, de la noche a la mañana, veían cómo lo que iba a ser un negocio redondo se convertía en una ruinosa inversión. Pero resulta que España había firmado un tratado internacional allá por 1994, la Carta de la Energía, que garantizaba unas "condiciones estables, favorables y transparentes" para los inversores extranjeros en los países firmantes. Y resulta que, algunos de los inversores a los que, primero Zapatero y luego Rajoy, les chafaron el negocio no se quedaron quietos y presentaron reclamaciones ante el CIADI, el tribunal de arbitraje del Banco Mundial. Y la primera de esas reclamaciones se ha resuelto ahora. Y, cómo no, hemos perdido. Y nos toca pagar.

La defensa de España ha sido lamentable, cutre. Por poner un ejemplo alegó que los inversores no habían intentado negociar, algo obligatorio antes de solicitar un arbitraje. Sin embargo, estos demostraron que habían enviado varias cartas al Gobierno, que no obtuvieron respuesta. La excusa de los chicos de Rajoy, que la carta estaba en inglés, que se la tradujeran. Cutre.

El caso es que al final, nos va a tocar pagar. A todos. Como las autopistas radiales de Madrid. Como el Proyecto Castor frente a las costas de Tarragona y Castellón. Como el rescate a la banca. Y estos son los de la derecha, los que gestionan bien el dinero que la izquierda luego despilfarra.

Quedan 26 reclamaciones 26, empleando el lenguaje taurino. Y la cosa tiene mala pinta. Y lo peor es que parece que la cutrez de nuestros gobernantes, desde Zapatero, de nivel cutrebajo, a Rajoy, un auténtico cutrexperto, no tiene fin. De hecho, va in crescendo. Y, aun así, siguen ganando elecciones. Así nos va.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Rosa o azul

Hace pocas semanas, mi amigo Gonzalo, arquitecto y residente en Francia, por obra y gracia de la movilidad exterior que tanto ansían muchos españoles, según algún político que prefiero no nombrar, tuvo dos niñas. Pobre, papá primerizo y por partida doble. Que te sea leve, ¡Gonzo!

El caso es que, al poco de tan magno acontecimiento, escribió un comentario en Facebook que me hizo reflexionar. Declaraba estar "metido en un episodio de la Pantera Rosa...gorro rosa / patuco rosa / manopla rosa". Yo le dije que se preparara para el universo rosa, que no había escapatoria. Y se lo dije por propia experiencia.

Ni mi mujer ni yo somos de rosa. Ni de princesas. Ni de disfraces de princesa. Ni de castillos de princesa. Pero nuestra, a pesar del rosa, y de las princesas, querida hija, está convirtiendo su pequeño armario y su pequeño cuarto en un universo rosa en el que mandan las princesas y los zapatos de tacón. Lo hace poco a poco, sin que lo apreciemos en el día a día, a escondidas, con una aparente y planificada intención de torturarnos lentamente, hasta que nos levantemos, dentro de un tiempo, metidos en un capítulo de Peppa Pig, vestidos de rosa.

Ni mi mujer ni yo pretendemos que nuestra hija viva en una jaula, ajena a los roles que esta sociedad asigna a cada sexo, pero sí que queremos que elija libremente: los colores de la ropa que lleva, el disfraz para el carnaval, los cuentos, el casco para su diminuta bici... Y la sociedad nos lo pone pero que muy difícil. Casi imposible, a no ser que la encerremos en un castillo. De princesa, cómo no.

Recuerdo el día que me dí cuenta de que la batalla estaba perdida. Y también la guerra. Fuí al Decathlon, a comprarle un casco para la bici. Iba yo contento, ilusionado por qué color elegiría entre los muchos que seguro me ofrecerían en la tienda. El chasco fue tremendo cuando, al llegar a la sección de ciclismo, me encuentro con cascos azules o rosas. ¿Qué color elegí? El rosa, porque sabía que a ella le gustaría más que el azul. Pero también habría sido feliz con un casco amarillo, o de lunares, o con estrellas. Pero no, los señores del Deca no me daban otra opción. Y eso no ayuda.

