miércoles, 13 de junio de 2018

Africanos del norte

Ayer asistí a la presentación del II Informe del Observatorio de Desigualdad de Andalucía, en la preciosa Casa de las Sirenas, en la Alameda de Hércules de Sevilla. El Observatorio de la Desigualdad de Andalucía (ODA) es "una plataforma abierta y plural de colectivos, entidades, grupos de investigación y personas interesadas en colaborar en el análisis de las desigualdades existentes en Andalucía y en contribuir a la difusión, divulgación, y construccióncolectiva de propuestas para reducirlas". Cada año tienen intención de presentar un informe sobre la desigualdad en nuestra comunidad autónoma. En este II Informe, han centrado "la atención en algunos de los problemas que -relacionados con la falta de cohesión social, la discriminación y la pobreza- están afectando a las condiciones de vida de buena parte de la población residente en Andalucía".

La mañana se presentaba primaveral, con la ciudad espectacular, como suele lucir en esta estación. Una mañana de esas en las que parece que todo está de estreno, nuevo, lleno de colory brillo. Llegué a la sala donde se celebraba el acto con un cuartito de hora de retraso, y me encontré con un espacio lleno a rebosar de asistentes: gente de distintas asociaciones, medios de comunicación, universitarios... Hablaba Juan Torres, autor del prólogo del informe, sobre desigualdad, haciendo hincapié en el aspecto medioambiental del tema, de cómo el agotamiento de recursos a que estamos sometiendo al planeta es el problema más importante que tenemos sobre la mesa, de cómo esta circunstancia no hará más que aumentar, a su vez, la desigualdad.

 
Luego habló la profesora Mª Carmen López, de la Universidad Loyola Andalucía, que hizo un breve resumen del informe, que consta de 7 capítulos en los que se tratan temas tan variados e interesantes como las desigualdades territoriales en España, la lucha contra el fraude o la robotización y el empleo. Me pareció muy interesante el planteamiento que hizo en cuanto a la medición del progreso, presentando una alternativa al PIB per cápita, llamada Índice de Progreso Social, ideado por la organización Social Progress Imperative. Este índice tiene en cuenta, al contrario que la renta per cápita, no solo el aspecto puramente económico, sino otros elementos muy importantes en nuestro bienestar como la nutrición, la salud o la educación. Fue curioso constatar que, según la renta per cápita, Andalucía es la penúltima comunidad en España. Según el Índice de Progreso Social, la última.

Pero lo mejor vino con la ponencia del profesor Manuel Delgado, de la Universidad de Sevilla, autor del capítulo Extractivismo y Sostenibilidad. Andalucía en la División Territorial del Trabajo, en el que aborda, entre otros asuntos, la diferencia entre las economías de las distintas comunidades autónomas que componen España. En la charla habló de cómo las economías de Madrid, País Vasco y Cataluña, suponen casi la mitad del PIB español y, sin embargo, tan solo suministran el 3 % de las materias primas y la energía del país. Por el otro lado, Andalucía es la comunidad que más materias primas y energía suministra (19 %), siendo su PIB tan solo el 13 % del total del país, muy inferior a la población, que representa el 18 % de la total española. La diferencia entre la riqueza que produce y lo que suministra es, pues negativa, como se puede ver en la figura siguiente.



¿Y qué significan estos números tan farragosos? Pues, básicamente, que somos los africanos de España, salvando las distancias, claro está. Nuestra economía produce o suministra materias primas y energía a otras comunidades para que estas manufacturen productos más complejos y rentables. Andalucía añade poco valor a sus recursos, de forma que la riqueza que podríamos generar se va a otras comunidades de economías más especializadas y diversificadas, como Madrid, País Vasco o Cataluña. El profesor Delgado comentó que prefería hablar de "comunidades enriquecidas", más que de "comunidades ricas". Son ricas, sí, pero a costa de exprimir a las más pobres. ¿Os suena la historia?

