El pasado domingo fue el Día de la Tierra. Como tantas otras veces, pudimos escuchar o leer el mensaje más repetido de "Salvemos el planeta". Es un mensaje que, cada vez más, me chirría y me molesta. Por su prepotencia, por su antropocentismo.
Vivimos en el antropoceno, época geológica propuesta por parte de la comunidad científica para definir el momento en que vivimos, en el que el impacto de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres está siendo tan significativo. Hay otros científicos que opinan que esta es una definición más política que geológica, y todavía no hay una declaración "oficial" sobre el asunto, pero es evidente que el planeta está cambiando, y mucho, "gracias" a nuestra existencia.
Pero de ahí a decir que la lucha contra el cambio climático debe tener como objetivo la salvación del planeta hay un mundo. Hace poco leí un artículo en la revista National Geographic sobre la recuperación de la ciudad de Alepo, en Siria, después de la guerra. Esta ciudad, la más poblada de Siria, con más de 4 millones de habitantes antes del comienzo del conflicto, fue recuperada por el gobierno hace poco más de un año y lucha desde entonces por volver a la normalidad. En el artículo se ven fotos de edificios destruidos, calles arrasadas y montañas de escombros. Pero me llama la atención la presencia, serena y majestuosa, de ordenadas filas de árboles con su joven y lozano follaje de primavera en pleno crecimiento. Por ellos no parece haber pasado la guerra, parecen recuperados de los impactos que han podido recibir, de balas, de obuses, de armas químicas.
Hay una foto que me impactó especialmente. En ella se ve el Parque Público de Alepo, sin rastro de la guerra. Se ve una calle asfaltada, flanqueada por bordillos de adoquines y bancos de hierro y madera. Hay gente sentada en ellos, y también en sillas de plástico. Parecen disfrutar de una tarde tranquila. Unos charlan, otros fuman en cachimba. Se respira paz bajo la sombra de la tupida vegetación, que parece haber resistido de forma heroica, los duros y violentos años de esta interminable guerra.
Y cuando veo estas fotos, estas imágenes de calles destruidas con árboles sanos, vivos, que continúan creciendo, con enérgica tozudez, soy consciente de la tremenda fuerza de la naturaleza, de su inercia llena de vida, y de lo poco que le importan nuestras actividades, ya sean tiempos de guerra o de paz.
Creo que el mensaje de los ecologistas, o de muchos de ellos, yerra cuando habla de "salvar el planeta". Centra la lucha contra el cambio climático en el objetivo de evitar el daño sobre la Tierra, casi por motivos morales o ideológicos, cuando los que en realidad nos jugamos la existencia en todo esto somos nosotros, la humanidad. Al planeta le da igual nuestra actividad o nuestro impacto, hablando en plata. Los animales, los ecosistemas se adaptarán a la nueva situación. Algunas, seguramente muchas, especies, desaparecerán, pero, en términos geológicos, no seremos más que un episodio más en esta larga película que es la existencia del planeta azul, que nos sobrevivirá, seguro. Los que lo tenemos crudo somos nosotros. Los que podemos desaparecer, en una especie de suicidio colectivo sinsentido, somos nosotros. Por eso, no, no hay que salvar el planeta. Nos tenemos que salvar a nosotros mismos.
martes, 24 de abril de 2018
jueves, 5 de abril de 2018
Sayonara, Whatsapp
Ya hace quince días que tengo el móvil en el taller, los mismos días que llevo sin la celebérrima aplicación de mensajería instantánea llamada Whatsapp. El "patatófono" que estoy usando como sustituto no tiene capacidad para manejar la ingente cantidad de información que gestiona Whatsapp, así que estoy en una especie de "barbecho whatsappero".
Los primeros días fueron difíciles. Como si de una desintoxicación se tratara, me sentía incómodo, vacío, falto de algo, con síndrome de abstinencia. Miraba el móvil sustituto, buscando la lucecita blanca que, en la esquina superior derecha del móvil defenestrado, me anunciaba la llegada a mi bandeja de entrada de algún mensaje de algún amigo-contacto. Lo sé, me estoy perdiendo los mejores memes, los últimos vídeos semanasanteros. Las mejores chorradas sobre el asunto Cifuentes. El sempiterno negro de Whatsapp.
Pero, curiosamente, a los pocos días de comenzar el "tratamiento" se me empezó a quitar el "mono" y todo fue a mejor. Dejé de mirar el móvil cada dos por tres. Comencé a estar en lo que hacía, sin interrupciones. Ya no mandaba whatsapps mientras veía una peli. No miraba el móvil mientras le daba de comer a mi niña. No iba por la calle mirando una pantallita, poniendo en riesgo mi integridad física.
Así que, el otro día, en un momento de lucidez, mientras reflexionaba sobre todo este proceso de desintoxicación whatsappera pensé: "mi vida ha mejorado desde que no tengo Whatsapp, ¿por qué no me quito?" Ahí fue cuando decidí probar a dejarlo, a ver qué sucedía.
No niego la utilidad de la, por otro lado, demoníaca aplicación que nos tiene secuestrados a todos. Nos permite crear grupos para organizar diversas actividades, grupos en los que, a la vez, se pierde mucho el tiempo en tonterías y gilipolleces varias. Nos da la posibilidad de estar en contacto con gente a la que no podemos ver, por la distancia, pero la realidad es que apenas lo uso para eso. Nos da acceso a relacionarnos con mucha gente, pero no llegamos a profundizar con casi nadie, en realidad. ¿Con cuántos nos vemos, nos tomamos un café, mantenemos el contacto físico?
Me acordaba el otro día de una amiga valenciana que vive en Madrid. La tengo en whatsapp, y en Facebook, y nos escribimos, de vez en cuando. De todos mis amigos "lejanos" -lejanos por la distancia que nos separa- es a la que más veo. Poco, por otra parte, una vez cada dos años, un café, una comida, y poco más. Sin embargo, son estos ratitos los que mantienen la cercanía y la complicidad, y no los mensajes que nos enviamos por Whatsapp. Ratitos en los que nos vemos, escuchamos nuestras voces, nuestras risas, el ruido que hacemos al comer.
