En el día después de las manifestaciones en Caracas, pro-Maduro y pro-Guaidó, y el previo al reconocimiento por parte de España del segundo como legítimo presidente de Venezuela, sigo preguntándome por qué Venezuela interesa a tantos políticos a este, y al otro, lado del Atlántico. ¿Angela Merkel está superpreocupada por el destino de un país que le queda a miles de kilómetros geográficos y a años luz culturales? ¿Le influye a un francés lo que pase en Caracas? ¿Les quita el sueño a Rivera, Casado y Sánchez la dura vida de muchos venezolanos, que no tienen para comer? ¿Pierde el sueño Trump por el sufrimiento de millones de compatriotas de Maduro y Guaidó? No me lo parece, pero, por si acaso, les voy a recordar otros países a los que también podrían ayudar, y así aprovechamos ese ansia democratizadora que les ha entrado a nuestros gobernantes y políticos.
Arabia Saudí. Viven en una monarquía absoluta, donde no existen los partidos políticos y las mujeres son tratadas como si fueran niñas, o peor. Les vendemos, gustosamente, armas, barcos y trenes de alta velocidad.
China. Uno de los pocos estados comunistas que quedan en el mundo. País donde los derechos humanos son sistemáticamente vulnerados, donde la censura está a la orden del día, donde se reprimen las manifestaciones y se usa en exceso la pena de muerte. En el puesto 173 de 179 del Índice Anual de Libertad de Prensa Mundial de Reporteros sin Fronteras. les compramos de todo.
Siria. País en guerra desde marzo de 2011, gobernado desde 1970 por la familia Asad. Su constitución da un control casi absoluto al partido del Presidente, Baaz, sobre los tres poderes del Estado. Entre 320.000 y 450.000 personas han muerto en la guerra civil. Desde hace años, no le interesa a nadie su futuro.
Rusia. Sobre el papel, una democracia representativa. En la realidad, un régimen autocrático gobernado por el putinismo. País que se anexiona territorios a placer (Crimea) que no llega al 3 sobre 10 en el Índice Democrático de The Economist. Tratamos con ellos de forma natural, no problem.
Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos. Países árabes en los que, en mayor o menor grado, la mujer es una ciudadana de segunda (En Qatar, por ejemplo, una mujer violada puede ser condenada por adulterio) en los que la Sharia o Ley Islámica dicta las normas legales en muchos aspectos de la vida. Les compramos y vendemos de todo, incluso jugadores de fútbol camino de la jubilación.
Y estos son solo algunos ejemplos de países de los que también podrían hablar nuestros políticos, si lo que quieren es que se extienda la democracia por todo el mundo. Pero su agenda está marcada, cada vez más, por lo que dicen los medios. Y si los medios deciden que lo que pasa en Venezuela es capital, allá que van los políticos, como los ratones que siguen al flautista de Hamelin. Y no dirán nada sobre los atropellos que se siguen cometiendo en China, Arabia o Rusia. Las audiencias mandan en la política, en realidad. Y lo que ocurra en Venezuela, francamente, les importa un bledo.
Nota: ¿sabéis lo que es un bledo? Bledo es una planta de la familia quenopodiácea, de tallo rastrero, con hojas triangulares de color verde y flores rojas. El nombre científico de la planta bledo es “amaranthus” viene del origen griego “amaratos” que significa “no marchitable”. Comestible.
domingo, 3 de febrero de 2019
martes, 15 de enero de 2019
Querida Susana
Nuestra querida expresidenta (si
no cae un meteorito sobre el Parlamento y jode el debate de investidura de los
días 15 y 16 de enero y Juanma Moreno no la desbanca) ha escrito una carta "a las andaluzas y andaluces" en la
que arremete contra la alianza de "las derechas" que gobernará
nuestra comunidad en los próximos años. Es una carta, a mi juicio, escrita por
una persona dolida y herida que no parece enterarse de lo que ha ocurrido, y lleva
ocurriendo desde que apareció el movimiento 15-M allá por 2011: un descontento hacia la clase política cada vez mayor entre el electorado de izquierdas. Paso a analizar
la carta, a modo de comentario de texto como aquellos que hacíamos en el
instituto, cuando algunos todavía teníamos pelo, para aclararle algunos
equívocos en los que incurre.