Otro comentario que me pareció interesante, y a la vez desolador, es el que hizo sobre el vertedero de fosfoyesos situado en la desembocadura del Odiel, en Huelva, el mayor caso de contaminación industrial de Europa. Contaba el profesor Delgado que en los años 90, un miembro del Banco Mundial explicó que, en el caso de la ubicación de los vertederos, lo más rentable económicamente era situarlos en zonas de poca riqueza, con bajos salarios. Así se garantizaba que las pérdidas económicas derivadas de las consecuencias del vertedero serían menores. Y allí están las balsas de fosfoyesos, en Huelva. Asqueroso, ¿no?



Algunos de los autores del informe llevan décadas estudiando estos temas, conociendo estos números. Y lo que más me sorprende es que, llevando el mismo partido más de tres décadas en el gobierno autonómico, no ha conseguido cambiar esta circunstancia: Andalucía sigue siendo una África del norte, un pequeño continente del que las regiones más ricas de España siguen extrayendo recursos, ya sean materiales o personales. Y no las culpo. Son más listas, más inteligentes, y han conseguido ser las más ricas, sin tener los recursos suficientes. ¿A qué se han dedicado nuestros gobernantes estos más de 30 años? ¿Qué plan tienen para los próximos 30? Visto lo visto, me temo que ninguno. Seguiremos siendo los africanos del norte.


viernes, 4 de mayo de 2018

La selección española

No, no voy a hablar de esos muchachos que ganan un pastizal por pegarle patadas a una pelota, mientras visten una camiseta roja, de cuyos valores, desconocidos para mí, hablan todos los periodistas y políticos, sobre todo en épocas de bonanza, cuando ganan títulos.

De lo que voy a escribir es de la peculiar capacidad patria de poner en los puestos de más poder y enjundia a las personas menos adecuadas para ello. La selección española se caracteriza por pensar más en el ser que en el hacer. En la balanza de la selección española pesa más quién eres que lo que haces. Tus apellidos por encima de tus experiencias. Tus títulos nobiliarios por delante de los educativos. Mejor si eres un chupaculos que una persona sincera. Mejor el "sí, bwuana" que el "no estoy de acuerdo". En nuestro país cuentan más tus años en el partido que los que te hayas pasado operando a corazón abierto. Si has mostrado algún asomo de rebeldía y contestación no llegarás nunca arriba. Ni en política, ni en la universidad, ni en la empresa privada. A continuación, algunos ejemplos.


Cristina Cifuentes. Cómo no, la expresidenta madrileña tenía que aparecer en estas líneas. No dudamos de su capacidad, formación y experiencia, aunque sus ascensos apestan a "te promocionamos porque eres de los nuestros". Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), se afilia a Alianza Popular en 1980, ¡con dieciséis añitos! En 1990 ingresa como funcionaria en la UCM, pero, ay, justo al año siguiente obtiene escaño en la Asamblea de la Comunidad de Madrid y comienza su andadura de interminables cargos políticos. En 2012, cuando ya estaba el vídeo del "episodio" de las cremas en algún cajón de Génova, Rajoy la nombra Delegada del Gobierno en Madrid. ¿Qué méritos tenía Cifuentes para ser Delegada del Gobierno? ¿Sus 32 años en el partido? Experiencia laboral, poca, o ninguna. Trayectoria profesional, escasita. Conocimientos de extracción gratuita de productos de belleza en supermercados, bastantes. Auténtica selección española.


Ricardo González. El famoso juez discrepante de la sentencia de La Manada. El tipo que pedía la absolución de los cinco acusados. Los cinco "valientes" que acorralaron a una chavala de 18 años en un portal durante los Sanfermines de 2016 y la violaron sexualmente de forma continuada y repetida. Este tipejo, en su escrito en la sentencia, dijo, entre otras perlas, cosas como que, en los vídeos grabados por los acusados, sólo observa a cinco varones y una mujer practicando "actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo". Personas como este juez llegan a sus puestos tras aprobar unas duras oposiciones en las que tienen que estudiar, de memoria, la ley, y poco más. No les piden una trayectoria que demuestre conocimiento de la sociedad. Ni sensibilidad. Ni empatía. Una persona con treintaypocos años, que lleva estudiando desde su niñez, y lleva encerrada en una habitación, estudiando, unos cuantos años tras haber terminado la carrera, aprueba unas oposiciones y se pone a impartir justicia. Sin más. Justicia, nada más y nada menos. Dictando sentencias que condicionan las vidas de muchas personas, sin haber casi vivido la suya. Auténtica selección española.