En estas dos semanas que llevo sin la aplicación he recibido más llamadas que en los 6 meses anteriores, seguramente. Y me ha gustado la experiencia. Hablar con amigos, ir al grano, no marear la perdiz, no cambiar mil veces de plan... son sensaciones que creía perdidas. Ir andando por la calle y no hacer nada más. Ver la tele, leer, comer sin interrupciones. Ufff, ha sido todo un subidón y por eso he decidido que voy a probar a volver a la vida sin mensajes instantáneos. Seguiré siendo accesible, por teléfono o por mail, a la antigua usanza. Incluso podéis venir a verme a casa, como hacíamos antaño. También seguiré en Facebook, por ahora. Pero voy a intentar vivir sin la aplicación esa que, además, le regala nuestros datos al mejor postor. Así que, parafraseando al exgobernador de California, Sayonara, Whatsapp.
Los primeros días fueron difíciles. Como si de una desintoxicación se tratara, me sentía incómodo, vacío, falto de algo, con síndrome de abstinencia. Miraba el móvil sustituto, buscando la lucecita blanca que, en la esquina superior derecha del móvil defenestrado, me anunciaba la llegada a mi bandeja de entrada de algún mensaje de algún amigo-contacto. Lo sé, me estoy perdiendo los mejores memes, los últimos vídeos semanasanteros. Las mejores chorradas sobre el asunto Cifuentes. El sempiterno negro de Whatsapp.
Pero, curiosamente, a los pocos días de comenzar el "tratamiento" se me empezó a quitar el "mono" y todo fue a mejor. Dejé de mirar el móvil cada dos por tres. Comencé a estar en lo que hacía, sin interrupciones. Ya no mandaba whatsapps mientras veía una peli. No miraba el móvil mientras le daba de comer a mi niña. No iba por la calle mirando una pantallita, poniendo en riesgo mi integridad física.
Así que, el otro día, en un momento de lucidez, mientras reflexionaba sobre todo este proceso de desintoxicación whatsappera pensé: "mi vida ha mejorado desde que no tengo Whatsapp, ¿por qué no me quito?" Ahí fue cuando decidí probar a dejarlo, a ver qué sucedía.
No niego la utilidad de la, por otro lado, demoníaca aplicación que nos tiene secuestrados a todos. Nos permite crear grupos para organizar diversas actividades, grupos en los que, a la vez, se pierde mucho el tiempo en tonterías y gilipolleces varias. Nos da la posibilidad de estar en contacto con gente a la que no podemos ver, por la distancia, pero la realidad es que apenas lo uso para eso. Nos da acceso a relacionarnos con mucha gente, pero no llegamos a profundizar con casi nadie, en realidad. ¿Con cuántos nos vemos, nos tomamos un café, mantenemos el contacto físico?
Me acordaba el otro día de una amiga valenciana que vive en Madrid. La tengo en whatsapp, y en Facebook, y nos escribimos, de vez en cuando. De todos mis amigos "lejanos" -lejanos por la distancia que nos separa- es a la que más veo. Poco, por otra parte, una vez cada dos años, un café, una comida, y poco más. Sin embargo, son estos ratitos los que mantienen la cercanía y la complicidad, y no los mensajes que nos enviamos por Whatsapp. Ratitos en los que nos vemos, escuchamos nuestras voces, nuestras risas, el ruido que hacemos al comer.
En estas dos semanas que llevo sin la aplicación he recibido más llamadas que en los 6 meses anteriores, seguramente. Y me ha gustado la experiencia. Hablar con amigos, ir al grano, no marear la perdiz, no cambiar mil veces de plan... son sensaciones que creía perdidas. Ir andando por la calle y no hacer nada más. Ver la tele, leer, comer sin interrupciones. Ufff, ha sido todo un subidón y por eso he decidido que voy a probar a volver a la vida sin mensajes instantáneos. Seguiré siendo accesible, por teléfono o por mail, a la antigua usanza. Incluso podéis venir a verme a casa, como hacíamos antaño. También seguiré en Facebook, por ahora. Pero voy a intentar vivir sin la aplicación esa que, además, le regala nuestros datos al mejor postor. Así que, parafraseando al exgobernador de California, Sayonara, Whatsapp.
viernes, 23 de marzo de 2018
¡Es un escándalo, en la universidad se trapichea!
En una de las escenas más memorables del cine, en la película Casablanca, de los hermanos Marx, el capitán Renault ordena cerrar el café de Rick Blaine, interpretado por Humphrey Bogart. Éste, estupefacto, le pregunta al capitán, cliente habitual del establecimiento, por el motivo del cierre. La respuesta de Renault, una de las más recordadas en Hollywood: "¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega".
Estos días, a raíz del asunto del máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, me he acordado mucho de esta escena, ante la multitud de expertos y tertulianos escandalizados por el tema. También he recordado mis años de universidad y mi experiencia como alumno de máster. Y no entiendo a qué viene tanto escándalo, la verdad.
A todos los que están diciendo que esto no representa a la universidad en España, que es una raya en el agua, un grano en la arena de la playa, les puedo decir que no. No sé si es extensible a toda la geografía universitaria española, pero, según mi experiencia y la de muchos amigos, la universidad es, en gran parte, cutre, antigua, endogámica y clientelar. Enemiga de lo nuevo, de lo que viene de fuera. Lenta en sus reacciones, tendente a echar tierra sobre los problemas, más que a solucionarlos. Os puedo hablar de las dinastías que siguen funcionando en la escuela que estudié, la de Arquitectura de la Universidad de Sevilla. Cómo, misteriosamente, aparecen los hijos de algunos profesores como asociados en sus propios departamentos. No dudo de su valía, pero, ¿no había sitio en otra universidad, que han tenido que quedarse en la de sus progenitores para así alimentar las sospechas de tongo de gente tan desconfiada como yo?
