jueves, 31 de agosto de 2017

Carta al primo de Rajoy

Estimado Sr. Primo de Rajoy, como quiera que usted se llame. Hace unos años, su primo, el Sr. Presidente del Gobierno, vino a insinuar, apoyándose en su magnífica posición de Catedrático de Física de la magna Universidad de Sevilla, institución que no está ni entre las primeras 500 universidades del mundo, que lo del cambio climático era un camelo. No sé qué opina usted sobre el cambio climático en realidad. Lo mismo, su primo, el registrador de Santa Pola en excedencia, le hizo un flaco favor al nombrarlo en una de sus jugosas y profundas declaraciones, y se inventó su opinión al respecto. A lo mejor usted resopla cada vez que su primo lo nombra o amenaza con ir a visitarlo. Qué más da.

Le escribo porque, al leer un estupendo artículo sobre el huracán Harvey en The Guardian, no sé, me acordé de usted. Y de su primo.

Foto:  Joe Raedle/Getty Images
Fotografíía: Joe Raedle/Getty Images
En el artículo, cuya lectura recomiendo, el científico estadounidense Michael E. Mann describe cómo el cambio climático, si bien no ha provocado directamente el devastador huracán, ha intensificado sus efectos. Para empezar, habla de cómo el nivel del mar ha subido 15 cm en las últimas décadas. No hace falta ser muy listo, y usted es catedrático, para deducir que, al partir el huracán de un nivel más alto del mar, las inundaciones han sido peores que si hubiera habido un nivel más bajo, anterior al cambio climático.

Continúa el artículo analizando cómo el aumento de la temperatura de 0,5-1 ºC que ha sufrido la zona del Golfo de México hace que la humedad haya crecido en torno a un 3 %. Esto conlleva más lluvias y, como consecuencia, más inundaciones, que es lo que ha ocurrido con el huracán Harvey en Houston hace pocos días. Además, el océano se está calentando no solo en su superficie, sino también en capas inferiores. Este calor ha "alimentado" al huracán en su camino hacia EEUU, haciéndolo más intenso y devastador.

Pero no hemos terminado. La persistencia de un sistema subtropical de altas presiones sobre EEUU cuando llegó el huracán hizo que apenas hubiera viento. Como consecuencia, Harvey se "estancó" en la costa, al no haber vientos fuertes que lo llevaran de vuelta al mar. Estos fenómenos de estabilidad persistente son cada vez más frecuentes y están provocados, adivine por quién, por el cambio climático.

Hace un par de días ví cómo un río del norte de España bajaba negro, repleto de cenizas de los incendios que han asolado Castilla y León antes de la llegada de las últimas lluvias, torrenciales ellas. Y pensé, qué imagen más apocalíptica. Me acojoné. climáticamente hablando. ¿Sigue creyendo usted, Sr. Primo de Rajoy, que el cambio climático es un camelo? ¿O vamos avisando a nuestros políticos, a ver si hacen algo? Ah, no, que siguen peleándose en el Parlamento. Por la Gürtel. Por Cataluña. Por sus sueldos.

PD: el artículo está en inglés. Si tiene el mismo nivel que su primo, me ofrezco para traducírselo.
 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Atrapado en el tiempo

El atentado de Barcelona, ciudad en la que nací, me pilló en plenas vacaciones, en un tranquilo pueblo de la Alpujarra granadina, así que la información me fue llegando a cachitos, como esos rayos de sol que entran a trocitos a través de las persianas. Tampoco hice mucho por enterarme de más: he de reconocer que me daba pereza. Pfffff, otro atentado, me dije. 

