Ya habían pasado unos meses desde el día glorioso en el que una luz democrática había inundado todos los locales donde los catalanes, libres y justicieros, y a pesar del totalitarismo españolista, habían expresado su voluntad de constituir una república moderna y avanzada, adecuada a su calidad como sociedad, a sus valores superiores. Por fin habían podido desahacerse del lastre del otro trozo de la Península Ibérica que tanto les había atrasado desde los albores de los tiempos, antes de que Wifredo el Velloso dibujara con la sangre de sus dedos la Senyera que les representaba.
La Unión Europea les había acogido con los brazos abiertos. Llevaban décadas arrepentidos de haber admitido en su exclusivo club a estos bárbaros del sur del continente, indolentes y chupópteros del maná de las subvenciones europeas, tan diferentes de los disciplinados y trabajadores del norte. Y la posibilidad de que la parte currante y seria del país de los toros y la sangría se independizara era como una pequeña venganza.
Lo mismo pasó con la ONU, que recibió con aplausos al flamante presidente Mas, héroe del Procés, que había movido bien sus cartas tras el resultado de la votación, desplazando con estilo a sus contrincantes y haciéndose con el cetro de la flamante y límpida República de Catalandia. En su perfecto inglés, dio un discurso de más de cuatro horas en el que, cual Fidel Castro mediterráneo, desgranó las bondades del nuevo país, invitando a los inversores a dejar caer sus billetes más allá de los Pirineos.
El paro había bajado, en pocos meses, de algo más del 13 % a menos del 3 %. Desde la independencia, muchas multinacionales que tenían su sede en la castellana y paleta Madriz se habían trasladado a la bella y cosmopolita Barcelona, lo que había posibilitado la creación de cientos de miles de empleos que habían borrado, de un plumazo, la lacra del desempleo del país catalán.
La sanidad funcionaba a pleno rendimiento. En los hospitales había camas vacías. La inversión en el sistema sanitario lo había dotado de infraestructuras de sobra. La gente se hacía resonancias innecesarias para que las máquinas no se oxidaran, de tan bien equipados que estaban los servicios sanitarios, lo que provocaba que algunos aparatos no se utilizaran durante meses, ya que no hacían falta. La red de cercanías había recibido premios internacionales por su eficacia. Desde que era gestionada por verdaderos catalanes, funcionaba como un reloj. La AVC (Alta Velocidad Catalana) había unido, no solo las capitales de provincia, sino otros puntos importantes de la geografía butifarrera como el Bulli, a donde era posible llegar desde Barcelona en poco más de un cuarto de hora para disfrutar de un menú por poco más de 200 cataleuros. Y de comida catalana. La tortilla de patatas y la ensaladilla rusa habían sido prohibidas el mismo 2 de octubre.
Y qué decir del Barça. Desde que jugaba con el Terrasa y la Gramenet ganaba una media de 10 títulos anuales. Y ya no tenía apenas extranjeros en sus filas, tan solo catalanes de pura cepa, y algún que otro descendiente de inmigrantes andaluces que hacía, además, de aguador.
¡Joan! ¡Despierta!, le dijo su hermana. Se le había caido el pan con tomate en la mesa, de lo centrado que estaba en sus pensamientos. Desde que el SÍ había ganado el referéndum y se había producido la independencia se quedaba en babia muy a menudo. La Unión Europea seguía con las puertas cerradas y la fuga de empresas no paraba. Tener la sede en un país que estaba fuera del euro no les interesaba. El paro había subido y la sanidad seguía hecha un desastre. Tras la victoria, la coalición del Procés se había roto y los antiguos aliados habían vuelto a sus luchas internas y las peleas izquierda-derecha de toda la vida. La visión que tenían de la República Catalana difería en todo, menos en el nombre. Además, ver al Barça jugando en campos de unos pocos miles de espectadores le producía una mezcla de vergúenza y pena. Para rematar, se había constituido la AAA (Asociación de Ayuntamientos por la Autodeterminación), que englobaba a cientos de ayuntamientos que querían unirse a España, y la AAPA (Asociación por la Autodeterminación del Pueblo Aranés), que luchaba por la independencia del Valle de Arán. A la nueva masía catalana le empezaban a salir goteras.