En cuanto a lo de los másteres, os cuento mi experiencia. Sí, lo confieso, soy máster, no del universo, pero sí por la Universidad Politécnica de Madrid. Pero empecemos por el principio. Hace unos 10 años me matriculé en un máster de la Universidad de Sevilla. "Ciudad y Arquitectura Sostenibles", creo que se llamaba. En las dos primeras semanas de clases asistí a una serie de charlas en general bastante aburridas, algunas poco o nada relacionadas con el título del máster. Algunos parecían haber venido a "hablar de su libro". Otros parecían pasar por allí, a hacer caja. El colmo fue cuando una profesora a la que conocía, especialmente incompetente, se puso a hablarnos de los contenedores de reciclaje: el azul para el papel, el amarillo para los envases... En ese momento, decidí que aquello no era para mí y cancelé la matrícula.
Tras esta amarga experiencia, y después de mucho buscar, me matriculé en otro máster. Era el comienzo de la crisis y nos vendieron que había que formarse, reciclarse, para ser más competitivos en el mercado laboral. Esta vez se llamaba "Medio Ambiente y Arquitectura Bioclimática", de la Universidad Politécnica de Madrid, un máster de prestigio, eso me dijeron. Por 6.000 € de nada estuve yendo durante un curso a Málaga, todos los fines de semana. Sí, se impartía allí. Éramos como la sucursal sureña de la UPM, como si de un Starbucks se tratara. Los módulos se fueron sucediendo a lo largo del curso, con más o menos acierto, con mejores y peores ponentes, con poca profundidad en la temática, en general. Lo peor llegó con el Trabajo Fin de Máster, en el que nos soltaron como barcos a la deriva. Mal dirigido, apenas tutorizado. La sorpresa final vino cuando, tras felicitarme mi tutora por el trabajo realizado (tres veces creo que me vio, en unos 9 meses que estuve trabajando en el tema), el tribunal que me califica me planta un 6,5 de nota. Pregunté, critiqué, intenté averiguar el porqué de la contradicción. Todavía estoy esperando una respuesta.
Cutrez es la sensación que siempre he tenido con la universidad en Sevilla, y supongo que también con la española. No digo que sea generalizada, pero está muy extendida. Y es evidente que hay una burbuja de másteres y cursos de postgrado que justifican la existencia de muchos profesores, además de engordar sus cuentas bancarias, aprovechándose de la falta de futuro laboral de muchísimos jóvenes, que creen necesario complementar su formación para poder acceder al desértico mercado laboral español. Másteres como el que parecen haber regalado a Cifuentes, montados más como negocio que como lo que realmente deberían ser. Mal atendidos por profesores que, estirando la dimensión del tiempo, se multiplican en cursos de postgrado y direcciones de tesis, sin profundizar realmente en su trabajo, haciendo caja, principalmente. Incluso podría hablarse de una especie de "burbuja doctoral", como explican en este artículo de El Mundo.
Por todo esto, lo del máster de Cifuentes, si se confirma que ha sido tongo, no me extraña nada. Y que no digan que es cosa de la Universidad Juan Carlos I. Si se pusieran a investigar, sacarían mucha porquería de debajo de las doctas alfombras de nuestras magnas universidades patrias. Enchufes, endogamia, investigaciones falseadas, favoritismos, peleas entre departamentos...Algo que muchos periodistas podrían hacer, en vez de dedicar el tiempo a hablar de que nieva en invierno o de que a Cristiano Ronaldo se le ha roto una uña.
Estos días, a raíz del asunto del máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, me he acordado mucho de esta escena, ante la multitud de expertos y tertulianos escandalizados por el tema. También he recordado mis años de universidad y mi experiencia como alumno de máster. Y no entiendo a qué viene tanto escándalo, la verdad.
A todos los que están diciendo que esto no representa a la universidad en España, que es una raya en el agua, un grano en la arena de la playa, les puedo decir que no. No sé si es extensible a toda la geografía universitaria española, pero, según mi experiencia y la de muchos amigos, la universidad es, en gran parte, cutre, antigua, endogámica y clientelar. Enemiga de lo nuevo, de lo que viene de fuera. Lenta en sus reacciones, tendente a echar tierra sobre los problemas, más que a solucionarlos. Os puedo hablar de las dinastías que siguen funcionando en la escuela que estudié, la de Arquitectura de la Universidad de Sevilla. Cómo, misteriosamente, aparecen los hijos de algunos profesores como asociados en sus propios departamentos. No dudo de su valía, pero, ¿no había sitio en otra universidad, que han tenido que quedarse en la de sus progenitores para así alimentar las sospechas de tongo de gente tan desconfiada como yo?
En cuanto a lo de los másteres, os cuento mi experiencia. Sí, lo confieso, soy máster, no del universo, pero sí por la Universidad Politécnica de Madrid. Pero empecemos por el principio. Hace unos 10 años me matriculé en un máster de la Universidad de Sevilla. "Ciudad y Arquitectura Sostenibles", creo que se llamaba. En las dos primeras semanas de clases asistí a una serie de charlas en general bastante aburridas, algunas poco o nada relacionadas con el título del máster. Algunos parecían haber venido a "hablar de su libro". Otros parecían pasar por allí, a hacer caja. El colmo fue cuando una profesora a la que conocía, especialmente incompetente, se puso a hablarnos de los contenedores de reciclaje: el azul para el papel, el amarillo para los envases... En ese momento, decidí que aquello no era para mí y cancelé la matrícula.