Sé que suena cruel, y frío, pero es así como me sentí. Como en la película "Atrapado en el tiempo", en la que el gran Bill Murray se levanta, una y otra vez, en el mismo día de su vida, del que no sabe cómo salir. No digo que no me impactara y no sintiera dolor por un hecho tan absurdo como el vivido el pasado jueves, en el que unos locos asesinos acabaron con la vida de, hasta ahora, 15 personas, dejando, además, más de 100 heridos. Personas "culpables" únicamente de estar en el sitio y hora más inadecuados de sus vidas. Pero me daba pereza lo que sabía que vendría después.

Otra vez a aguantar a los primeros espadas del periodismo patrio, que interrumpirían sus vacaciones para hacer interminables programas especiales sobre el acto terrorista. Otra vez a recibir toneladas de información cada minuto, meras repeticiones que volverían ininterrumpidamente sobre lo mismo. Otra vez a intentar evitar mirar los vídeos y fotos que me llegarían a través de redes sociales, puro morbo irrespetuoso con las víctimas. Otra vez a escuchar las palabras "unidad" y "solidaridad", en boca de políticos con barba de tres días, sacados a destiempo de sus vacaciones pagadas, vacías ya de su significado, de tan manoseadas que están. Otra vez a escuchar burradas por parte de muchos paisanos, civilizados y cristianos ellos, que hablarán de "echarlos a todos" o de "crucificarlos vivos", como le oí decir a un tipo en un bar de Capileira.

No nos doblegarán. No tenemos miedo. Tots som Barcelona. Minutos de silencio. Manifestaciones. Unidad de los partidos políticos. Pacto antiterrorista. Sesudos análisis sobre los motivos por los que unos chavales, aparentemente integrados, se dedican a asesinar a desconocidos indefensos. Medallas para los cuerpos de seguridad, por hacer su trabajo. Llenemos nuestras calles y plazas de bolardos, hasta que estos burros y crueles asesinos se inventen otra cosa. Usemos este momento mediático para difundir nuestro mensaje xenófobo e independentista.

Mientras, sigamos vendiendo armas a los países que financian a estos grupos terroristas. Sigamos teniendo relaciones comerciales con regímenes que fomentan el odio religioso en nuestro propio territorio, construyendo mezquitas que difunden este tipo de mensajes. Miremos para otro lado cuando estas dictaduras religiosas ajustician a gente por ser homosexuales, o por escribir artículos de opinión, o por cuestiones de honor. Critiquemos a Venezuela y no hablemos del infame trato que reciben las mujeres en estos países. Invadamos Afganistán e Irak para echar a sus dictadores y dejemos luego que se maten entre ellos. Olvidémonos de Siria, de los chavales que solo han vivido en una guerra, rodeados de odio, viendo cómo el mundo "democrático" los ha abandonado en su lucha por la libertad. ¿Qué creemos, que esos chavales, cuando crezcan van a venir a traernos flores, en agradecimiento?

Siento rabia y tremenda pena por las absurdas muertes. Más por los dos niños de tres y siete años, que siempre me duelen más, supongo que por ser padre. Confieso que me he alegrado de que la policía matara a los terroristas implicados, algo de lo que, por otra parte, no estoy orgulloso. Pero también  siento que estamos atrapados en un bucle del que no sé cómo vamos a salir, vista la inacción de nuestros gobernantes, que se limitan a soltar obviedades en eternos discursos huecos. Me temo que este tipo de terrorismo ha venido para quedarse. Y parece que esto, si no le metemos mano de verdad, va para largo.

lunes, 31 de julio de 2017

Socialismo 2.0

Mi hija termina hoy su etapa en la guardería. O en la escuela infantil, como se llama ahora, para no herir sensibilidades. Han sido tres años preciosos, de juegos, descubrimientos y desarrollo personal. En muy poquito tiempo, Marina ha pasado de bebé a personita. Y ha sido, entre otras cosas, gracias a la estupenda labor de las profesionales que integran el equipo de una escuela que lleva más de treinta años en activo.

