No me sorprende nada todo el lío del ex-decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla. El catedrático, condenado a 7 años de prisión y a una indemnización global de 110.000 euros a las tres víctimas, ha estado dando clases hasta el día 10 de enero. Dado que los hechos de los que se le acusa, abuso sexual a dos profesoras y una becaria, sucedieron entre 2.006 y 2.010, parece que la Universidad no ha tenido prisa por solucionar el problema. Y, como ya he dicho, no me sorprende.
No es que no me sorprenda lo de los abusos sexuales. No seré yo quien diga que son práctica habitual en la universidad hispalense. Lo que no me sorprende es su lentitud en reaccionar, su laxitud ante el escrito dirigido al Rector por las afectadas en diciembre de 2.010, en el que lo ponían al corriente de los hechos, su falta de reacción ante la denuncia puesta por las tres víctimas a principios de 2.011 ante el Rectorado.
Os pongo en antecedentes, por si no estáis al tanto del asunto. Entre 2.006 y 2.010, el condenado, Santiago Romero Granados (me niego a ponerle un Don delante, porque de eso tiene poco), abusó sexualmente de dos profesoras y una becaria de la facultad de la que era decano. Para poder perpetrar dichos abusos, el individuo se servía de amenazas y coacciones a las tres afectadas. Las amenazaba con no poder leer sus tesis. O con impedirles apuntarse a grupos de investigación. O, directamente, con echarlas. Las tres víctimas intentaron, primero, dar cuenta a la universidad del comportamiento de este personaje, pero obtuvieron nula respuesta por su parte, momento en el que decidieron llevar el caso ante los tribunales.
En todo este tiempo, la Univeridad de Sevilla no ha adoptado ni una sola medida cautelar para proteger a estas tres mujeres. Como resultado, y ante la continuidad del comportamiento del condenado, las tres tuvieron que dejar la universidad, mientras veían cómo él seguía en su cargo. Ya vemos cómo la universidad "castiga" los abusos en su seno.
Y, repito, no me sorprende. Podría aburriros con abusos, aunque de otro tipo, que viví en mis años universitarios. En mis propias carnes o en carnes ajenas. Recuerdo cómo un catedrático de la Escuela de Arquitectura, Rafael Diéguez, entraba como elefante en cacharrería en una revisión de un examen que había suspendido y, a voz en grito, daba aquélla revisión por finalizada. El profesor que revisaba mi examen me invitó amablemente a salir y allí murió mi posibilidad de aprobar. Recuerdo cómo ese mismo profesor se reía en clase de cualquier alumno que se le atravesara, despreciando especialmente a las féminas. Cómo el director de la escuela se reía de las quejas de los alumnos, aduciendo que "son cosas del profesor Diéguez". No puedo olvidar cómo un profesor tiró un trabajo que iba a entregar con un compañero por habernos retrasado unos minutos. O cómo un tribunal de proyecto fin de carrera hacía llorar a una compañera con comentarios despectivos y personales sobre su trabajo. O cómo una profesora me dijo en julio que no me presentara a septiembre con ella porque no iba a aprobar. Y suspendí.
La universidad no hace honor, precisamente, a su nombre, que habla de universalidad, siendo una institución tremendamente endogámica y anquilosada. El alumno es visto, en general, como una molestia. Los profesores, por lo menos en mi experiencia, no están ahí, la mayoría, para ayudarte. Los horarios de tutorías no se cumplen la mayoría de las veces, por lo menos en mi época. La colaboración interdepartamental es prácticamente nula. Para entrar tienes que pasar muchos años lamiendo culos, con perdón, y haciendo la pelota al catedrático correspondiente. La capacidad de autocrítica es, en la mayoría de los casos, nula. El propósito de enmienda, ni está ni se le espera.