Susana Díaz. La presidenta de la Junta de Andalucía es licenciada en Derecho por la Universidad de Sevilla. Según dicen en Wikipedia, tardó diez años en obtener el título porque tuvo que compatibilizar los estudios con trabajos esporádicos de clases particulares y venta de cosméticos a domicilio. Quizás podría haber asesorado a Cifuentes y no habría tenido que robar en el Eroski. Ingresó con 17 añitos en las Juventudes Socialistas, casi como hizo su ex-colega madrileña. A partir de aquí, todo es política. Parlamentaria andaluza, diputada nacional, senadora, consejera, secretaria general... hasta que, en 2013, llega a la presidencia de la Junta de Andalucía, tras unas polémicas primarias socialistas, en las que ganó tras un dedazo del anterior presidente, Griñán. Experiencia laboral casi nula. Méritos profesionales, desconocidos. Idiomas, seguro que inglés nivel medio, hablado y escrito, como todos los españoles. Bullshit. Auténtica selección española.


Y podríamos seguir indefinidamente. Vivimos en un país que no premia el mérito y la experiencia, sino el empolle memorístico y chupamiento de traseros. Que no fomenta la innovación y la investigación, sino el papanatismo partidista y el inmovilismo de la administración. Somos el país donde los jueces se dedican a hacer política y los políticos a juzgar a los jueces. Donde la gente dimite por un vídeo de un hurto, y no por un título falso. El país de los misteriosos currículum menguantes de muchos políticos. Y esta gente que colocamos en los puestos de poder, por ser quienes son, y no por lo que han hecho en su vida, son los que deciden sobre las nuestras. Así nos va.

martes, 24 de abril de 2018

No, no hay que salvar el planeta

El pasado domingo fue el Día de la Tierra. Como tantas otras veces, pudimos escuchar o leer el mensaje más repetido de "Salvemos el planeta". Es un mensaje que, cada vez más, me chirría y me molesta. Por su prepotencia, por su antropocentismo.

Vivimos en el antropoceno, época geológica propuesta por parte de la comunidad científica para definir el momento en que vivimos, en el que el impacto de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres está siendo tan significativo. Hay otros científicos que opinan que esta es una definición más política que geológica, y todavía no hay una declaración "oficial" sobre el asunto, pero es evidente que el planeta está cambiando, y mucho, "gracias" a nuestra existencia.


Pero de ahí a decir que la lucha contra el cambio climático debe tener como objetivo la salvación del planeta hay un mundo. Hace poco leí un artículo en la revista National Geographic sobre la recuperación de la ciudad de Alepo, en Siria, después de la guerra. Esta ciudad, la más poblada de Siria, con más de 4 millones de habitantes antes del comienzo del conflicto, fue recuperada por el gobierno hace poco más de un año y lucha desde entonces por volver a la normalidad. En el artículo se ven fotos de edificios destruidos, calles arrasadas y montañas de escombros. Pero me llama la atención la presencia, serena y majestuosa, de ordenadas filas de árboles con su joven y lozano follaje de primavera en pleno crecimiento. Por ellos no parece haber pasado la guerra, parecen recuperados de los impactos que han podido recibir, de balas, de obuses, de armas químicas.


Hay una foto que me impactó especialmente. En ella se ve el Parque Público de Alepo, sin rastro de la guerra. Se ve una calle asfaltada, flanqueada por bordillos de adoquines y bancos de hierro y madera. Hay gente sentada en ellos, y también en sillas de plástico. Parecen disfrutar de una tarde tranquila. Unos charlan, otros fuman en cachimba. Se respira paz bajo la sombra de la tupida vegetación, que parece haber resistido de forma heroica, los duros y violentos años de esta interminable guerra.

 
Y cuando veo estas fotos, estas imágenes de calles destruidas con árboles sanos, vivos, que continúan creciendo, con enérgica tozudez, soy consciente de la tremenda fuerza de la naturaleza, de su inercia llena de vida, y de lo poco que le importan nuestras actividades, ya sean tiempos de guerra o de paz.