Tras esta amarga experiencia, y después de mucho buscar, me matriculé en otro máster. Era el comienzo de la crisis y nos vendieron que había que formarse, reciclarse, para ser más competitivos en el mercado laboral. Esta vez se llamaba "Medio Ambiente y Arquitectura Bioclimática", de la Universidad Politécnica de Madrid, un máster de prestigio, eso me dijeron. Por 6.000 € de nada estuve yendo durante un curso a Málaga, todos los fines de semana. Sí, se impartía allí. Éramos como la sucursal sureña de la UPM, como si de un Starbucks se tratara. Los módulos se fueron sucediendo a lo largo del curso, con más o menos acierto, con mejores y peores ponentes, con poca profundidad en la temática, en general. Lo peor llegó con el Trabajo Fin de Máster, en el que nos soltaron como barcos a la deriva. Mal dirigido, apenas tutorizado. La sorpresa final vino cuando, tras felicitarme mi tutora por el trabajo realizado (tres veces creo que me vio, en unos 9 meses que estuve trabajando en el tema), el tribunal que me califica me planta un 6,5 de nota. Pregunté, critiqué, intenté averiguar el porqué de la contradicción. Todavía estoy esperando una respuesta.
Cutrez es la sensación que siempre he tenido con la universidad en Sevilla, y supongo que también con la española. No digo que sea generalizada, pero está muy extendida. Y es evidente que hay una burbuja de másteres y cursos de postgrado que justifican la existencia de muchos profesores, además de engordar sus cuentas bancarias, aprovechándose de la falta de futuro laboral de muchísimos jóvenes, que creen necesario complementar su formación para poder acceder al desértico mercado laboral español. Másteres como el que parecen haber regalado a Cifuentes, montados más como negocio que como lo que realmente deberían ser. Mal atendidos por profesores que, estirando la dimensión del tiempo, se multiplican en cursos de postgrado y direcciones de tesis, sin profundizar realmente en su trabajo, haciendo caja, principalmente. Incluso podría hablarse de una especie de "burbuja doctoral", como explican en este artículo de El Mundo.
Por todo esto, lo del máster de Cifuentes, si se confirma que ha sido tongo, no me extraña nada. Y que no digan que es cosa de la Universidad Juan Carlos I. Si se pusieran a investigar, sacarían mucha porquería de debajo de las doctas alfombras de nuestras magnas universidades patrias. Enchufes, endogamia, investigaciones falseadas, favoritismos, peleas entre departamentos...Algo que muchos periodistas podrían hacer, en vez de dedicar el tiempo a hablar de que nieva en invierno o de que a Cristiano Ronaldo se le ha roto una uña.
jueves, 15 de marzo de 2018
Mucha mierda
"Mucha mierda". Con esta expresión se desean suerte los actores y las actrices cuando están entre bambalinas, con los nervios propios de la profesión. Pero no voy a hablar de esto, aunque sí de mierda. De la que producimos cada día y de cómo la estamos gestionando, de forma nefasta para el planeta. Y para nosotros.
Hace algunas semanas, mi mujer se encontró a mi hija contemplando ensimismada la basura. Tenía el dedo manchado de papilla, papilla que yo había tirado el día anterior. Con sus ojos enormes, escrutadores, inteligentes, le preguntó a su madre: "¿Por qué habéis tirado la papilla? Está buena." Cuando mi media naranja me lo contó, yo acababa de leer un artículo en El País Semanal que se titulaba "La basura nos devora", en el que se hablaba de los residuos que produce la humanidad y de cómo se están convirtiendo en un problema. Y algo me hizo clic en la cabeza.
No voy a entrar en detalles, ni os voy a marear con números. El artículo lo leí hace dos meses y mis neuronas cuarentonas ya no retienen tanto como antaño. Pero sí que os voy a compartir algunas ideas que pude almacenar porque me llamaron la atención. La ciudad que más basura por habitante produce del mundo es Nueva York. Sí, Manhattan, tan moderna, tan cosmopolita, está enterrada en mierda. Es una basura heterogénea, con plásticos, metal, madera y materia orgánica entre sus principales ingredientes. Frente a esto, en la ciudad de Lagos, en Nigeria, la cantidad de basura por habitante es significativamente inferior, y la presencia de materia orgánica, restos de comida, es prácticamente inexistente. Es curioso,¿no? En sociedades más desarrolladas se tira de todo: aparatos que ya no funcionan, ropa obsoleta, móviles desactualizados, comida que sobra... En países en desarrollo, o directamente subdesarrollados, solo se desecha lo que de verdad no sirve. Y en esa calificación no entran nunca los alimentos. No se lo pueden permitir.
Casualidades de la vida, hace poco me topé con otro artículo que hablaba de la basura espacial. Sí, queridos lectores, también estamos llenando de mierda el espacio exterior. Así de chulos somos. Por lo visto, desde que en 1957 Rusia lanzó el primer Sputnik, hemos conseguido que más de 7.000 toneladas de chatarra espacial vuelen alrededor de nuestro planeta, como un halo de porquería humana, una diadema galática de inmundicias metálicas.
En noviembre de 2015, durante dos semanas cayeron restos de esta basura en diversos puntos de nuestro país: Cuenca, Alicante, Murcia... Había fragmentos de varios centímetros y también piezas de 4 m de diámetro. Pedazos de basura espacial que reentraron en nuestro planeta. Una auténtica lluvia de chatarra que no es, para nada, inusual. De hecho, la NASA ha registrado, desde hace años, una media de una pieza caída cada día, entre 50 y 100 toneladas al año.
Los riesgos derivados de la presencia de esta basura son múltiples. Daños a personas o edificios, si caen sobre la Tierra. Lío tremendo si, por ejemplo, chocan con otro satélite o la mismísima Estación Espacial Internacional. Alguna vez se ha visto algún fragmento flotando a escasos metros de ella. ¿Se está haciendo algo al respecto? Poca cosa, más allá de una norma internacional auspiciada por la ONU que no es de obligado cumplimiento. Teóricamente, los operadores de los satélites deberían dejar una reserva de combustible para reenviarlos a la Tierra una vez han agotado su vida útil, pero, oh sorpresa, no lo hacen. De hecho, en algunas ocasiones usan ese combustible sobrante para alejar los satélites de telecomunicaciones obsoletos a órbitas más lejanas para dejar sitio a los nuevos. Las posiciones en la órbita llamada GEO en la que trabajan son caras y codiciadas. Es la versión espacial de meter la porquería bajo la alfombra. Que limpien otros.