Sin embargo, a pesar de su buenhacer a lo largo de todo este tiempo, y de la cantidad de niños que por allí han pasado, la escuela se ha visto obligada a echar a dos de sus trabajadoras, que yo sepa. A lo mejor han sido más. El motivo, el "misterioso" y brutal descenso en el número de matriculaciones que ha habido este año. En una de las clases, a día de hoy, solo tenían cinco alumnos matriculados.

No sé si será casualidad, pero la Junta aprobó el pasado mes de marzo, por vía de urgencia, un  Decreto que regula la educación infantil (de 0 a 3 años), con una serie de novedades. No soy ningún experto en el tema, pero, por lo que he leído, básicamente, liberaliza el sector, marcando un tope de gasto por plaza, para "fomentar la competitividad", dicen. Y modifica los baremos que permiten acceder a las ayudas, de forma que, en algunos casos, estas se reducen en un 50 %.

Hablando en plata, se pone un tope económico por plaza y se reducen las ayudas, para reducir el gasto. No sé, no quiero ser mal pensado, pero ¿de dónde pueden recortar las escuelas infantiles para abaratar las plazas? ¿de los salarios de sus trabajadores? No, no se atreverán. ¿De los menús del comedor? Ni se les ocurrirá. ¿Están favoreciendo a las grandes empresas que gestionan escuelas infantiles frente a las pymes, que serán inviables en estas condiciones? No, son socialistas, defienden a los trabajadores.

Como ya he dicho, no soy ningún experto, pero cuando me enteré del decretazo que planeaba la Junta, pensé en dos cosas: que, para reducir gastos, las escuelas infantiles iban a bajar el salario de sus trabajadores, y que el número de matriculaciones bajaría, dado que muchas familias no se podrían permitir la nueva cuota. Y es lo que está pasando.

Foto: José Ángel García
Foto: José Ángel García / Diario de Sevilla
A este socialismo 2.0  se le va la palabra "izquierda" por la boca. Y esa es toda la izquierda que tiene. Estos socialistas 2.0, que viven en casoplones, que viajan en business, que tienen chófer, que cobran dietas en meses inhábiles, se creen que todo el monte es orégano. Que todos podemos pagar una guardería para nuestros hijos. Que si no, tenemos abuelos para que se hagan cargo de ellos. Que el que cobra 1.000 euros al mes es de clase media y no necesita ayudas.

Querida Susana, esta semana en la que te has vuelto a subir al Trono de Hierro de tu particular Reino de la Rosa, has dicho que los socialistas "nunca" habéis sido nacionalistas. La pregunta es, ¿seguís siendo socialistas?

viernes, 21 de julio de 2017

El muro de los improperios

Según la RAE, improperio es "injuria grave de palabra, y especialmente la que se emplea para echar a alguien en cara algo". También es, en plural, los "versículos que se cantan en el oficio del Viernes Santo, durante la adoración de la cruz". Para los creyentes, los reproches de Cristo al pueblo que lo ha rechazado, hablando en plata.

Hace tiempo que vengo observando que el muro de Facebook, el mío, concretamente, está albergando, cada vez más a menudo, discusiones, trifulcas cibernéticas entre amigos a los que aprecio y conozco que, por otra parte, nunca se han visto las caras y desconocen absolutamente la trayectoria vital de cada uno. Mi muro, en el que publico mis pensamientos, mis gustos, mis fotos, mis viajes, mis ideas y mis idas de olla, está convirtiéndose en lugar de encendidas discusiones entre desconocidos que, a veces, acaban tirándose los trastos a la cabeza. O casi.

No está en mi ánimo crear este tipo de situaciones, ni soy persona amante de la discusión, sino más bien del debate. Me jacto de tener amigos de variadas ideologías, me gusta poder hablar y debatir con personas contrarias a mi pensamiento, siempre que lo hagamos desde el respeto, sin levantar la voz, argumentando. No quedan muchas personas así, pero alguna hayla.