¿Y todo esto, para qué? Se dijo, mientras se encaminaba a la oficina del SCE (Servicio Catalán de Empleo), a renovar su demanda. Lo habían echado de la editorial donde trabajaba, ya que había trasladado su sede a la meseta. Puto Procés, me han engañado, se dijo.
viernes, 15 de septiembre de 2017
jueves, 7 de septiembre de 2017
Me voy a poner unos culotes
Ya es la segunda vez que ocurre: la Vuelta Ciclista pasa por delante de mi casa y asisto como testigo a un frenesí de limpieza y reparaciones en el recorrido por el pueblo los días previos a tan magno evento. Lo juro, no lo he buscado, pero es así como ha pasado. La Vuelta me persigue.
La primera vez fue hace cuatro añitos. Yo vivía en Mairena del Aljarafe, con mi embarazada mujer y La Vuelta realizó un demoníaco recorrido por el pueblo. Dos veces, para más inri. Los pobres ciclistas venían de Almendralejo, un 30 de agosto, con la fresquita, casi 200 km de pedaleo a más de 40 km/h de media. Casi ná. A Mairena llegaron desde Tomares y se encontraron con un endemoniado circuito lleno de rotondas y badenes. El caso es que en los días anteriores a la llegada de la serpiente multicolor pude ver cómo el Ayuntamiento de Mairena procedía a limpiar, pintar y adecentar el recorrido por donde pasaban los ciclistas. Lo más llamativo fue cómo arreglaron un infernal y peligroso estrechamiento que había, hace décadas, en una calle que unía el municipio con el vecino Tomares. Gracias a La Vuelta, la vida, y la seguridad de los habitantes de Mairena y Tomares habían mejorado sustancialmente.
Lo más llamativo fue cómo arreglaron un peligroso estrechamiento que había en una calle que unía el municipio con el vecino Tomares.
La segunda ha sido este verano. Esta vez en Tomares, donde vivo desde hace casi tres años. Soy culo de mal asiento, sí, aunque no salgo del Aljarafe. No sé qué tendrá el mosto. Allá por julio, comencé a ver unos cartelitos, de color bermellón, donde ponía, en grandes letras, "La Vuelta. 1 de septiembre". En ese momento pensé, no puede ser, otra vez, qué cojones. A partir de ese día comencé a ver cómo pintaban la mediana de la calle donde vivo, en un precioso blanquirojo que me recordaba al Sevilla de mis amores. Cómo arreglaban los badenes que llevan años reventando los amortiguadores de los coches que circulan por la calle. Cómo, el día antes del paso de la carrera, dejaban la vegetación que adorna la vía recortadita y peinada como si fuera a hacer la Primera Comunión.
Pero la cosa no quedó ahí. En las semanas anteriores al paso de La Vuelta los operarios del Ayuntamiento realizaron mejoras en todo el recorrido por el término municipial, de unos 4 km, que no es poco. Poda de árboles y recorte de arbustos. Repintado de bordillos. Adecentamiento de jardines que llevaban años casi abandonados... Y me dije, esto de La Vuelta es un chollo.
Así que he decidido que, a partir de ahora, cuando quiera reivindicar alguna mejora en el pueblo, me voy a poner unos culotes, me voy a montar en mi bici y me voy a plantar en el Ayuntamiento de esa guisa. Para empezar, quiero intentar que me hagan un carril bici hasta la parada del Metro en San Juan Bajo, recorrido en el que me juego el pellejo cada vez que lo hago, para poder estrenar la pasarela ciclista que se está construyendo sobre la SE-30. Y a vosotros, sufridos lectores de El Grifo, os recomiendo que hagáis lo mismo. Si queréis una mejora en las calles de Carmona, poneos unos culotes.