En
el primer párrafo sigue con el mantra que lleva repitiendo desde que tuvieron
lugar las elecciones: hemos ganado. Ay, Susana, que no se entera, que en
democracia no tiene por qué gobernar el que gana. Y si no, ¿qué diablos hace su
compañero, Pedro, viviendo en el Palacio de la Moncloa? Termina el párrafo
diciendo que "Siendo la primera fuerza política, la mayoría lograda en las urnas
no alcanza para seguir por el camino de progreso que iniciamos en mayo de
1982." Camino
de progreso, dice. Esto es una media verdad. No se puede negar el gran avance
de que ha disfrutado Andalucía en estos 36 años, pero ha sido a remolque del
resto de España, a un ritmo bastante inferior al de otras comunidades, y sin
cambiar nuestra posición con respecto a ellas: seguimos siendo una de las
regiones más pobres de Europa. Así que, progreso sí, pero a medias. Y esto, a
muchos de nosotros, nos tiene muy quemados, con la sensación de que se podría
haber hecho mucho más, y mejor.
En el segundo párrafo
critica que Ciudadanos y PP se apoyen en VOX para gobernar. Llega a decir que
"En Europa no se le hace el juego al extremismo ultra".
Supongo que no se informa en los medios adecuados. Voy a intentar ayudarle un
poco con esto, poniéndole algunos ejemplos. En Dinamarca, el gobierno conservador
consiguió aprobar los presupuestos el pasado diciembre con el apoyo de la
ultraderecha. A cambio, entre otras medidas, los radicales han conseguido que
una isla se convierta en un centro de reclusión para inmigrantes que, además de extranjeros con antecedentes, acogerá a supuestos
yihadistas retornados e inmigrantes a los que se haya denegado el permiso de
residencia o el estatus de refugiado. En Austria gobiernan
los conservadores en coalición con el Partido de la Libertad de Austria, de
ultraderecha. El eje central de sus propuestas políticas: las medidas
antiinmigración. En Italia gobierna el Movimiento 5 Estrellas en coalición con
la Liga, partido ultraderechista. Ya conocemos lo que piensan de los
inmigrantes que intentan llegar a sus costas cruzando el Mediterráneo. Así que
no, no diga que somos una excepción. Hay mundo más allá de Despeñaperros. Si
usted lo hubiera tenido en cuenta, a lo mejor se habría tomado más en serio la
aparición de VOX y habría hecho algo para contener su crecimiento. Es el
problema que tienen la soberbia y la complacencia.
En el tercer párrafo dice usted que el "autogobierno
nos ha garantizado avanzar en igualdad con un modelo de cohesión social y
territorial". Mmmmmm, no sé. Seguimos siendo una región muy desigual,
con algunos de los barrios más pobres de España situados en nuestra
capital. Las mejores infraestructuras se siguen construyendo centralizadas en
Sevilla. Provincias como Huelva, Jaén o Almería le podrían discutir el tema de
la cohesión territorial de la que usted habla, con poquísimos kilómetros de autovías y líneas ferroviarias impropias del s.XXI.
Se le llena la boca con los logros de la autonomía, pero no
habla de un sistema educativo con muchas deficiencias, con clases saturadas de
alumnos, con equipamientos de última tecnología que nadie mantiene, con
colegios en los que se incumple la normativa de seguridad laboral en lo que a
temperaturas se refiere. No habla de un sistema sanitario, su "joya de la
corona", también saturado, con habitaciones con tres camas, con médicos
que no dan abasto, con listas de espera interminables. La autonomía nos ha dado muchas alegrías: mejores infraestructuras, erradicación del analfabetismo, extensa red asistencial sanitaria... pero necesita que se le de una vuelta. De nada sirve formar universitarios si luego tienen que emigrar para poder trabajar. Los cartelitos de "Centro Bilingüe" quedan muy bien en los institutos, pero un B2 en inglés queda muy lejos de lo que es el bilingüismo. Presumir de hospitales en los que no caben los pacientes y faltan médicos no mejora la calidad del sistema sanitario. Hay que ser bueno, no solo parecerlo.
Querida Susana, en Andalucía, esa tierra de la que tanto
habla, la derecha va a gobernar porque muchos votantes de izquierda se han
quedado en casa. Ustedes, a pesar de llevar casi 40 años en el poder, no han
conseguido movilizarlos. Porque mucha gente sigue sin poder acceder a un hogar
propio, ante la práctica ausencia de vivienda pública. Porque muchos autonómos
siguen sintiéndose abandonados, ante la falta de ayudas para poder seguir con
su actividad. Porque la educación se deteriora, año tras año, sin que ustedes
hagan nada por solucionar el problema.