Creo que el mensaje de los ecologistas, o de muchos de ellos, yerra cuando habla de "salvar el planeta". Centra la lucha contra el cambio climático en el objetivo de evitar el daño sobre la Tierra, casi por motivos morales o ideológicos, cuando los que en realidad nos jugamos la existencia en todo esto somos nosotros, la humanidad. Al planeta le da igual nuestra actividad o nuestro impacto, hablando en plata. Los animales, los ecosistemas se adaptarán a la nueva situación. Algunas, seguramente muchas, especies, desaparecerán, pero, en términos geológicos, no seremos más que un episodio más en esta larga película que es la existencia del planeta azul, que nos sobrevivirá, seguro. Los que lo tenemos crudo somos nosotros. Los que podemos desaparecer, en una especie de suicidio colectivo sinsentido, somos nosotros. Por eso, no, no hay que salvar el planeta. Nos tenemos que salvar a nosotros mismos.

jueves, 5 de abril de 2018

Sayonara, Whatsapp

Ya hace quince días que tengo el móvil en el taller, los mismos días que llevo sin la celebérrima aplicación de mensajería instantánea llamada Whatsapp. El "patatófono" que estoy usando como sustituto no tiene capacidad para manejar la ingente cantidad de información que gestiona Whatsapp, así que estoy en una especie de "barbecho whatsappero".

Los primeros días fueron difíciles. Como si de una desintoxicación se tratara, me sentía incómodo, vacío, falto de algo, con síndrome de abstinencia. Miraba el móvil sustituto, buscando la lucecita blanca que, en la esquina superior derecha del móvil defenestrado, me anunciaba la llegada a mi bandeja de entrada de algún mensaje de algún amigo-contacto. Lo sé, me estoy perdiendo los mejores memes, los últimos vídeos semanasanteros. Las mejores chorradas sobre el asunto Cifuentes. El sempiterno negro de Whatsapp.


Pero, curiosamente, a los pocos días de comenzar el "tratamiento" se me empezó a quitar el "mono" y todo fue a mejor. Dejé de mirar el móvil cada dos por tres. Comencé a estar en lo que hacía, sin interrupciones. Ya no mandaba whatsapps mientras veía una peli. No miraba el móvil mientras le daba de comer a mi niña. No iba por la calle mirando una pantallita, poniendo en riesgo mi integridad física.

Así que, el otro día, en un momento de lucidez, mientras reflexionaba sobre todo este proceso de desintoxicación whatsappera pensé: "mi vida ha mejorado desde que no tengo Whatsapp, ¿por qué no me quito?" Ahí fue cuando decidí probar a dejarlo, a ver qué sucedía.


No niego la utilidad de la, por otro lado, demoníaca aplicación que nos tiene secuestrados a todos. Nos permite crear grupos para organizar diversas actividades, grupos en los que, a la vez, se pierde mucho el tiempo en tonterías y gilipolleces varias. Nos da la posibilidad de estar en contacto con gente a la que no podemos ver, por la distancia, pero la realidad es que apenas lo uso para eso. Nos da acceso a relacionarnos con mucha gente, pero no llegamos a profundizar con casi nadie, en realidad. ¿Con cuántos nos vemos, nos tomamos un café, mantenemos el contacto físico?

Me acordaba el otro día de una amiga valenciana que vive en Madrid. La tengo en whatsapp, y en Facebook, y nos escribimos, de vez en cuando. De todos mis amigos "lejanos" -lejanos por la distancia que nos separa- es a la que más veo. Poco, por otra parte, una vez cada dos años, un café, una comida, y poco más. Sin embargo, son estos ratitos los que mantienen la cercanía y la complicidad, y no los mensajes que nos enviamos por Whatsapp. Ratitos en los que nos vemos, escuchamos nuestras voces, nuestras risas, el ruido que hacemos al comer.


En estas dos semanas que llevo sin la aplicación he recibido más llamadas que en los 6 meses anteriores, seguramente. Y me ha gustado la experiencia. Hablar con amigos, ir al grano, no marear la perdiz, no cambiar mil veces de plan... son sensaciones que creía perdidas. Ir andando por la calle y no hacer nada más. Ver la tele, leer, comer sin interrupciones. Ufff, ha sido todo un subidón y por eso he decidido que voy a probar a volver a la vida sin mensajes instantáneos. Seguiré siendo accesible, por teléfono o por mail, a la antigua usanza. Incluso podéis venir a verme a casa, como hacíamos antaño. También seguiré en Facebook, por ahora. Pero voy a intentar vivir sin la aplicación esa que, además, le regala nuestros datos al mejor postor. Así que, parafraseando al exgobernador de California, Sayonara, Whatsapp.

viernes, 23 de marzo de 2018

¡Es un escándalo, en la universidad se trapichea!