Resumiendo, podríamos decir que, poco a poco, año tras año, nos estamos enterrando en basura. Y no hay visos de cambio. Una vez más, la humanidad procrastina. Como con la igualdad de género. Como con la sostenibilidad del sistema de pensiones. Como con el cambio climático. Así que solo me queda desearnos a todos mucha mierda con este asunto.
Hace algunas semanas, mi mujer se encontró a mi hija contemplando ensimismada la basura. Tenía el dedo manchado de papilla, papilla que yo había tirado el día anterior. Con sus ojos enormes, escrutadores, inteligentes, le preguntó a su madre: "¿Por qué habéis tirado la papilla? Está buena." Cuando mi media naranja me lo contó, yo acababa de leer un artículo en El País Semanal que se titulaba "La basura nos devora", en el que se hablaba de los residuos que produce la humanidad y de cómo se están convirtiendo en un problema. Y algo me hizo clic en la cabeza.
No voy a entrar en detalles, ni os voy a marear con números. El artículo lo leí hace dos meses y mis neuronas cuarentonas ya no retienen tanto como antaño. Pero sí que os voy a compartir algunas ideas que pude almacenar porque me llamaron la atención. La ciudad que más basura por habitante produce del mundo es Nueva York. Sí, Manhattan, tan moderna, tan cosmopolita, está enterrada en mierda. Es una basura heterogénea, con plásticos, metal, madera y materia orgánica entre sus principales ingredientes. Frente a esto, en la ciudad de Lagos, en Nigeria, la cantidad de basura por habitante es significativamente inferior, y la presencia de materia orgánica, restos de comida, es prácticamente inexistente. Es curioso,¿no? En sociedades más desarrolladas se tira de todo: aparatos que ya no funcionan, ropa obsoleta, móviles desactualizados, comida que sobra... En países en desarrollo, o directamente subdesarrollados, solo se desecha lo que de verdad no sirve. Y en esa calificación no entran nunca los alimentos. No se lo pueden permitir.
Casualidades de la vida, hace poco me topé con otro artículo que hablaba de la basura espacial. Sí, queridos lectores, también estamos llenando de mierda el espacio exterior. Así de chulos somos. Por lo visto, desde que en 1957 Rusia lanzó el primer Sputnik, hemos conseguido que más de 7.000 toneladas de chatarra espacial vuelen alrededor de nuestro planeta, como un halo de porquería humana, una diadema galática de inmundicias metálicas.
En noviembre de 2015, durante dos semanas cayeron restos de esta basura en diversos puntos de nuestro país: Cuenca, Alicante, Murcia... Había fragmentos de varios centímetros y también piezas de 4 m de diámetro. Pedazos de basura espacial que reentraron en nuestro planeta. Una auténtica lluvia de chatarra que no es, para nada, inusual. De hecho, la NASA ha registrado, desde hace años, una media de una pieza caída cada día, entre 50 y 100 toneladas al año.
Los riesgos derivados de la presencia de esta basura son múltiples. Daños a personas o edificios, si caen sobre la Tierra. Lío tremendo si, por ejemplo, chocan con otro satélite o la mismísima Estación Espacial Internacional. Alguna vez se ha visto algún fragmento flotando a escasos metros de ella. ¿Se está haciendo algo al respecto? Poca cosa, más allá de una norma internacional auspiciada por la ONU que no es de obligado cumplimiento. Teóricamente, los operadores de los satélites deberían dejar una reserva de combustible para reenviarlos a la Tierra una vez han agotado su vida útil, pero, oh sorpresa, no lo hacen. De hecho, en algunas ocasiones usan ese combustible sobrante para alejar los satélites de telecomunicaciones obsoletos a órbitas más lejanas para dejar sitio a los nuevos. Las posiciones en la órbita llamada GEO en la que trabajan son caras y codiciadas. Es la versión espacial de meter la porquería bajo la alfombra. Que limpien otros.
Resumiendo, podríamos decir que, poco a poco, año tras año, nos estamos enterrando en basura. Y no hay visos de cambio. Una vez más, la humanidad procrastina. Como con la igualdad de género. Como con la sostenibilidad del sistema de pensiones. Como con el cambio climático. Así que solo me queda desearnos a todos mucha mierda con este asunto.
miércoles, 7 de febrero de 2018
Turismo de calidad
Terminó FITUR hace ya un par de semanas y no deja de sonar en mi cabeza una frase muy repetida por nuestros políticos, los rojos, los azules, los naranjas. Los de la izquierda, los de la derecha, los indeterminados. La frase terminaba, su comienzo variaba, más o menos con las siguientes palabras "turismo de calidad".
Tenemos que atraer un turismo de calidad. Lo que interesa ahora es el turismo de calidad. La calidad en el turismo es lo que más nos importa. Y yo me dije, cuando los oí, ¿y qué será eso del "turismo de calidad"?
Investigando, profundizando y escuchando a nuestros políticos, rojos, azules, morados, me dí cuenta de que no se atrevían a hablar claro, pero creo que entendí el mensaje. Turismo de calidad = gente con pasta. Básicamente. Hablando en plata. Gente del taco. Gente de posibles. Gente de cuentas holgadas. Gente con su dinero en los paraísos. Fiscales, claro está.
Y no puedo estar más de acuerdo. Ya está bien de mochileros y perro-flautas que nos invanden nuestras sevillanas calles con sus liendres y malos modales. No queremos más limpiadoras de Reino Unido paseando nuestros magníficos Alcázares. Que no vengan más obreros alemanes, que lo único que hacen es beber cerveza barata.