jueves, 31 de agosto de 2017
Carta al primo de Rajoy
Estimado Sr. Primo de Rajoy, como quiera que usted se llame. Hace unos años, su primo, el Sr. Presidente del Gobierno, vino a insinuar, apoyándose en su magnífica posición de Catedrático de Física de la magna Universidad de Sevilla, institución que no está ni entre las primeras 500 universidades del mundo, que lo del cambio climático era un camelo. No sé qué opina usted sobre el cambio climático en realidad. Lo mismo, su primo, el registrador de Santa Pola en excedencia, le hizo un flaco favor al nombrarlo en una de sus jugosas y profundas declaraciones, y se inventó su opinión al respecto. A lo mejor usted resopla cada vez que su primo lo nombra o amenaza con ir a visitarlo. Qué más da.
Le escribo porque, al leer un estupendo artículo sobre el huracán Harvey en The Guardian, no sé, me acordé de usted. Y de su primo.
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| Fotografíía: Joe Raedle/Getty Images |
En el artículo, cuya lectura recomiendo, el científico estadounidense Michael E. Mann describe cómo el cambio climático, si bien no ha provocado directamente el devastador huracán, ha intensificado sus efectos. Para empezar, habla de cómo el nivel del mar ha subido 15 cm en las últimas décadas. No hace falta ser muy listo, y usted es catedrático, para deducir que, al partir el huracán de un nivel más alto del mar, las inundaciones han sido peores que si hubiera habido un nivel más bajo, anterior al cambio climático.
Continúa el artículo analizando cómo el aumento de la temperatura de 0,5-1 ºC que ha sufrido la zona del Golfo de México hace que la humedad haya crecido en torno a un 3 %. Esto conlleva más lluvias y, como consecuencia, más inundaciones, que es lo que ha ocurrido con el huracán Harvey en Houston hace pocos días. Además, el océano se está calentando no solo en su superficie, sino también en capas inferiores. Este calor ha "alimentado" al huracán en su camino hacia EEUU, haciéndolo más intenso y devastador.
Pero no hemos terminado. La persistencia de un sistema subtropical de altas presiones sobre EEUU cuando llegó el huracán hizo que apenas hubiera viento. Como consecuencia, Harvey se "estancó" en la costa, al no haber vientos fuertes que lo llevaran de vuelta al mar. Estos fenómenos de estabilidad persistente son cada vez más frecuentes y están provocados, adivine por quién, por el cambio climático.
Hace un par de días ví cómo un río del norte de España bajaba negro, repleto de cenizas de los incendios que han asolado Castilla y León antes de la llegada de las últimas lluvias, torrenciales ellas. Y pensé, qué imagen más apocalíptica. Me acojoné. climáticamente hablando. ¿Sigue creyendo usted, Sr. Primo de Rajoy, que el cambio climático es un camelo? ¿O vamos avisando a nuestros políticos, a ver si hacen algo? Ah, no, que siguen peleándose en el Parlamento. Por la Gürtel. Por Cataluña. Por sus sueldos.
PD: el artículo está en inglés. Si tiene el mismo nivel que su primo, me ofrezco para traducírselo.
miércoles, 23 de agosto de 2017
Atrapado en el tiempo
El atentado de Barcelona, ciudad en la que nací, me pilló en plenas vacaciones, en un tranquilo pueblo de la Alpujarra granadina, así que la información me fue llegando a cachitos, como esos rayos de sol que entran a trocitos a través de las persianas. Tampoco hice mucho por enterarme de más: he de reconocer que me daba pereza. Pfffff, otro atentado, me dije.
Sé que suena cruel, y frío, pero es así como me sentí. Como en la película "Atrapado en el tiempo", en la que el gran Bill Murray se levanta, una y otra vez, en el mismo día de su vida, del que no sabe cómo salir. No digo que no me impactara y no sintiera dolor por un hecho tan absurdo como el vivido el pasado jueves, en el que unos locos asesinos acabaron con la vida de, hasta ahora, 15 personas, dejando, además, más de 100 heridos. Personas "culpables" únicamente de estar en el sitio y hora más inadecuados de sus vidas. Pero me daba pereza lo que sabía que vendría después.