Hace poco, antes de las elecciones, hablaba de esto con
algunas personas, que culpaban de nuestros males al exterior, a la maldición
que pesa sobre Andalucía, tierra de gente pobre, pero rica en materias primas,
explotada desde los albores de los tiempos por la malvada gente del norte. Era
como si el gobierno autonómico tuviera las manos atadas. Y me recordaba esta
cantinela a la que ha empleado usted en muchas ocasiones: todo lo bueno que
pasa en Andalucía lo ha hecho el PSOE y todo lo malo ha venido del exterior, sobre todo cuando ha gobernado la derecha en Madrid. ¿Para qué, entonces, tanta
autonomía? A veces pienso que lo mejor sería elegir a nuestros diputados y
gobernantes de forma aleatoria entre los ciudadanos, un sistema ya empleado en
la antigua Grecia y en algunas ciudades como Barcelona, Venecia o Florencia
para evitar el apoltronamiento en el poder y la consecuente corrupción. Por
probar no perderíamos nada.
martes, 8 de enero de 2019
Malditos bulos
De un tiempo a esta parte no paran de llegarme bulos de todo tipo y calidad. Muchos de estas "fake news" van dirigidas hacia el gobierno de Pedro Sánchez y también se centran en los temas azuzados últimamente por la derecha española: inmigración, violencia de género, independentismo... Esto no es algo nuevo, desde siempre se han difundido falsos mensajes para debilitar al de enfrente, al enemigo de turno. El problema ahora es la capacidad de influencia que tienen en la opinión pública gracias al poder de dispersión que tiene internet. Y, como dicen que dijo Göbbels, el ministro nazi, "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad".
Los bulos son de lo más variado, aunque los que recibo en los últimos meses suelen golpear, con muy mala baba, a los inmigrantes en particular. Hace poco me llegó uno que decía que los marroquíes (todos ellos, fíjate qué listos y malévolos) ponían denuncias falsas de maltrato y que, así, sin más, recibían, por obra y gracia de este gobierno izquierdista y populista, una paguita para toda la vida con la que se retiraban a vivir del cuento a su país. No entiendo cómo no vienen nuestros vecinos africanos de millones en millones a por su trozo del pastel de nuestro generoso estado del bienestar.
También me enviaron uno, recientemente, en el que la emprendían contra las asociaciones feministas, hablando de una trama que, con la ayuda del PSOE, distribuía entre ellas miles de millones de euros provenientes de Europa. Para justificarlo, una tabla de cutre diseño con el supuesto dinero ingresado por una serie de asociaciones que, misteriosamente, no llegaba a los 10 millones de euros si lo sumabas todo. No especificaba por qué ese dinero era ilegal, según ellos. No detallaba en qué se había gastado. No citaba fuentes. Periodismo del bueno, vamos.
Por lo visto, uno de cada tres bulos está relacionado con la salud, uno de los temas más buscados en internet. El más famoso es, quizás, el que relaciona, desde hace años, las vacunas con el autismo, algo que ha sido desmentido en repetidas ocasiones por científicos de todo el mundo, pero que sigue provocando que cada vez haya más niños sin vacunar.
Los bulos, al final, no son inocuos, hacen daño, se convierten en realidad y cambian el comportamiento de la gente que se los cree. Están ganando elecciones y creando epidemias de enfermedades que creíamos desaparecidas. Están generando odio, violencia y xenofobia. Por eso, difundirlos no sale gratis.
Yo, por la parte que me toca, intento desmentir los que me llegan, pero cada vez me da más la sensación de que es una labor inútil. Es evidente que el mensaje cala, sobre todo si lo diriges a la gente adecuada. Todos tendemos a creernos los mensajes afines a nuestra forma de pensar, a nuestra ideología, y no comprobamos la veracidad de los mismos. Yo lo hago, en la medida que puedo, y comparto la información. La respuesta habitual de la persona que me ha enviado el bulo es un encogimiento de hombros acompañado de un "algo tendrá de verdad". Y a otra cosa mariposa. Así nos va.
Los bulos son de lo más variado, aunque los que recibo en los últimos meses suelen golpear, con muy mala baba, a los inmigrantes en particular. Hace poco me llegó uno que decía que los marroquíes (todos ellos, fíjate qué listos y malévolos) ponían denuncias falsas de maltrato y que, así, sin más, recibían, por obra y gracia de este gobierno izquierdista y populista, una paguita para toda la vida con la que se retiraban a vivir del cuento a su país. No entiendo cómo no vienen nuestros vecinos africanos de millones en millones a por su trozo del pastel de nuestro generoso estado del bienestar.