Lo que queremos es que nuestro peatonal centro se llene de bolsos de Gucci y Louis Vuitton. De mujeres con zapatos de 200 € y 10 cm de tacón que se dejen sus venerables dineros en El Corte Inglés. De hombres que vacíen su abultada cartera en Robles, o en el Hotel Alfonso XIII. Basta ya de gente tiesa y maloliente, que no tienen ni para unos buenos carabineros, como debe ser.
Que dejen de venir a nuestra señorial ciudad en esos aviones irlandeses que parecen latas de melva en aceite de oliva. Con sus mochilas del Decathlón, y sus chándales de mercadillo. Queremos gente que vista de Adolfo Domínguez, Armani o Dolce&Gabbana. Nada de Zara o H&M. Y, por favor, los que compren en Primark, que ni piensen en venir por aquí.
Sevilla, Andalucía, se merece mucho más. Los que, por flojos y poco soñadores, no han podido pasar de clase media, que se queden en casa. Haber luchado más, que el capitalismo ofrece oportunidades para que todos seamos del taco. Que se vayan de vacaciones al parque. Que pasen el verano en la piscina municipal. Que organicen una excursión al campo, con sus mantitas y sus bocadillos envueltos en papel de aluminio. Pero que no se les pase por la cabeza si quiera coger un avión. Aquí, en Andalucía, tierra de acogida donde las haya, nos merecemos a la gente de parné, con estilo, con caché. Ni más, ni menos.
Aporofobia: odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado.
Tenemos que atraer un turismo de calidad. Lo que interesa ahora es el turismo de calidad. La calidad en el turismo es lo que más nos importa. Y yo me dije, cuando los oí, ¿y qué será eso del "turismo de calidad"?
Investigando, profundizando y escuchando a nuestros políticos, rojos, azules, morados, me dí cuenta de que no se atrevían a hablar claro, pero creo que entendí el mensaje. Turismo de calidad = gente con pasta. Básicamente. Hablando en plata. Gente del taco. Gente de posibles. Gente de cuentas holgadas. Gente con su dinero en los paraísos. Fiscales, claro está.
Y no puedo estar más de acuerdo. Ya está bien de mochileros y perro-flautas que nos invanden nuestras sevillanas calles con sus liendres y malos modales. No queremos más limpiadoras de Reino Unido paseando nuestros magníficos Alcázares. Que no vengan más obreros alemanes, que lo único que hacen es beber cerveza barata.
Lo que queremos es que nuestro peatonal centro se llene de bolsos de Gucci y Louis Vuitton. De mujeres con zapatos de 200 € y 10 cm de tacón que se dejen sus venerables dineros en El Corte Inglés. De hombres que vacíen su abultada cartera en Robles, o en el Hotel Alfonso XIII. Basta ya de gente tiesa y maloliente, que no tienen ni para unos buenos carabineros, como debe ser.
Que dejen de venir a nuestra señorial ciudad en esos aviones irlandeses que parecen latas de melva en aceite de oliva. Con sus mochilas del Decathlón, y sus chándales de mercadillo. Queremos gente que vista de Adolfo Domínguez, Armani o Dolce&Gabbana. Nada de Zara o H&M. Y, por favor, los que compren en Primark, que ni piensen en venir por aquí.
Sevilla, Andalucía, se merece mucho más. Los que, por flojos y poco soñadores, no han podido pasar de clase media, que se queden en casa. Haber luchado más, que el capitalismo ofrece oportunidades para que todos seamos del taco. Que se vayan de vacaciones al parque. Que pasen el verano en la piscina municipal. Que organicen una excursión al campo, con sus mantitas y sus bocadillos envueltos en papel de aluminio. Pero que no se les pase por la cabeza si quiera coger un avión. Aquí, en Andalucía, tierra de acogida donde las haya, nos merecemos a la gente de parné, con estilo, con caché. Ni más, ni menos.
Aporofobia: odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado.
viernes, 12 de enero de 2018
Problemas de ricos
Hace poco, leí un artículo en eldiario.es, de una mamá, creo que separada, en el que habla de sus penurias como progenitora. El texto en cuestión tiene el sugerente título de "He tenido una hija, pero no aguanto ni una tarde de parque". Toma ya.
El artículo habla de las frustaciones que mucha gente sufre cuando descubren que tener un hijo te corta las alas, pierdes libertad. Ya no puedes salir cuando quieres, ir a donde te apetece cuando te apetece, dormir hasta donde tu cuerpo aguante... Descubren, con sorpresa, que un hijo necesita de atenciones y cuidado constantes. No sé, quizás creían que iba a ser como tener un gato, que se limpia solo, que se cuida solo si te vas de escapada un fin de semana. Basta con dejarle comida y agua, que ya se apañará.
La autora del artículo habla de sus ratos en el parque con su hija como si estuviera en la cárcel, prácticamente. También relata una "grata" velada en un restaurante con su hija y otra pareja con gemelas, en la que los pobres niños acaban abducidos por las pantallas de los móviles de sus padres, que optan por esta forma tan de moda de tener a los niños "entretenidos", para poder hacer sus cosas de adultos.
No sé. El artículo me dejó un poco perplejo. ¿Qué pensaba esta mujer cuando se metió en el lío de tener un hijo? ¿Creía que iba a poder seguir con su vida tal cual? ¿Que era como tener una mascota? Vivimos en la época del yo-yo. Mi bienestar es lo más importante. Yo. Tengo derecho a ser feliz. Yo. Mi felicidad implica hacer lo que me apetezca en todo momento. Yo. Salir, entrar, viajar... Y si no conseguimos a esto, llegan las frustaciones.