Otra vez a aguantar a los primeros espadas del periodismo patrio, que interrumpirían sus vacaciones para hacer interminables programas especiales sobre el acto terrorista. Otra vez a recibir toneladas de información cada minuto, meras repeticiones que volverían ininterrumpidamente sobre lo mismo. Otra vez a intentar evitar mirar los vídeos y fotos que me llegarían a través de redes sociales, puro morbo irrespetuoso con las víctimas. Otra vez a escuchar las palabras "unidad" y "solidaridad", en boca de políticos con barba de tres días, sacados a destiempo de sus vacaciones pagadas, vacías ya de su significado, de tan manoseadas que están. Otra vez a escuchar burradas por parte de muchos paisanos, civilizados y cristianos ellos, que hablarán de "echarlos a todos" o de "crucificarlos vivos", como le oí decir a un tipo en un bar de Capileira.
No nos doblegarán. No tenemos miedo. Tots som Barcelona. Minutos de silencio. Manifestaciones. Unidad de los partidos políticos. Pacto antiterrorista. Sesudos análisis sobre los motivos por los que unos chavales, aparentemente integrados, se dedican a asesinar a desconocidos indefensos. Medallas para los cuerpos de seguridad, por hacer su trabajo. Llenemos nuestras calles y plazas de bolardos, hasta que estos burros y crueles asesinos se inventen otra cosa. Usemos este momento mediático para difundir nuestro mensaje xenófobo e independentista.
Mientras, sigamos vendiendo armas a los países que financian a estos grupos terroristas. Sigamos teniendo relaciones comerciales con regímenes que fomentan el odio religioso en nuestro propio territorio, construyendo mezquitas que difunden este tipo de mensajes. Miremos para otro lado cuando estas dictaduras religiosas ajustician a gente por ser homosexuales, o por escribir artículos de opinión, o por cuestiones de honor. Critiquemos a Venezuela y no hablemos del infame trato que reciben las mujeres en estos países. Invadamos Afganistán e Irak para echar a sus dictadores y dejemos luego que se maten entre ellos. Olvidémonos de Siria, de los chavales que solo han vivido en una guerra, rodeados de odio, viendo cómo el mundo "democrático" los ha abandonado en su lucha por la libertad. ¿Qué creemos, que esos chavales, cuando crezcan van a venir a traernos flores, en agradecimiento?
Siento rabia y tremenda pena por las absurdas muertes. Más por los dos niños de tres y siete años, que siempre me duelen más, supongo que por ser padre. Confieso que me he alegrado de que la policía matara a los terroristas implicados, algo de lo que, por otra parte, no estoy orgulloso. Pero también siento que estamos atrapados en un bucle del que no sé cómo vamos a salir, vista la inacción de nuestros gobernantes, que se limitan a soltar obviedades en eternos discursos huecos. Me temo que este tipo de terrorismo ha venido para quedarse. Y parece que esto, si no le metemos mano de verdad, va para largo.
lunes, 31 de julio de 2017
Socialismo 2.0
Mi hija termina hoy su etapa en la guardería. O en la escuela infantil, como se llama ahora, para no herir sensibilidades. Han sido tres años preciosos, de juegos, descubrimientos y desarrollo personal. En muy poquito tiempo, Marina ha pasado de bebé a personita. Y ha sido, entre otras cosas, gracias a la estupenda labor de las profesionales que integran el equipo de una escuela que lleva más de treinta años en activo.
Sin embargo, a pesar de su buenhacer a lo largo de todo este tiempo, y de la cantidad de niños que por allí han pasado, la escuela se ha visto obligada a echar a dos de sus trabajadoras, que yo sepa. A lo mejor han sido más. El motivo, el "misterioso" y brutal descenso en el número de matriculaciones que ha habido este año. En una de las clases, a día de hoy, solo tenían cinco alumnos matriculados.