Me gusta pensar que, por delante de nuestra forma de ver la vida, la sociedad, el país donde vivimos, está la persona. Que ríe, que llora, que siente, que anhela, que sueña, que tiene frío, que caga, que mea. En eso todos somos iguales. Y es lo que a mí me importa. Y es lo que pongo siempre por delante. Por eso, cuando se encienden las almas, cuando los debates se convierten en trifulcas, suelo bajar la voz, acabo callándome. La salvamización que está sufriendo nuestra sociedad no me gusta, no me interesa, no me divierte.

Así que, llamadme cobarde si queréis, pero, a partir de ahora, voy a censurarme en mi muro. Dejaré de poner, al menos durante un tiempo, cualquier cosa que tenga que ver con la política patria, o con la religión, o con cualquier cosa que crea que pueda prender los ánimos de alguno de mis amigos. Amigos a los que aprecio, por cierto, por eso os tengo en Facebook. Me limitaré a poner cosas de allende los mares, de El Mundo Today y vídeos de gatitos. Con esos nunca hay problema.

lunes, 10 de julio de 2017

Un gato bibliotecario

A veces, cada vez más, me canso de esta actualidad tan árida y llena de malas noticias, así que hoy os voy a regalar una bonita historia de esas que te dejan con una sonrisa en la cara para el resto del día, con la misma intensidad con que se te mete una canción como Despacito en la cabeza, pero en positivo.

La historia comienza el 18 de enero de 1988, una gélida mañana de lunes, en la biblioteca de un pequeño pueblo de 12.000 habitantes del Medio-Oeste americano, en el estado de Iowa. Los empleados estaban preparándose para abrir, cuando oyeron un extraño ruído que provenía del buzón de la puerta donde se podían efectuar las devoluciones de libros en horario de cierre del establecimiento. Un poco extrañados, se acercaron, no sin miedo, y se encontraron con una pequeña criatura, un gatito de unas ocho semanas, desnutrido y con las zarpas congeladas. En el instante en que les miró a los ojos como si fuera el gato con botas de la peli de Shrek, decidieron adoptarlo.

La cosa no fue fácil. Se necesitó aprobación de la Dirección y también del Ayuntamiento. Pero al final, Dewey, que así le pusieron de nombre al gato, se quedó a vivir en la biblioteca, como integrante de la plantilla. El nombre venía de un sistema de catalogación muy usado en ambientes bibliotecarios, el Sistema de Clasificación Decimal Dewey (CDD). Humor de letras.

Era una época, finales de los ochenta, de crisis económica, en un pueblo muy golpeado por el desempleo. La directora, Vicky Miron, que llevaba poco tiempo en el cargo, tampoco pasaba por su mejor momento. Era madre soltera y venía de sufrir abusos en su matrimonio. Además, andaba preocupada por conseguir más usuarios para la biblioteca. Cuando vio que la encuesta que había organizado para elegir el nombre del gato había conseguido más de 300 propuestas, pensó que Dewey Readmore Books (así fue el nombre ganador, en serio) podía servir para atraerlos. Y así fue.

La historia comenzó a aparecer en la prensa local. Le gente iba a la biblioteca para conocer a Dewey, que era muy sociable y cariñoso. Niños que no podían tener gatos por ser alérgicos se acercaban un rato a ver a su "mascota" en la biblioteca. Empezaron a llegar donaciones para su alimentación. Incluso tenía un descuento como "empleado municipal" en el veterinario del pueblo.

El caso es que la llegada de Dewey supuso una inyección de ilusión y alegría en la vida de muchas personas de un pueblo sumido en una crisis económica importante. También en la de la directora de la biblioteca. Con su sola presencia, sin más.

En esta época que, no entiendo muy bien por qué, es temporada alta de abandono de animales, me gusta pensar en el efecto positivo que tiene el contacto con ellos. Cómo acompañan a personas que viven solas. Con qué ternura se dejan acariciar los burros por niños autistas. Con qué paciencia juegan los delfines con pequeños con parálisis cerebral. Cómo progresan estas personas, con la sola presencia de estos seres peludos a los que, casi siempre, miramos por encima del hombro.

