Vivimos en un país, sobre todo en su mitad Sur, en el que la palabra ha pasado a tener una función más de adorno que de otra cosa. Hoy en día la utilizamos para aparentar que somos puntuales, que nos acordamos de los amigos, que somos de izquierdas o de derechas... sin importarnos que luego los hechos desmientan nuestros dichos. Por aquí por mi tierra, por Andalucía, hay mil ejemplos. "A ver si nos vemos" puede significar "lo más seguro es que no te llame en años". "Luego te llamo" se puede traducir en un "tengo que hacer mil cosas y si me queda algo de tiempo a lo mejor te llamo, si eso". "Quedamos de nueve a nueve y media" se convertirá, seguramente, en "bufff, no creo que llegue antes de las diez".
Y con los móviles esto no ha hecho más que empeorar. Expresiones como "estoy saliendo", "llego en cinco minutos", "no me llegó tu sms", "no ví tu llamada", se han convertido en habituales habitantes de nuestras conversaciones, aceptadas por todos como carentes de significado, como una manera cómoda y fácil de hacer mutis por el foro ante el incumplimiento de la palabra dada.
Me acuerdo mucho de una vez que mi padre me dijo que el lenguaje es el sistema de comunicación menos imperfecto que conocemos, y que, por tanto, tiene sus limitaciones. Si nos dedicamos a dejarlo sin significado, a desvestir a las palabras de su verdadero contenido, será difícil que lleguemos a entendernos y a tomarnos en serio. Todo esto hace que la sociedad en que vivimos sea más desconfiada, menos responsable, más egoísta. Estaría bien que recuperáramos las palabras en todo su significado. Que llamáramos después de un "luego te llamo". Que llegáramos a las diez si hemos quedado a esa hora. Que nos viéramos si hemos dicho "a ver si nos vemos". Viviríamos, entonces, en un mundo mucho mejor que éste.
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