También me enviaron uno, recientemente, en el que la emprendían contra las asociaciones feministas, hablando de una trama que, con la ayuda del PSOE, distribuía entre ellas miles de millones de euros provenientes de Europa. Para justificarlo, una tabla de cutre diseño con el supuesto dinero ingresado por una serie de asociaciones que, misteriosamente, no llegaba a los 10 millones de euros si lo sumabas todo. No especificaba por qué ese dinero era ilegal, según ellos. No detallaba en qué se había gastado. No citaba fuentes. Periodismo del bueno, vamos.
Por lo visto, uno de cada tres bulos está relacionado con la salud, uno de los temas más buscados en internet. El más famoso es, quizás, el que relaciona, desde hace años, las vacunas con el autismo, algo que ha sido desmentido en repetidas ocasiones por científicos de todo el mundo, pero que sigue provocando que cada vez haya más niños sin vacunar.
Los bulos, al final, no son inocuos, hacen daño, se convierten en realidad y cambian el comportamiento de la gente que se los cree. Están ganando elecciones y creando epidemias de enfermedades que creíamos desaparecidas. Están generando odio, violencia y xenofobia. Por eso, difundirlos no sale gratis.
Yo, por la parte que me toca, intento desmentir los que me llegan, pero cada vez me da más la sensación de que es una labor inútil. Es evidente que el mensaje cala, sobre todo si lo diriges a la gente adecuada. Todos tendemos a creernos los mensajes afines a nuestra forma de pensar, a nuestra ideología, y no comprobamos la veracidad de los mismos. Yo lo hago, en la medida que puedo, y comparto la información. La respuesta habitual de la persona que me ha enviado el bulo es un encogimiento de hombros acompañado de un "algo tendrá de verdad". Y a otra cosa mariposa. Así nos va.
miércoles, 19 de diciembre de 2018
Ahora resulta que no soy español
Estoy que no doy pie con bola. A mis 43 añitos me entero de que no soy español. Estaba el otro día viendo la tele cuando salió un tipo, un político, del PP, explicando, a voz en grito, las principales características del español de pro. Paso a analizarlas, a modo de test.
1: "Los españoles defienden los toros". Empezamos mal. No me gustan los toros. Puedo reconocer que, en algún momento de mi vida, he podido apreciar el conjunto de la llamada "fiesta nacional": los movimientos del torero, casi un baile, la emoción del enfrentamiento entre un humano y un animal que puede llegar a pesar 700 kg, la música... Pero todo cambió cuando, en una capea a la que me invitaron, pude ver aquello de cerca, el toro con la lengua fuera, su respirar entrecortado y fatigoso, la sangre manando como una fuente de su chepa, sus ojos aterrorizados... No, aquello no era para mí. Cero puntos en españolidad para mí.
2: "Los españoles celebramos la Navidad, ponemos el belén, ponemos el árbol". Bueno, en principio, sí, la celebro, pero más por tradición cultural que por convencimiento religioso. Hace ya muchos años que dejé de ser creyente, así que, más por inercia y por recuerdos que por otra cosa, sigo poniendo el belén y algunas luces. El árbol también lo coloco, pero de manualidades, no me gustan los de plástico, ni tampoco los de verdad que son cortados para estar un par de semanas en el salón. En cualquier caso, querido político del PP, me chirría un poco lo del árbol y el belén como algo español. ¿Sabía usted que lo del árbol es una costumbre pagana que se introdujo en Alemania en el s.XVII y fue traída a España por una rusa, podríamos decir que inmigrante, a finales del XIX? ¿Y que la tradición del belén nos vino de Italia? Cero puntos en españolidad para mí.
3: "Los españoles celebramos la Semana Santa". Con esto me pasa un poco como con los toros. Me gustó mucho en su día, como expresión artística que llena la calle de esculturas, olores, música y baile. Aunque cada vez menos, desde que los políticos, de izquierdas y de derechas, la usan como arma electoral, habiéndola convertido en algo de un tamaño insoportable y estomagante que extiende, además, sus cofrades tentáculos al resto del año. Cero puntos en españolidad para mí.
4: "Los españoles defendemos la caza". Es un tema complejo, por los diversos aspectos que lo integran: sociales, culturales, económicos, biológicos... Pero es un deporte o actividad con la que no comulgo, sobre todo cuando el animal es atacado y acorralado por un "ejército" desproporcionado y en clara superioridad numérica de vehículos, armas y asistentes caninos. Cero puntos en españolidad para mí.