En una de las escenas más memorables del cine, en la película Casablanca, de los hermanos Marx, el capitán Renault ordena cerrar el café de Rick Blaine, interpretado por Humphrey Bogart. Éste, estupefacto, le pregunta al capitán, cliente habitual del establecimiento, por el motivo del cierre. La respuesta de Renault, una de las más recordadas en Hollywood: "¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega".

Estos días, a raíz del asunto del máster de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, me he acordado mucho de esta escena, ante la multitud de expertos y tertulianos escandalizados por el tema. También he recordado mis años de universidad y mi experiencia como alumno de máster. Y no entiendo a qué viene tanto escándalo, la verdad.

A todos los que están diciendo que esto no representa a la universidad en España, que es una raya en el agua, un grano en la arena de la playa, les puedo decir que no. No sé si es extensible a toda la geografía universitaria española, pero, según mi experiencia y la de muchos amigos, la universidad es, en gran parte, cutre, antigua, endogámica y clientelar. Enemiga de lo nuevo, de lo que viene de fuera. Lenta en sus reacciones, tendente a echar tierra sobre los problemas, más que a solucionarlos. Os puedo hablar de las dinastías que siguen funcionando en la escuela que estudié, la de Arquitectura de la Universidad de Sevilla. Cómo, misteriosamente, aparecen los hijos de algunos profesores como asociados en sus propios departamentos. No dudo de su valía, pero, ¿no había sitio en otra universidad, que han tenido que quedarse en la de sus progenitores para así alimentar las sospechas de tongo de gente tan desconfiada como yo?


En cuanto a lo de los másteres, os cuento mi experiencia. Sí, lo confieso, soy máster, no del universo, pero sí por la Universidad Politécnica de Madrid. Pero empecemos por el principio. Hace unos 10 años me matriculé en un máster de la Universidad de Sevilla. "Ciudad y Arquitectura Sostenibles", creo que se llamaba. En las dos primeras semanas de clases asistí a una serie de charlas en general bastante aburridas, algunas poco o nada relacionadas con el título del máster. Algunos parecían haber venido a "hablar de su libro". Otros parecían pasar por allí, a hacer caja. El colmo fue cuando una profesora a la que conocía, especialmente incompetente, se puso a hablarnos de los contenedores de reciclaje: el azul para el papel, el amarillo para los envases... En ese momento, decidí que aquello no era para mí y cancelé la matrícula.


Tras esta amarga experiencia, y después de mucho buscar, me matriculé en otro máster. Era el comienzo de la crisis y nos vendieron que había que formarse, reciclarse, para ser más competitivos en el mercado laboral. Esta vez se llamaba "Medio Ambiente y Arquitectura Bioclimática", de la Universidad Politécnica de Madrid, un máster de prestigio, eso me dijeron. Por 6.000 € de nada estuve yendo durante un curso a Málaga, todos los fines de semana. Sí, se impartía allí. Éramos como la sucursal sureña de la UPM, como si de un Starbucks se tratara. Los módulos se fueron sucediendo a lo largo del curso, con más o menos acierto, con mejores y peores ponentes, con poca profundidad en la temática, en general. Lo peor llegó con el Trabajo Fin de Máster, en el que nos soltaron como barcos a la deriva. Mal dirigido, apenas tutorizado. La sorpresa final vino cuando, tras felicitarme mi tutora por el trabajo realizado (tres veces creo que me vio, en unos 9 meses que estuve trabajando en el tema), el tribunal que me califica me planta un 6,5 de nota. Pregunté, critiqué, intenté averiguar el porqué de la contradicción. Todavía estoy esperando una respuesta.