Dewey consiguió alegrar el alma de mucha gente que lo conoció en los 19 años que estuvo en la biblioteca. Y a su dueña, se la debió de alegrar particularmente: escribió un libro que llegó a ser superventas nada más publicarse, habiéndose traducido a más de 30 idiomas. Yo, a lo largo de estos taytantos años de vida que tengo, he disfrutado de la compañía de muchísimos gatos y también de un perro. Espero y deseo que vosotros hayáis tenido el privilegio de vivir una experiencia así.  A los que no, os invito a ello. No os arrepentiréis.

martes, 27 de junio de 2017

Los médicos

Así llamaban en el pueblo de mi padre, una suerte de Macondo del Valle de los Pedroches, a unas encinas centenarias bajo las que se cobijaban los labriegos para curarse los males derivados de la dureza de las labores del campo. Los llamaban "los médicos" porque, después de un rato disfrutando del frescor de sus enormes y tupidas sombras, los agricultores salían como nuevos, libres de polvo y paja, sanos como manzanas.

No sé, supongo que de ahí le venía a mi padre su amor por la naturaleza. Quiero pensar que en esos ratos debajo de esas encinas, éstas le transmitieron algún tipo de energía que le conectó con la madre tierra ya para toda la vida. Mi padre no era un ecologista, ni mucho menos. Su amor por las plantas, los árboles, los pájaros, era genuino, fruto de la convivencia, y del conocimiento. Ir por el campo con él era un verdadero disfrute. Conocía cada planta y qué se podía hacer con ella. Cada seta, cada pájaro. Cada árbol. Y supongo que algo de todo ello también me ha llegado a mí. Esa energía de "los médicos" de su pueblo. Aunque nunca le llegaré ni a la suela de los zapatos.

Cada vez que llega el verano y comienza la temporada de los incendios en nuestra seca pero todavía bella península me entra una pena que me dura toda la estación. Pena que me llega a trompicones, a saltos, con cada incendio, con cada imagen de bosques calcinados, de animales muertos, de campos que pasan del verde al negro en cuestión de horas. Y el incendio de Moguer no ha sido menos.

Conozco la zona. Y me encanta. En otras épocas de mi vida he frecuentado las maravillosas playas que hay entre Mazagón y Matalascañas: Cuesta Maneli, El Pico del Loro... He comido alguna vez en el chiringuito el Pichilín. He visitado muchas veces el Acebuche, y también el Acebrón. Amo Doñana, un lugar único en Europa, que tenemos aquí al lado, a la vuelta de la esquina. Un lugar muy amado, pero también muy olvidado y maltratado

Cuando hace poco ví el programa Salvados dedicado al desastre de la gestión del agua en torno al Parque Nacional de Doñana, me entró también mucha pena. Pena de ver cómo, ante la dejación de las autoridades competentes (la Junta, principalmente), este maravilloso espacio natural está siendo rodeado por un innumerable ejército de pozos ilegales, invernaderos sin licencia y vertederos de plásticos. Instalaciones todas ellas hechas de cualquier manera, sin las más mínimas condiciones de seguridad y salubridad. Y no me ha sorprendido nada lo del incendio. 
Sorprende más, quizás, que no haya ocurrido antes. También sorprende que, un gobierno autónomico, que lleva décadas en manos de un mismo partido, que se dice sensible a los problemas medioambientales, haya dejado que Doñana se deteriore hasta el punto de que esté a nada de ingresar en la Lista de Patrimonio en Peligro de la Unesco, si la situación no se remedia de aquí a febrero de 2018. Y eso es pasado mañana.