5: "Los españoles estamos orgullosos de nuestros agricultores". No entiendo esta frase. Me la expliquen. Otro cero para mí, supongo.
En resumen, que para este tipejo, y muchos como él, no soy español, contra lo que dice mi historia familiar, mi carnet y mi pasaporte, mi lengua materna y mi forma de vivir en el mundo. Y tampoco soy sevillano, porque no soy cofrade, ni feriante, ni digo miarma, pero llevo 41 de mis 43 años en Sevilla, donde he trabajado y estudiado, donde he jugado y he paseado, donde he crecido, donde me he quedado casi sin pelo. Así que, voy a ver si me busco un buen psicoanalista argentino, a ver si me dice en qué país puedo encajar. Manda huevos.
1: "Los españoles defienden los toros". Empezamos mal. No me gustan los toros. Puedo reconocer que, en algún momento de mi vida, he podido apreciar el conjunto de la llamada "fiesta nacional": los movimientos del torero, casi un baile, la emoción del enfrentamiento entre un humano y un animal que puede llegar a pesar 700 kg, la música... Pero todo cambió cuando, en una capea a la que me invitaron, pude ver aquello de cerca, el toro con la lengua fuera, su respirar entrecortado y fatigoso, la sangre manando como una fuente de su chepa, sus ojos aterrorizados... No, aquello no era para mí. Cero puntos en españolidad para mí.
2: "Los españoles celebramos la Navidad, ponemos el belén, ponemos el árbol". Bueno, en principio, sí, la celebro, pero más por tradición cultural que por convencimiento religioso. Hace ya muchos años que dejé de ser creyente, así que, más por inercia y por recuerdos que por otra cosa, sigo poniendo el belén y algunas luces. El árbol también lo coloco, pero de manualidades, no me gustan los de plástico, ni tampoco los de verdad que son cortados para estar un par de semanas en el salón. En cualquier caso, querido político del PP, me chirría un poco lo del árbol y el belén como algo español. ¿Sabía usted que lo del árbol es una costumbre pagana que se introdujo en Alemania en el s.XVII y fue traída a España por una rusa, podríamos decir que inmigrante, a finales del XIX? ¿Y que la tradición del belén nos vino de Italia? Cero puntos en españolidad para mí.
3: "Los españoles celebramos la Semana Santa". Con esto me pasa un poco como con los toros. Me gustó mucho en su día, como expresión artística que llena la calle de esculturas, olores, música y baile. Aunque cada vez menos, desde que los políticos, de izquierdas y de derechas, la usan como arma electoral, habiéndola convertido en algo de un tamaño insoportable y estomagante que extiende, además, sus cofrades tentáculos al resto del año. Cero puntos en españolidad para mí.
4: "Los españoles defendemos la caza". Es un tema complejo, por los diversos aspectos que lo integran: sociales, culturales, económicos, biológicos... Pero es un deporte o actividad con la que no comulgo, sobre todo cuando el animal es atacado y acorralado por un "ejército" desproporcionado y en clara superioridad numérica de vehículos, armas y asistentes caninos. Cero puntos en españolidad para mí.
5: "Los españoles estamos orgullosos de nuestros agricultores". No entiendo esta frase. Me la expliquen. Otro cero para mí, supongo.
En resumen, que para este tipejo, y muchos como él, no soy español, contra lo que dice mi historia familiar, mi carnet y mi pasaporte, mi lengua materna y mi forma de vivir en el mundo. Y tampoco soy sevillano, porque no soy cofrade, ni feriante, ni digo miarma, pero llevo 41 de mis 43 años en Sevilla, donde he trabajado y estudiado, donde he jugado y he paseado, donde he crecido, donde me he quedado casi sin pelo. Así que, voy a ver si me busco un buen psicoanalista argentino, a ver si me dice en qué país puedo encajar. Manda huevos.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Responsabilidad
A raíz del resultado de las elecciones andaluzas del pasado domingo vengo leyendo estos días, además de artículos apocalípticos sobre la irrupción de la ultraderecha en las instituciones, multitud de textos, más o menos afortunados, en los que se analizan sesudamente las causas que nos han llevado a esta situación. Unos hablan de descontento de la sociedad con la clase política. Otros de la creciente desigualdad provocada por una crisis que sigue muy viva en nuestra comunidad. Alguno le echa la culpa, directamente, a Pablo Iglesias (¿?).