No sé si será casualidad, pero la Junta aprobó el pasado mes de marzo, por vía de urgencia, un Decreto que regula la educación infantil (de 0 a 3 años), con una serie de novedades. No soy ningún experto en el tema, pero, por lo que he leído, básicamente, liberaliza el sector, marcando un tope de gasto por plaza, para "fomentar la competitividad", dicen. Y modifica los baremos que permiten acceder a las ayudas, de forma que, en algunos casos, estas se reducen en un 50 %.
Hablando en plata, se pone un tope económico por plaza y se reducen las ayudas, para reducir el gasto. No sé, no quiero ser mal pensado, pero ¿de dónde pueden recortar las escuelas infantiles para abaratar las plazas? ¿de los salarios de sus trabajadores? No, no se atreverán. ¿De los menús del comedor? Ni se les ocurrirá. ¿Están favoreciendo a las grandes empresas que gestionan escuelas infantiles frente a las pymes, que serán inviables en estas condiciones? No, son socialistas, defienden a los trabajadores.
Como ya he dicho, no soy ningún experto, pero cuando me enteré del decretazo que planeaba la Junta, pensé en dos cosas: que, para reducir gastos, las escuelas infantiles iban a bajar el salario de sus trabajadores, y que el número de matriculaciones bajaría, dado que muchas familias no se podrían permitir la nueva cuota. Y es lo que está pasando.
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| Foto: José Ángel García / Diario de Sevilla |
A este socialismo 2.0 se le va la palabra "izquierda" por la boca. Y esa es toda la izquierda que tiene. Estos socialistas 2.0, que viven en casoplones, que viajan en business, que tienen chófer, que cobran dietas en meses inhábiles, se creen que todo el monte es orégano. Que todos podemos pagar una guardería para nuestros hijos. Que si no, tenemos abuelos para que se hagan cargo de ellos. Que el que cobra 1.000 euros al mes es de clase media y no necesita ayudas.
Querida Susana, esta semana en la que te has vuelto a subir al Trono de Hierro de tu particular Reino de la Rosa, has dicho que los socialistas "nunca" habéis sido nacionalistas. La pregunta es, ¿seguís siendo socialistas?
viernes, 21 de julio de 2017
El muro de los improperios
Según la RAE, improperio es "injuria grave de palabra, y especialmente la que se emplea para echar a alguien en cara algo". También es, en plural, los "versículos que se cantan en el oficio del Viernes Santo, durante la adoración de la cruz". Para los creyentes, los reproches de Cristo al pueblo que lo ha rechazado, hablando en plata.
Hace tiempo que vengo observando que el muro de Facebook, el mío, concretamente, está albergando, cada vez más a menudo, discusiones, trifulcas cibernéticas entre amigos a los que aprecio y conozco que, por otra parte, nunca se han visto las caras y desconocen absolutamente la trayectoria vital de cada uno. Mi muro, en el que publico mis pensamientos, mis gustos, mis fotos, mis viajes, mis ideas y mis idas de olla, está convirtiéndose en lugar de encendidas discusiones entre desconocidos que, a veces, acaban tirándose los trastos a la cabeza. O casi.
No está en mi ánimo crear este tipo de situaciones, ni soy persona amante de la discusión, sino más bien del debate. Me jacto de tener amigos de variadas ideologías, me gusta poder hablar y debatir con personas contrarias a mi pensamiento, siempre que lo hagamos desde el respeto, sin levantar la voz, argumentando. No quedan muchas personas así, pero alguna hayla.
Me gusta pensar que, por delante de nuestra forma de ver la vida, la sociedad, el país donde vivimos, está la persona. Que ríe, que llora, que siente, que anhela, que sueña, que tiene frío, que caga, que mea. En eso todos somos iguales. Y es lo que a mí me importa. Y es lo que pongo siempre por delante. Por eso, cuando se encienden las almas, cuando los debates se convierten en trifulcas, suelo bajar la voz, acabo callándome. La salvamización que está sufriendo nuestra sociedad no me gusta, no me interesa, no me divierte.