Querida María, que así se llama la frustrada mamá, como a tí, no me gustan, a priori, los parques, menos los infantiles. Nunca me han gustado los niños. De hecho, y a pesar de que tengo una niña de casi 4 años, siguen sin gustarme. Mi niña, sí, la quiero con locura. Pero no por ser niña, sino por ser mi niña. Cada minuto que estoy en el parque con ella, lo disfruto. Porque la veo feliz, porque me hace reír. Porque, gracias a ella, dejo el móvil en casa, para no distraerme de esos ratos que paso con ella, que disfruto, y que sé que recordaré con mucho cariño cuando todo esto pase.
Mi mujer y yo tenemos que hacer, muchas veces, malabares para hacer nuestras "cosas de adultos". No tenemos mucha ayuda familiar, por diversos motivos, ni tampoco dinero para pagar canguros. Pero bueno, nos apañamos. No salimos mucho sin la niña, pero podríamos hacerlo de vez en cuando si quisiéramos. Es cuestión de organizarse. Te quejas, querida María, de que no puedes ir a restaurantes con la niña, porque la lía. Pues te propongo una solución muy sencilla, no lo hagas. Organízate, déjala con alguien (siempre hay alguien, es cuestión de darle al coco), y sal a cenar en plan adulto, lo disfrutarás. No te empeñes en algo que no funciona.
Cuando leo o escucho relatos como el de María, de padres y madres frustrados y frustradas (Dios, odio el lenguaje inclusivo) porque no pueden, oh my god, ir a cenar, o al cine, o viajar como antes, porque han tenido hijos, me da un poco la risa. Primero, porque no entiendo en qué pensaban que consistía la paternidad o la maternidad. Segundo, porque las frustaciones que tienen me parecen "problemas de ricos". No hablan de problemas como que su hijo tiene una enfermedad grave, o que no tienen dinero para comprarle ropa, o para pagar la guardería. Suele ser gente que tiene medios para criar a sus hijos sin problema. O para pagar un canguro. Pero se empeñan en amargarse la vida, porque se les ha complicado un poco.
Así que, queridas padres y madres modernos y modernas, quitaos esas gafas de inmadurez, bajad a la tierra, y disfrutad de vuestros hijos. No es tan complicado.
El artículo habla de las frustaciones que mucha gente sufre cuando descubren que tener un hijo te corta las alas, pierdes libertad. Ya no puedes salir cuando quieres, ir a donde te apetece cuando te apetece, dormir hasta donde tu cuerpo aguante... Descubren, con sorpresa, que un hijo necesita de atenciones y cuidado constantes. No sé, quizás creían que iba a ser como tener un gato, que se limpia solo, que se cuida solo si te vas de escapada un fin de semana. Basta con dejarle comida y agua, que ya se apañará.
La autora del artículo habla de sus ratos en el parque con su hija como si estuviera en la cárcel, prácticamente. También relata una "grata" velada en un restaurante con su hija y otra pareja con gemelas, en la que los pobres niños acaban abducidos por las pantallas de los móviles de sus padres, que optan por esta forma tan de moda de tener a los niños "entretenidos", para poder hacer sus cosas de adultos.
No sé. El artículo me dejó un poco perplejo. ¿Qué pensaba esta mujer cuando se metió en el lío de tener un hijo? ¿Creía que iba a poder seguir con su vida tal cual? ¿Que era como tener una mascota? Vivimos en la época del yo-yo. Mi bienestar es lo más importante. Yo. Tengo derecho a ser feliz. Yo. Mi felicidad implica hacer lo que me apetezca en todo momento. Yo. Salir, entrar, viajar... Y si no conseguimos a esto, llegan las frustaciones.
Querida María, que así se llama la frustrada mamá, como a tí, no me gustan, a priori, los parques, menos los infantiles. Nunca me han gustado los niños. De hecho, y a pesar de que tengo una niña de casi 4 años, siguen sin gustarme. Mi niña, sí, la quiero con locura. Pero no por ser niña, sino por ser mi niña. Cada minuto que estoy en el parque con ella, lo disfruto. Porque la veo feliz, porque me hace reír. Porque, gracias a ella, dejo el móvil en casa, para no distraerme de esos ratos que paso con ella, que disfruto, y que sé que recordaré con mucho cariño cuando todo esto pase.
Mi mujer y yo tenemos que hacer, muchas veces, malabares para hacer nuestras "cosas de adultos". No tenemos mucha ayuda familiar, por diversos motivos, ni tampoco dinero para pagar canguros. Pero bueno, nos apañamos. No salimos mucho sin la niña, pero podríamos hacerlo de vez en cuando si quisiéramos. Es cuestión de organizarse. Te quejas, querida María, de que no puedes ir a restaurantes con la niña, porque la lía. Pues te propongo una solución muy sencilla, no lo hagas. Organízate, déjala con alguien (siempre hay alguien, es cuestión de darle al coco), y sal a cenar en plan adulto, lo disfrutarás. No te empeñes en algo que no funciona.
Cuando leo o escucho relatos como el de María, de padres y madres frustrados y frustradas (Dios, odio el lenguaje inclusivo) porque no pueden, oh my god, ir a cenar, o al cine, o viajar como antes, porque han tenido hijos, me da un poco la risa. Primero, porque no entiendo en qué pensaban que consistía la paternidad o la maternidad. Segundo, porque las frustaciones que tienen me parecen "problemas de ricos". No hablan de problemas como que su hijo tiene una enfermedad grave, o que no tienen dinero para comprarle ropa, o para pagar la guardería. Suele ser gente que tiene medios para criar a sus hijos sin problema. O para pagar un canguro. Pero se empeñan en amargarse la vida, porque se les ha complicado un poco.
Así que, queridas padres y madres modernos y modernas, quitaos esas gafas de inmadurez, bajad a la tierra, y disfrutad de vuestros hijos. No es tan complicado.
viernes, 1 de diciembre de 2017
Y mientras tanto...