Pero esto no acaba aquí. Otro día, fuí al parque que tenemos cerca de casa, donde solemos encontrarnos con su mejor amiga. Y allí estaba, vestida de princesa. No era un cumpleaños. No era carnaval. Era un día cualquiera, y la niña iba vestida de princesa. La mía, al ver que ella iba vestida de calle, montó en cólera, queriendo que volviéramos a por su disfraz, que lo tiene, de princesa. Quien quiera que vistió a la niña de princesa, tampoco ayuda.

Princesas, ropa rosa, bicicleta rosa, zapatos de tacón... La sociedad, como escuché el otro día en la radio, sigue siendo una fábrica de género. Desde chiquititos les decimos a los niños que el rosa es para las niñas y el azul para los niños. Que las princesas son guapas y delicadas. Que deben esperar a sus príncipes allí en lo alto de sus esbeltas torres de sus enormes castillos, pasivamente. Que lo que una niña tiene que hacer es maquillarse y llevar tacones. Y un niño, jugar al fútbol y ser bruto. Y no, esto no ayuda.

Nosotros seguiremos intentando, en la medida de lo posible, inculcarle a nuestra niña que puede elegir, que no todo tiene porqué ser rosa. Que las princesas también pueden salvar al príncipe. Que los tacones son insanos, pero que los lleve, si le apetece, no por obligación. Que el maquillaje es una esclavitud absurda, pero que se pinte, si quiere. Que no tiene porqué cocinar, o llevar la casa, pero que lo haga, si le gusta y es feliz así. Que también puede ser piloto, o astronauta, o presidenta. O barrendera, o azafata, o camarera. Que puede y debe ser, en resumen, libre.

Difícil tarea, sin ayuda. Como dice el gran Carles Capdevila, "la educación de un niño depende de toda la tribu". Así que, padres y madres de sus amigos, abuelos y abuelas, titos y titas, padrinos y madrinas, vecinos, conductores de autobús, cajeros de supermercado, y demás miembros de la tribu, por favor, echadnos una mano. Juntos lo podemos conseguir.

jueves, 27 de abril de 2017

Querido Pablo

Bueno, en realidad ya no. Ahora serías desquerido, más bien. Ya me tienes harto. Al principio, cuando te conocí, después de las elecciones europeas, me sorprendiste gratamente. Un tipo desconocido, con aire fresco, de izquierdas y verborrea directa y clara, sin encorsetamientos ni ahogadoras corbatas. Te consideraba, te declarabas, heredero del movimiento 15-M, con el cual simpaticé en su momento. No fue un amor a primera vista, no soy de esos, pero he de reconocer que me engatusaste ligeramente y conseguiste mi voto en alguna de las ya cansinas elecciones que ha habido tras tu exitazo europeo.

Pero luego vinieron las decepciones, pasó el romance de verano y aterricé en la realidad. Poquito a poco. La primera señal que recibí fue cuando, creyéndote sobrado de votos, pediste la vicepresidencia y demás. Supongo que ese era el cielo que querías asaltar, y no el de la igualdad y la justicia social, la ecología y la transparencia que habías pregonado en tus múltiples apariciones televisivas. Luego vino tu negativa a pactar con el PSOE y Ciudadanos, que habría librado a este país del PP, por lo menos durante un tiempo. Me habría bastado, aunque hubiera sido breve. Pero no, tú querías más. Querías los cielos, no sé cuáles. Ahora has dejado lo de la casta y hablas de la trama. ¿Qué ha pasado? ¿Los de márketing te han dicho que la temporada de la casta ya pasó y que había que renovar el vestuario? Lo del trama-bus ofende a los más necios. ¿Te crees que somos imbéciles, que no sabemos que es un nuevo envoltorio con el mismo y ajado caramelo dentro?

Lo último, lo que ha hecho rebosar el vaso de mi paciencia, que no ha sido poca contigo, tiene que ver con tu amigo y compañero Errejón. El martes me entero de que, dentro del exilio político al que lo estáis sometiendo desde Vistalegre II, no le dejas participar en la tertulia política del programa Hora 25, que presenta Àngels Barceló, porque consideras que no representa la corriente mayoritaria del partido. ¿Pero quién te has creído que eres para decidir quién participa en un programa de un medio de comunicación? Igual que Podemos es libre de mandar a quien quiera, la Cadena Ser es libre también de invitar a quien quiera. Qué vergüenza, cuando la Àngels explicó cómo Irene Montero exigió participar en la tertulia. ¿De dónde habéis salido? Parecéis venir de la peor caverna totalitaria. Me recordáis a regímenes que me gustaría olvidar.