Cutrez es la sensación que siempre he tenido con la universidad en Sevilla, y supongo que también con la española. No digo que sea generalizada, pero está muy extendida. Y es evidente que hay una burbuja de másteres y cursos de postgrado que justifican la existencia de muchos profesores, además de engordar sus cuentas bancarias, aprovechándose de la falta de futuro laboral de muchísimos jóvenes, que creen necesario complementar su formación para poder acceder al desértico mercado laboral español. Másteres como el que parecen haber regalado a Cifuentes, montados más como negocio que como lo que realmente deberían ser. Mal atendidos por profesores que, estirando la dimensión del tiempo, se multiplican en cursos de postgrado y direcciones de tesis, sin profundizar realmente en su trabajo, haciendo caja, principalmente. Incluso podría hablarse de una especie de "burbuja doctoral", como explican en este artículo de El Mundo.


Por todo esto, lo del máster de Cifuentes, si se confirma que ha sido tongo, no me extraña nada. Y que no digan que es cosa de la Universidad Juan Carlos I. Si se pusieran a investigar, sacarían mucha porquería de debajo de las doctas alfombras de nuestras magnas universidades patrias. Enchufes, endogamia, investigaciones falseadas, favoritismos, peleas entre departamentos...Algo que muchos periodistas podrían hacer, en vez de dedicar el tiempo a hablar de que nieva en invierno o de que a Cristiano Ronaldo se le ha roto una uña.


jueves, 15 de marzo de 2018

Mucha mierda

"Mucha mierda". Con esta expresión se desean suerte los actores y las actrices cuando están entre bambalinas, con los nervios propios de la profesión. Pero no voy a hablar de esto, aunque sí de mierda. De la que producimos cada día y de cómo la estamos gestionando, de forma nefasta para el planeta. Y para nosotros.

Hace algunas semanas, mi mujer se encontró a mi hija contemplando ensimismada la basura. Tenía el dedo manchado de papilla, papilla que yo había tirado el día anterior. Con sus ojos enormes, escrutadores, inteligentes, le preguntó a su madre: "¿Por qué habéis tirado la papilla? Está buena." Cuando mi media naranja me lo contó, yo acababa de leer un artículo en El País Semanal que se titulaba "La basura nos devora", en el que se hablaba de los residuos que produce la humanidad y de cómo se están convirtiendo en un problema. Y algo me hizo clic en la cabeza.


No voy a entrar en detalles, ni os voy a marear con números. El artículo lo leí hace dos meses y mis neuronas cuarentonas ya no retienen tanto como antaño. Pero sí que os voy a compartir algunas ideas que pude almacenar porque me llamaron la atención. La ciudad que más basura por habitante produce del mundo es Nueva York. Sí, Manhattan, tan moderna, tan cosmopolita, está enterrada en mierda. Es una basura heterogénea, con plásticos, metal, madera y materia orgánica entre sus principales ingredientes. Frente a esto, en la ciudad de Lagos, en Nigeria, la cantidad de basura por habitante es significativamente inferior, y la presencia de materia orgánica, restos de comida, es prácticamente inexistente. Es curioso,¿no? En sociedades más desarrolladas se tira de todo: aparatos que ya no funcionan, ropa obsoleta,  móviles desactualizados, comida que sobra... En países en desarrollo, o directamente subdesarrollados, solo se desecha lo que de verdad no sirve. Y en esa calificación no entran nunca los alimentos. No se lo pueden permitir.

Casualidades de la vida, hace poco me topé con otro artículo que hablaba de la basura espacial. Sí, queridos lectores, también estamos llenando de mierda el espacio exterior. Así de chulos somos. Por lo visto, desde que en 1957 Rusia lanzó el primer Sputnik, hemos conseguido que más de 7.000 toneladas de chatarra espacial vuelen alrededor de nuestro planeta, como un halo de porquería humana, una diadema galática de inmundicias metálicas.


En noviembre de 2015, durante dos semanas cayeron restos de esta basura en diversos puntos de nuestro país: Cuenca, Alicante, Murcia... Había fragmentos de varios centímetros y también piezas de 4 m de diámetro. Pedazos de basura espacial que reentraron en nuestro planeta. Una auténtica lluvia de chatarra que no es, para nada, inusual. De hecho, la NASA ha registrado, desde hace años, una media de una pieza caída cada día, entre 50 y 100 toneladas al año.