Un amigo lleva tiempo publicando noticias que, en un país medio decente, estarían en la portada de todos los periódicos, en los titulares de todos los telediarios, por su importancia, pero que en España están siendo fagocitadas por el ya tedioso y jartible tema catalán. Las aventuras del señor M.Rajoy de los papeles de Bárcenas, la sequía que nos asola, el agotamiento al que tienen sometido al Fondo de Reserva, casi esquilmado... Los ejemplos son múltiples, noticias que se dicen en voz baja, colocadas entre las ocurrencias de Willy Puigdefog y la última ventosidad de Cristiano. Y cada vez que lo publica, escribe siempre la misma frase: "Y mientras tanto...".
El otro día ví la magnífica entrevista que le hicieron al escritor e historiador israelí Yuval Noah Harari en una charla TED que se titulaba "Nacionalismo vs Globalización". No os creáis que soy un sesudo intelectual que conoce a un escritor e historiador israelí de exótico nombre: me lo chivó una tía mía. El tipo conoció la fama mundial con su libro "Sapiens: una breve historia de la humanidad", bestseller con más de un millón de ejemplares vendidos, un ensayo en el que, de forma amena y sencilla, hace un interesante recorrido por los más importantes acontecimientos de la humanidad que nos han traído hasta la actualidad.
En la charla, periodista y entrevistado trataban de abordar la explosiva situación mundial que vivimos ahora, con líderes populistas dirigiendo los países más importantes del planeta, un cambio climático que parece imparable, robots que poco a poco van sustituyendo al hombre en muchas actividades... La conversación es muy distendida y amena durante toda la entrevista, a pesar de la gravedad de los asuntos que se trata en ella.
Harari explica que hay una serie de problemas globales (cambio climático, migraciones...) que están siendo abordados con políticas nacionales, que nunca serán capaces de resolverlos. Aboga por una especie de entidad supranacional que tendrá que ir haciéndose cargo de estos asuntos, y ve absurdos e inútiles los movimientos nacionalistas en un mundo tan globalizado. Son, para él, reminiscencias de otra época, impropios del siglo XXI.
También comenta el escritor que deberíamos preocuparnos por los robots, que avanzan imparables sustituyéndonos en muchas labores. En la sociedad del futuro habrá gente que nunca encontrará empleo. Habrá que hablar de la renta básica universal, pero no por países, sino planetaria. Si no, no servirá para nada.
Otro tema interesante que aborda Harari es que parece que estamos entrando en un cambio de fase de la humanidad, sin quererlo, y sin saberlo, algo que ha ocurrido a lo largo de la historia. Él visualiza un futuro de robots que dejan sin trabajo a los humanos y no ve a ningún político preocupado por esto. Trump quiere poner un muro en México, dice, pero el problema le puede venir de California, donde están las empresas tecnológicas que están modelando el futuro de la humanidad.
Termina la interesantísima charla y me quedo con un sabor agridulce. Por una parte, estoy contento, me ha mostrado una nueva forma de mirar el complejo mundo en que vivimos. Por otra, me queda la sensación de que, mientras todos hablamos y vociferamos sobre Cataluña, la corrupción o el ojo de halcón, el mundo debería estar intentando solucionar los graves problemas que están ya aquí, como el cambio climático, las migraciones o la desigualdad. Y mientras tanto, nuestros políticos jugando a las elecciones. Así nos va.
El otro día ví la magnífica entrevista que le hicieron al escritor e historiador israelí Yuval Noah Harari en una charla TED que se titulaba "Nacionalismo vs Globalización". No os creáis que soy un sesudo intelectual que conoce a un escritor e historiador israelí de exótico nombre: me lo chivó una tía mía. El tipo conoció la fama mundial con su libro "Sapiens: una breve historia de la humanidad", bestseller con más de un millón de ejemplares vendidos, un ensayo en el que, de forma amena y sencilla, hace un interesante recorrido por los más importantes acontecimientos de la humanidad que nos han traído hasta la actualidad.
En la charla, periodista y entrevistado trataban de abordar la explosiva situación mundial que vivimos ahora, con líderes populistas dirigiendo los países más importantes del planeta, un cambio climático que parece imparable, robots que poco a poco van sustituyendo al hombre en muchas actividades... La conversación es muy distendida y amena durante toda la entrevista, a pesar de la gravedad de los asuntos que se trata en ella.
Harari explica que hay una serie de problemas globales (cambio climático, migraciones...) que están siendo abordados con políticas nacionales, que nunca serán capaces de resolverlos. Aboga por una especie de entidad supranacional que tendrá que ir haciéndose cargo de estos asuntos, y ve absurdos e inútiles los movimientos nacionalistas en un mundo tan globalizado. Son, para él, reminiscencias de otra época, impropios del siglo XXI.
También comenta el escritor que deberíamos preocuparnos por los robots, que avanzan imparables sustituyéndonos en muchas labores. En la sociedad del futuro habrá gente que nunca encontrará empleo. Habrá que hablar de la renta básica universal, pero no por países, sino planetaria. Si no, no servirá para nada.
Otro tema interesante que aborda Harari es que parece que estamos entrando en un cambio de fase de la humanidad, sin quererlo, y sin saberlo, algo que ha ocurrido a lo largo de la historia. Él visualiza un futuro de robots que dejan sin trabajo a los humanos y no ve a ningún político preocupado por esto. Trump quiere poner un muro en México, dice, pero el problema le puede venir de California, donde están las empresas tecnológicas que están modelando el futuro de la humanidad.
Termina la interesantísima charla y me quedo con un sabor agridulce. Por una parte, estoy contento, me ha mostrado una nueva forma de mirar el complejo mundo en que vivimos. Por otra, me queda la sensación de que, mientras todos hablamos y vociferamos sobre Cataluña, la corrupción o el ojo de halcón, el mundo debería estar intentando solucionar los graves problemas que están ya aquí, como el cambio climático, las migraciones o la desigualdad. Y mientras tanto, nuestros políticos jugando a las elecciones. Así nos va.
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