Así que, desquerido Pablo, se acabó. Hasta aquí hemos llegado. No cuentes más con mi apoyo. Y la pena es que has fagocitado a las otras opciones que había a la izquierda, así que ya veré qué hago en las próximas elecciones. Votar votaré, eso seguro. Sería una ofensa no hacerlo, con la gente que luchó para conseguir que pudiéramos elegir a nuestros representantes en el parlamento, por inútiles que puedan resultar ser. Pero no será a tí. No creo que te importe. Al fin y al cabo, es solo un voto. El problema es que, me temo, no soy el único.

PD: Íñigo, no sé cómo aguantas.

martes, 18 de abril de 2017

No está mal

Hace cosa de un mes ví una oferta de empleo en el SAE (Servicio Andaluz de Empleo) que me iba como un guante. ¡Aleluya! Es la segunda oferta que me llega en años. Bueno, para ser exactos, no me llegó: el SAE no te ofrece la opción de crear una alerta de forma que te lleguen las ofertas que te pueden interesar a tu correo electrónico, sino que te obliga a bucear en su "maravillosa" web para ver los anuncios de empleo que van publicando.

Sigo. Veo una oferta para un arquitecto, en San Juan de Aznalfarache. Mía, me digo. Le doy al botón de "enviar CV" y me llevo la primera sorpresa. Misteriosamente, no puedo enviar mi CV para postularme, sino que me obligan a ir a la oficina del SAE que me corresponde. Ea, a tomar por c... Tengo que ir a la oficina del SAE en Bollullos de la Mitación a no sé qué trámite presencial.

Total, que pido cita online (esto sí me dejan hacerlo cibernéticamente) y me planto allí al día siguiente, emocionado ante la posibilidad de un puesto de trabajo del que desconozco prácticamente todo. Es temprano y no hay mucha gente. Parece que los despertadores de los desempleados no han funcionado como debían esta mañana. O que la desesperanza está ganando la batalla en ellos. Me llaman por megafonía y me presento ante la funcionaria de turno. Nueve y media de la mañana, cara de pocos amigos, sensación de hartazgo en todo su ser. Le informo del motivo de mi visita y, remolona, comienza a teclear en el ordenador y a pulsar compulsivamente en el botón del ratón que tiene en su mano izquierda.

¿Eres arquitecto? Sí. ¿Inglés? De sobra. ¿Autocad? Of course. ¿Office? Nivel experto. ¿Por qué he tenido que venir y no he podido postularme online? Es que esta oferta es nuestra. Me quedo perplejo ante tan filosófica respuesta y decido no profundizar en el tema. ¿SAP? Sí, le digo. No lo tienes aquí apuntado. Te lo apunto. Sin pedirme ningún papel, certificado o título me declara experto en SAP, un software de gestión empresarial. Por supuesto, sé mucho de SAP, le digo.

Después de este interesantísimo intercambio dialéctico, aprovecho para preguntarle por una oferta que había, de éstas suculentas, de seis meses de contrato, de arquitecto, para desempleados de más de 30 años, a la que no me han llamado, teniendo el perfil cuasiperfecto. ¿Cuánto tiempo llevas desempleado? Pues la última vez que me apunté fue en julio del año pasado, así que llevo unos 9 meses, aunque en realidad son varios años, en total. Mmmmmmm, me dice, no está mal, pero no ha sido suficiente, porque otros candidatos llevaban más tiempo desempleados.

Me voy de allí con las ideas claras. Si quiero conseguir trabajo en el Servicio Andaluz de Empleo, tengo que perserverar y continuar parado todo el tiempo que pueda. Para conseguir trabajo allí, hay que estar muy parado. Lo más parado posible. Así que creo que, si sigo así, terminaré consiguiéndolo, porque, según la funcionaria, mi nivel de desempleo, no está mal.