Lo que más me ha llamado la atención es que no he leído, todavía, a nadie que hable de las personas que, con su voto, han colocado en el parlamento andaluz a 12 personas que militan en un partido que, además de no proponer nada concreto para la región, incluía en su programa ocurrencias de dudoso encaje constitucional y peligrosas consecuencias. Esos doce nuevos diputados autonómicos tomarán posesión de su escaño gracias a las decenas de miles de personas que les han votado. Punto. Igual que a Trump lo han llevado a la presidencia de los Estados Unidos sus votantes. Igual que a los ultraderechistas que gobiernan en Austria.
Vivimos en una época en la que, cada vez más, se nos exonera de la responsabilidad de nuestros actos. Como si fuéramos chiquillos tutelados por el Estado. La culpa es de los políticos. La culpa es de la educación. La culpa es de la situación económica... La cantinela es continua y persistente.
¿Qué ocurre? ¿Alguien nos obliga a meter la papeleta en el sobre a punta de pistola? ¿No sabemos leer y por eso no nos enteramos de lo que dice el programa de tal o cual partido? ¿No tenemos acceso, a través de internet, a cantidades ingentes de información?
El que vota es responsable de lo que vota. El que se queda en casa y engorda a la abstención, abarata el precio en votos de los escaños y favorece a los partidos pequeños, como VOX. Podemos echarle la culpa a Pedro Sánchez, Susana Díaz o Pablo Iglesias. O a Peppa Pig, si queremos. Pero la realidad es la que es, los partidos ganan o pierden, entran o salen, porque la gente les vota.
Hoy en día la inmensa mayoría de la ciudadanía vota con las entrañas, desde las tripas ideológicas más profundas. Sin pensar, sin analizar, casi como si, más que a un partido político, votaran a su equipo de fútbol. Y no piensan en las consecuencias. Se culpa a la clase política de la complicada situación en la que se encuentra nuestro país, pero nunca a los votantes que los han colocado en los distintos gobiernos que regentan. Se muestra a los políticos como una clase ajena, casi alienígena, capaz de lo peor, que nada tiene que ver con la sociedad a la que manejan, el pueblo cándido e inocente de todo. Y no es así, los políticos no son más que un reflejo de ella, de sus votantes. Y estos últimos tienen mucha culpa de dónde estamos. De mantener a los mismos en el poder autonómico durante casi 40 años, a pesar de que Andalucía sigue siendo una de las regiones más pobres de Europa. Y de proponer como solución a un partido claramente machista y xenófobo como VOX. También es su responsabilidad.
Lo que más me ha llamado la atención es que no he leído, todavía, a nadie que hable de las personas que, con su voto, han colocado en el parlamento andaluz a 12 personas que militan en un partido que, además de no proponer nada concreto para la región, incluía en su programa ocurrencias de dudoso encaje constitucional y peligrosas consecuencias. Esos doce nuevos diputados autonómicos tomarán posesión de su escaño gracias a las decenas de miles de personas que les han votado. Punto. Igual que a Trump lo han llevado a la presidencia de los Estados Unidos sus votantes. Igual que a los ultraderechistas que gobiernan en Austria.
Vivimos en una época en la que, cada vez más, se nos exonera de la responsabilidad de nuestros actos. Como si fuéramos chiquillos tutelados por el Estado. La culpa es de los políticos. La culpa es de la educación. La culpa es de la situación económica... La cantinela es continua y persistente.
¿Qué ocurre? ¿Alguien nos obliga a meter la papeleta en el sobre a punta de pistola? ¿No sabemos leer y por eso no nos enteramos de lo que dice el programa de tal o cual partido? ¿No tenemos acceso, a través de internet, a cantidades ingentes de información?
El que vota es responsable de lo que vota. El que se queda en casa y engorda a la abstención, abarata el precio en votos de los escaños y favorece a los partidos pequeños, como VOX. Podemos echarle la culpa a Pedro Sánchez, Susana Díaz o Pablo Iglesias. O a Peppa Pig, si queremos. Pero la realidad es la que es, los partidos ganan o pierden, entran o salen, porque la gente les vota.