Así que, llamadme cobarde si queréis, pero, a partir de ahora, voy a censurarme en mi muro. Dejaré de poner, al menos durante un tiempo, cualquier cosa que tenga que ver con la política patria, o con la religión, o con cualquier cosa que crea que pueda prender los ánimos de alguno de mis amigos. Amigos a los que aprecio, por cierto, por eso os tengo en Facebook. Me limitaré a poner cosas de allende los mares, de El Mundo Today y vídeos de gatitos. Con esos nunca hay problema.
lunes, 10 de julio de 2017
Un gato bibliotecario
A veces, cada vez más, me canso de esta actualidad tan árida y llena de malas noticias, así que hoy os voy a regalar una bonita historia de esas que te dejan con una sonrisa en la cara para el resto del día, con la misma intensidad con que se te mete una canción como Despacito en la cabeza, pero en positivo.
La historia comienza el 18 de enero de 1988, una gélida mañana de lunes, en la biblioteca de un pequeño pueblo de 12.000 habitantes del Medio-Oeste americano, en el estado de Iowa. Los empleados estaban preparándose para abrir, cuando oyeron un extraño ruído que provenía del buzón de la puerta donde se podían efectuar las devoluciones de libros en horario de cierre del establecimiento. Un poco extrañados, se acercaron, no sin miedo, y se encontraron con una pequeña criatura, un gatito de unas ocho semanas, desnutrido y con las zarpas congeladas. En el instante en que les miró a los ojos como si fuera el gato con botas de la peli de Shrek, decidieron adoptarlo.
La cosa no fue fácil. Se necesitó aprobación de la Dirección y también del Ayuntamiento. Pero al final, Dewey, que así le pusieron de nombre al gato, se quedó a vivir en la biblioteca, como integrante de la plantilla. El nombre venía de un sistema de catalogación muy usado en ambientes bibliotecarios, el Sistema de Clasificación Decimal Dewey (CDD). Humor de letras.
Era una época, finales de los ochenta, de crisis económica, en un pueblo muy golpeado por el desempleo. La directora, Vicky Miron, que llevaba poco tiempo en el cargo, tampoco pasaba por su mejor momento. Era madre soltera y venía de sufrir abusos en su matrimonio. Además, andaba preocupada por conseguir más usuarios para la biblioteca. Cuando vio que la encuesta que había organizado para elegir el nombre del gato había conseguido más de 300 propuestas, pensó que Dewey Readmore Books (así fue el nombre ganador, en serio) podía servir para atraerlos. Y así fue.
La historia comenzó a aparecer en la prensa local. Le gente iba a la biblioteca para conocer a Dewey, que era muy sociable y cariñoso. Niños que no podían tener gatos por ser alérgicos se acercaban un rato a ver a su "mascota" en la biblioteca. Empezaron a llegar donaciones para su alimentación. Incluso tenía un descuento como "empleado municipal" en el veterinario del pueblo.
El caso es que la llegada de Dewey supuso una inyección de ilusión y alegría en la vida de muchas personas de un pueblo sumido en una crisis económica importante. También en la de la directora de la biblioteca. Con su sola presencia, sin más.
En esta época que, no entiendo muy bien por qué, es temporada alta de abandono de animales, me gusta pensar en el efecto positivo que tiene el contacto con ellos. Cómo acompañan a personas que viven solas. Con qué ternura se dejan acariciar los burros por niños autistas. Con qué paciencia juegan los delfines con pequeños con parálisis cerebral. Cómo progresan estas personas, con la sola presencia de estos seres peludos a los que, casi siempre, miramos por encima del hombro.
Dewey consiguió alegrar el alma de mucha gente que lo conoció en los 19 años que estuvo en la biblioteca. Y a su dueña, se la debió de alegrar particularmente: escribió un libro que llegó a ser superventas nada más publicarse, habiéndose traducido a más de 30 idiomas. Yo, a lo largo de estos taytantos años de vida que tengo, he disfrutado de la compañía de muchísimos gatos y también de un perro. Espero y deseo que vosotros hayáis tenido el privilegio de vivir una experiencia así. A los que no, os invito a ello. No os arrepentiréis.
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