El incendio ya ha sido controlado. Sin daños humanos. Y con solo una lincesa muerta. Y algunos camaleones "chamuscados". Poca cosa para lo que podría haber pasado. Ya hemos escuchado a los políticos vociferar que los culpables serán castigados, cuando, según Greenpeace, el 40 % de los incendios no se llegan a conocer las causas. Que no se recalificará ni un solo metro cuadrado, cuando algo así, con la legislación actual en la mano, es practicamente imposible. Ya hemos visto la ola de solidaridad que suele suceder a este tipo de sucesos. Ya hemos asistido a la gran cantidad de lacrimógenos minutos que han dedicado las televisiones a tan trágico acontecimiento.

Luego pasará el tiempo, y veremos cómo todo sigue igual. Cómo el único partido ecologista que hay en España recibe un número testimonial de votos de esta sociedad que tanto ama a Doñana, imposibilitando que propongan y promuevan leyes y políticas que mejoren la gestión de los espacios naturales. Cómo sigue destinándose más dinero a la protección contraincendios que a la prevención mediante una óptima gestión de los montes públicos, donde se ubican muchos de nuestros bosques. Cómo seguimos comprando fresas sin importarnos si vienen de productores legales y/o ecológicos. Cómo se siguen gestionando muchos bosques como si fueran campos de trigo, con monocultivos de árboles de rápido crecimiento y rentabilidad, pero también muy combustibles.

Incendios ha habido siempre. Y los seguirá habiendo. Pero serán más virulentos con el cambio climático, como ya estamos viendo y padeciendo. Y más frecuentes, dada la pésima gestión de nuestros bosques y la gran presión que la actividad humana ejerce sobre estos espacios naturales. O nos ponemos las pilas o nos vamos a quedar viviendo en un desierto. Quizás tengan que venir de fuera a darnos un par de hostias para que reaccionemos. Ya ocurrió con el millonario suizo Luc Hoffman, que consiguió el dinero para comprar las primeras 6.974 hectáreas de marisma que fueron el embrión de Doñana, allá por los años 60 del siglo pasado. Lástima que muriera hace casi un año.

miércoles, 21 de junio de 2017

La letra con aire entra

O esto parecen decirnos nuestros gobernantes como solución a los problemas de calor en los edificios de nuestro maravilloso, según ellos, sistema educativo andaluz. ¡Pongamos splits en cada rincón de nuestros colegios e institutos! ¡Llenemos sus fachadas y azoteas de preciosas máquinas condensadoras! ¡Escupamos, vomitemos calor a los patios donde luego jugarán nuestros niños!

En las últimas semanas el tema del calor en las aulas de los escolares andaluces ha ocupado muchos minutos en televisiones y radios, e innumerables páginas en los periódicos. Y, aunque no los frecuento, estoy seguro de que los tertulianos, opinadores profesionales de todo y sabedores de nada, también se habrán llenado sus fauces con este problema, aparentemente novedoso, por otra parte antiguo. Todos ellos montando el pitote, exagerando, alarmando a la plebe.

Recuerdo los veranos en mi casa, cuando mi padre iba como loco, a eso de las 10 de la mañana, cerrando ventanas y contraventanas, dejando la casa en penumbra, luchando contra mi madre, que quería que entrara aire en la casa, agobiada por el calor. Mi padre no hacía más que lo que había visto en su pueblo, de una zona también calurosa de nuestra tierra, donde la gente cerraba sus casas a cal y canto para evitar que, durante las horas de más calor, entrara la flama. Qué palabra tan bonita, ¿verdad?

También recuerdo mi colegio, ni mejor ni peor que los de ahora, y carente de equipo climatizador alguno, pero rodeado de árboles que sombreaban su fachada, y con un gran porche cubierto en el que nos refugiábamos en las horas de más calor. Cabíamos todos. Y no recuerdo pasar calor como algo extraordinario. Se soportaba.