Hoy en día la inmensa mayoría de la ciudadanía vota con las entrañas, desde las tripas ideológicas más profundas. Sin pensar, sin analizar, casi como si, más que a un partido político, votaran a su equipo de fútbol. Y no piensan en las consecuencias. Se culpa a la clase política de la complicada situación en la que se encuentra nuestro país, pero nunca a los votantes que los han colocado en los distintos gobiernos que regentan. Se muestra a los políticos como una clase ajena, casi alienígena, capaz de lo peor, que nada tiene que ver con la sociedad a la que manejan, el pueblo cándido e inocente de todo. Y no es así, los políticos no son más que un reflejo de ella, de sus votantes. Y estos últimos tienen mucha culpa de dónde estamos. De mantener a los mismos en el poder autonómico durante casi 40 años, a pesar de que Andalucía sigue siendo una de las regiones más pobres de Europa. Y de proponer como solución a un partido claramente machista y xenófobo como VOX. También es su responsabilidad.
viernes, 23 de noviembre de 2018
Nuevas costumbres
Ya llegó. Otro añito más, y otra vez tenemos que celebrar el maldito Black Friday de los coj... Ea, todo el mundo a participar en la orgía consumista que nos llega de los EEUU. Todo el mundo a comprar como si no hubiera un mañana. Y no solo el viernes. Ahora tenemos múltiples e imaginativas variedades: pre-black friday, semana azul... Hay para todos los gustos.
Reflexionando sobre esto, he pensado lo curioso que es que, principalmente, nos dediquemos a importar este tipo de estupideces, normalmente relacionadas con el peor consumismo, y no nos fijemos en otras costumbres, muy sanas y saludables, de otros países. A continuación os refiero algunas de las que yo importaría.
Estados Unidos. De lo poco que conozco, me quedaría con la costumbre de tener a la gente en cuenta por lo que hacen y no por quiénes son. El país está lleno de gente foránea contratada por sus méritos, independientemente de su lugar de procedencia. Las universidades están llenas de profesores e investigadores extranjeros. Igualito que aquí.
Alemania. Es un país que conozco, ya que viví durante casi un año, hace ya unos cuantos. Podríamos importar sus horarios de trabajo, compatibles con la vida familiar. O las máquinas que te dan dinero por reciclar envases. O la puntualidad. O el uso de la bici como medio de transporte. O el vino caliente en Navidad.
Dinamarca. Me quedo con la larga tradición de viviendas en cooperativa, que suponen más del 30 % del total del parque de viviendas. Estos residenciales permiten unos precios económicos, ya sea en propiedad o en alquiler, y comparten una serie de instalaciones comunes que facilitan la vida y la convivencia: comedor, lavandería, jardines... Lo contrario al individualismo en el que estamos inmersos. No conocemos ni al vecino que está al otro lado del tabique.
Suecia. Me encanta el amor que tienen por el hogar, qué acogedoras son sus casas. Cómo se lo curran, no hay más que ver lo que nos proponen en Ikea. Con qué gusto usan la madera. La costumbre de dejar los zapatos en la entrada de la vivienda la practicamos en casa desde hace años.
Reino Unido. Me admira su amor por las plantas. Da gusto ver sus jardines. O cómo cuidan sus huertos, llueva, nieve o truene. De hecho, podríamos decir que son los inventores de los parques, como los conocemos en la actualidad. Aquí, lo que está de moda en los patios es el solado más rancio. El hormigón al poder.
Y podría seguir. Los ejemplos son infinitos. Hagámoslo, copiemos algunas de estas sanas costumbres y seremos un país mejor.
Reflexionando sobre esto, he pensado lo curioso que es que, principalmente, nos dediquemos a importar este tipo de estupideces, normalmente relacionadas con el peor consumismo, y no nos fijemos en otras costumbres, muy sanas y saludables, de otros países. A continuación os refiero algunas de las que yo importaría.
Estados Unidos. De lo poco que conozco, me quedaría con la costumbre de tener a la gente en cuenta por lo que hacen y no por quiénes son. El país está lleno de gente foránea contratada por sus méritos, independientemente de su lugar de procedencia. Las universidades están llenas de profesores e investigadores extranjeros. Igualito que aquí.
Alemania. Es un país que conozco, ya que viví durante casi un año, hace ya unos cuantos. Podríamos importar sus horarios de trabajo, compatibles con la vida familiar. O las máquinas que te dan dinero por reciclar envases. O la puntualidad. O el uso de la bici como medio de transporte. O el vino caliente en Navidad.