Los riesgos derivados de la presencia de esta basura son múltiples. Daños a personas o edificios, si caen sobre la Tierra. Lío tremendo si, por ejemplo, chocan con otro satélite o la mismísima Estación Espacial Internacional. Alguna vez se ha visto algún fragmento flotando a escasos metros de ella. ¿Se está haciendo algo al respecto? Poca cosa, más allá de una norma internacional auspiciada por la ONU que no es de obligado cumplimiento. Teóricamente, los operadores de los satélites deberían dejar una reserva de combustible para reenviarlos a la Tierra una vez han agotado su vida útil, pero, oh sorpresa, no lo hacen. De hecho, en algunas ocasiones usan ese combustible sobrante para alejar los satélites de telecomunicaciones obsoletos a órbitas más lejanas para dejar sitio a los nuevos. Las posiciones en la órbita llamada GEO en la que trabajan son caras y codiciadas. Es la versión espacial de meter la porquería bajo la alfombra. Que limpien otros.


Resumiendo, podríamos decir que, poco a poco, año tras año, nos estamos enterrando en basura. Y no hay visos de cambio. Una vez más, la humanidad procrastina. Como con la igualdad de género. Como con la sostenibilidad del sistema de pensiones. Como con el cambio climático. Así que solo me queda desearnos a todos mucha mierda con este asunto.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Turismo de calidad

Terminó FITUR hace ya un par de semanas y no deja de sonar en mi cabeza una frase muy repetida por nuestros políticos, los rojos, los azules, los naranjas. Los de la izquierda, los de la derecha, los indeterminados. La frase terminaba, su comienzo variaba, más o menos con las siguientes palabras "turismo de calidad".

Tenemos que atraer un turismo de calidad. Lo que interesa ahora es el turismo de calidad. La calidad en el turismo es lo que más nos importa. Y yo me dije, cuando los oí, ¿y qué será eso del "turismo de calidad"?

Investigando, profundizando y escuchando a nuestros políticos, rojos, azules, morados, me dí cuenta de que no se atrevían a hablar claro, pero creo que entendí el mensaje. Turismo de calidad = gente con pasta. Básicamente. Hablando en plata. Gente del taco. Gente de posibles. Gente de cuentas holgadas. Gente con su dinero en los paraísos. Fiscales, claro está.

Y no puedo estar más de acuerdo. Ya está bien de mochileros y perro-flautas que nos invanden nuestras sevillanas calles con sus liendres y malos modales. No queremos más limpiadoras de Reino Unido paseando nuestros magníficos Alcázares. Que no vengan más obreros alemanes, que lo único que hacen es beber cerveza barata.

Lo que queremos es que nuestro peatonal centro se llene de bolsos de Gucci y Louis Vuitton. De mujeres con zapatos de 200 € y 10 cm de tacón que se dejen sus venerables dineros en El Corte Inglés. De hombres que vacíen su abultada cartera en Robles, o en el Hotel Alfonso XIII. Basta ya de gente tiesa y maloliente, que no tienen ni para unos buenos carabineros, como debe ser.

Que dejen de venir a nuestra señorial ciudad en esos aviones irlandeses que parecen latas de melva en aceite de oliva. Con sus mochilas del Decathlón, y sus chándales de mercadillo. Queremos gente que vista de Adolfo Domínguez, Armani o Dolce&Gabbana. Nada de Zara o H&M. Y, por favor, los que compren en Primark, que ni piensen en venir por aquí.

Sevilla, Andalucía, se merece mucho más. Los que, por flojos y poco soñadores, no han podido pasar de clase media, que se queden en casa. Haber luchado más, que el capitalismo ofrece oportunidades para que todos seamos del taco. Que se vayan de vacaciones al parque. Que pasen el verano en la piscina municipal. Que organicen una excursión al campo, con sus mantitas y sus bocadillos envueltos en papel de aluminio. Pero que no se les pase por la cabeza si quiera coger un avión. Aquí, en Andalucía, tierra de acogida donde las haya, nos merecemos a la gente de parné, con estilo, con caché. Ni más, ni menos.

Aporofobia: odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante el pobre, el que no tiene recursos o el que está desamparado.