Y, rebuscando en mi memoria que ya supera los cuarenta años, revivo una Sevilla en la que había árboles y sombra en sus plazas y calles. El callejón del agua, con sus enredaderas, que refrescaban con solo mirarlas. La muralla del Alcázar, apenas visible entre la vegetación que la tapaba. El Palacio de San Telmo, oculto entre una celosía de árboles de porte generoso. ¿Eran falsos platanos? No recuerdo. Y cómo olvidar los inmensos ¿magnolios? que había en la Plaza de Cuba, donde habitaban cientos de estorninos que ponían banda sonora a las inclementes tardes del desastroso, climáticamente hablando, barrio de Los Remedios.
Teníamos multitud de herramientas para combatir las inclemencias de nuestro tórrido verano. Y las conocíamos bien. Y formaban parte de nuestra arquitectura: patios, macetas, fuentes, persianas de esparto... Ese maravilloso invento, de tecnología antigua y eterna, que es el botijo, no faltaba en ninguna casa, en ninguna obra, en ninguna gasolinera. Pero, desde no hace muchos años, desde que fuímos ricos, hemos cambiado todas estas técnicas, baratas y funcionales, por el "progreso" de las máquinas. Queremos vivir en unos eternos 20 ºC en verano, para poder ponernos una manguita larga en agosto, y en unos 26 ºC en invierno, para ir en una cómoda manga corta en Navidad. Las persianas, antaño de esparto y madera, y colocadas fuera, en la fachada, para no dejar que el sol alcanzara nuestros muros, nos las hemos traído a la ventana, donde son menos efectivas. Los patios no existen, son metros cuadrados perdidos. Renunciamos hace tiempo a la ventilación cruzada, fundamental para disipar el calor acumulado durante el día y aprovechar el frescor de la fachada norte. El botijo ha sido sustituido por máquinas que nos dan agua congelada o garrafas de plástico recubiertas por una horrorosa espuma amarilla.
¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué renunciar a una sabiduría de milenios, que nos proporcionaba armas económicas y efectivas contra el calor? Ahora que deberíamos habernos dado cuenta de que ya no somos ricos, ni siquiera nuevos, sería un buen momento para plantearnos si la solución al problema del calor en las aulas es colocar unas máquinas que son caras y no harán más que aumentar el gasto de colegios e institutos que, en muchos casos, no tienen ni para papel.

¿Por qué no aprovechar el momento para rehabilitar esos edificios, usando nuestra inteligencia y sabiduría, de forma económica? Hay técnicas, perfectamente contrastadas, que consiguen reducir el gasto energético de nuestros edificios hasta en un 90 %. En otra ocasión escribí, aquí en El Grifo, del estándar de edificios de consumo energético casi nulo, Passivhaus. Es una opción, pero también hay otras muchas posibilidades. ¿Por qué no empezamos sombreando las fachadas más soleadas? ¿Por qué no aislamos nuestros colegios por el exterior? ¿Por qué no ponemos sistemas que los ventilen adecuadamente por la noche, para enfriarlos? ¿Por qué no convertimos esos patios, verdaderos desiertos de hormigón en pequeños oasis que pueden reducir la temperatura en 2-3 ºC, como pudimos vivir en la Expo?
Las ocasiones las pintan calvas, y creo que este problema se podría convertir en una gran oportunidad de mostrar al mundo que en Andalucía, como dice la presidenta, se hacen las cosas de otra manera, pero de verdad. Se crearía empleo. Se enseñaría a las generaciones futuras que podemos habitar este planeta de otra manera. Y seguro que se podrían conseguir subvenciones de la Unión Europea, que no creo, por otra parte, que destine dinero a colocar equipos de climatización.

El cambio climático ya está aquí, y nos está cambiando la vida. Y está ocurriendo ahora. ¿Lo combatimos con armas anticuadas que nos llevan al desastre? ¿O proponemos soluciones inteligentes que nos aseguren un futuro sostenible? Yo, desde luego, lo tengo clarísimo.