Dinamarca. Me quedo con la larga tradición de viviendas en cooperativa, que suponen más del 30 % del total del parque de viviendas. Estos residenciales permiten unos precios económicos, ya sea en propiedad o en alquiler, y comparten una serie de instalaciones comunes que facilitan la vida y la convivencia: comedor, lavandería, jardines... Lo contrario al individualismo en el que estamos inmersos. No conocemos ni al vecino que está al otro lado del tabique.
Suecia. Me encanta el amor que tienen por el hogar, qué acogedoras son sus casas. Cómo se lo curran, no hay más que ver lo que nos proponen en Ikea. Con qué gusto usan la madera. La costumbre de dejar los zapatos en la entrada de la vivienda la practicamos en casa desde hace años.
Reino Unido. Me admira su amor por las plantas. Da gusto ver sus jardines. O cómo cuidan sus huertos, llueva, nieve o truene. De hecho, podríamos decir que son los inventores de los parques, como los conocemos en la actualidad. Aquí, lo que está de moda en los patios es el solado más rancio. El hormigón al poder.
Y podría seguir. Los ejemplos son infinitos. Hagámoslo, copiemos algunas de estas sanas costumbres y seremos un país mejor.
lunes, 8 de octubre de 2018
Varón. Raza negra. 146
Estas son las palabras que se me quedaron grabadas el viernes, cuando terminé de ver el estupendo documental "Samba, un nombre borrado", de Intermedia Producciones, y dirigido por Mariano Agudo. La proyección formaba parte de FICNOVA, el Festival Internacional de Cine de la Noviolencia Activa, y tuvo lugar en La Casa Insumisa.
El documental cuenta la historia de Samba, un inmigrante senegalés que perdió la vida, junto a otras 14 personas el 6 de febrero de 2014, al intentar entrar en Ceuta por la playa del Tarajal y sufrir las consecuencias del material antidisturbios empleado por la Guardia Civil para evitar que cumplieran su objetivo.
Lo hace a través de Mahmoud, otro joven senegalés, proveniente de la misma región que Samba, que consiguió entrar en Europa tras saltar la valla de Ceuta en el año 2005. De hecho, Mahmoud estaba allí en la proyección y pudimos disfrutar de sus sabias palabras durante algunos minutos, al terminar el evento.
En Ceuta conversa con dos mujeres que asisten a los anónimos entierros de los inmigrantes que perecen en el intento. Le cuentan que las autoridades a los dos lados de la frontera muestran nulo interés en averiguar quiénes son esas personas que han muerto a las puertas de nuestra casa. Son personas. Han muerto. Muerto, lo repito para que no quepa duda. Y a nadie le interesa saber quiénes eran. El primer mundo en toda su plenitud. ¿Qué pasaría si muriera un, digamos, alemán, blanquito y rubio en la frontera de Irún?
Mahmoud sigue con su investigación. Para ello conversa con un tipo triste con pinta de funcionario gris y cansado que le explica que, a la gente como Samba, les identifican con su sexo, raza y, para terminar, les asignan un número de nicho.
Varón. Raza negra. 146. Eso es todo. A nuestras autoridades lo único que les interesa de la gente como Samba es esto. Y Samba murió intentando llegar a tierras españolas. Y fue atacado por agentes de nuestra Guardia Civil. Y no había robado. Ni matado a nadie. Y murió por ello. Y a nadie parece importarle.Mahmoud se acerca al lugar donde ocurrió todo, la playa del Tarajal. El mar está embravecido. A los dos lados de la absurda valla. El agua, la sal, las olas, son iguales en los dos países. Tan lejos, y a la vez tan cerca.
En Senegal, Mahmoud sigue indagando. Averigua dónde vivía Samba y allí conoce a sus padres, a sus dos mujeres, a sus 7 hijos. Tenía 25 años cuando murió. Los padres son mayores, y ya no pueden cultivar la tierra que les sustentaba. El padre acusa a España del daño infligido. Reclama compensación. Pobre. España tiene asuntos más importantes que tratar que la muerte de un don nadie. Lazos amarillos. Plagios. Tarjetas black.
Samba, como todos los inmigrantes que intentan entrar en Europa, es, era, una persona. Con sus miedos, con sus sueños. Con sus virtudes, con sus defectos. Que sudaba, que tenía sed, o hambre, o frío. Que disfrutaba de un buen rato con los amigos. Quién sabe. A lo mejor le gustaba el cine. O no. Quizás era del Barça. O del Madrid. O no le gustaba el fútbol. Quién sabe.
Lo que sí sabemos, es que era una persona. Mucho más que un varón, de raza negra, nicho 146.
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