Me llama mucho la atención, además, la tardanza de las tres mujeres en denunciar. Desconozco en profundidad lo que ocurrió. Me he informado a golpe de click. Pero tampoco me sorprende que aguantaran carros y carretas por miedo a perder, qué se yo, su puesto de trabajo, o la posibilidad de prosperar en el ámbito universitario. Y están en su derecho, no voy a ser yo el que juzgue a nadie. Pero me he acordado de un artículo que leí hace poco de Rosa Montero, en el que hablaba de los tibios de corazón, los indiferentes, los cobardes, la gente que no se levanta ante las injusticias, propias o ajenas. Vivimos en una sociedad llena de personas tibias, que aguantan carros y carretas por mantener su puesto de trabajo. Y, por una parte, lo puedo entender. El miedo muchas veces nos atenaza. Pero lo que no puedo aceptar, y por eso soy de los que se levantan y luchan y protestan, es la injusticia o el abuso. Porque nos llevan a una sociedad en la que no quiero vivir. Ni quiero que sea en la que vivan nuestros hijos.
Y cuando hablo de los tibios, no me estoy refiriendo a estas tres mujeres, que han hecho lo que han podido, pero que han tenido la mala suerte de vivir en un país de universidades ensimismadas y justicia lenta. Me refiero a los que las rodeaban, a los que fueron testigos de su sufrimiento. ¿Nadie vio nada en la facultad? ¿Ningún compañero de este tipo sabía nada del asunto? Si las tres víctimas hubieran sido arropadas por sus compañeros. Si hubiera habido más denuncias. Si no hubiera habido testigos a favor del condenado que ralentizaron el juicio, otro gallo habría cantado. Pero vivimos en un país de tibios, así que no me sorprende nada de lo que ha pasado.
miércoles, 11 de enero de 2017
martes, 3 de enero de 2017
Así no PODEMOS
No, así no podemos cambiar nada. Y se lo digo a los de Podemos, porque han sido los últimos en llegar. Pero también se lo podría decir a cualquier partido de los que dicen formar parte de la izquierda de este país. Así, de esta manera, no vamos a ningún sitio.
Parece que el regalo con que nos han querido obsequiar las Navidades los nuevos, aunque de antiguas maneras, políticos y flamantes diputados del partido morado, ha sido su patética e infantil pelea por el poder a través de los medios sociales, propia de un patio de colegio. Su pelea, aunque sostenida durante pocos días a golpe de mensajes de 140 caracteres no difiere tanto, en realidad, de la más analógica sucedida hace pocos meses en las turbulentas aguas socialistas de la calle Ferraz. Tampoco de la forma en que, finalmente, Garzón asaltó el poder en el reino comunista. Pero es la última, y a mí me está amargando las fiestas.
Cuando, hace ya más de cinco años, tuvo lugar el 15-M, muchos albergamos alguna esperanza de cambio, aunque con reticencias. Pensamos, en realidad, que aquéllo se diluiría en la vorágine del día a día. Y de hecho es lo que parecía haber ocurrido hasta que, en 2.014, apareció Podemos. Y ahí sí que pareció verse algo de luz al final del tunel, cuando vimos cómo la pelota morada iba engordando en cada votación, mientras los partidos tradicionales ladraban y arengaban a sus tropas con discursos catastróficos. Tenían miedo, y pensamos que era posible. Que podíamos cambiar esta sociedad asquerosamente individual y capitalista.
Pero parece que no va a ser posible. Parece que van a seguir ganando los de siempre. Bueno, los que van ganando últimamente. Y no sólo en España. También en Europa y al otro lado del charco. Los de Podemos, junto con Izquierda Unida y las Confluencias, consiguieron meterse en el Congreso, donde pegaron un bocado de, nada más y nada menos, 71 diputados. Un buen bocado. Pero parece que, después del esfuerzo realizado y de lo conseguido, no saben qué hacer con ello. Y, hasta donde yo sé, en el Parlamento, principalmente, se aprueban leyes. De nada nos vale que lleven bebés para reclamar la conciliación familiar. Ni que repartan libros sobre Derechos Humanos. Ni que se ausenten cuando no están de acuerdo con algo. De nada nos sirve todo esto si no legislan. Porque, al final, todo esto va de leyes. Que mejoran o empeoran la vida de sus votantes.
A los que hemos votado en algún momento a esta gente se nos queda cara de tontos al ver cómo van pasando los meses y los de Iglesias, Errejón y compañía se dedican a estériles debates públicos sobre el poder y la organización de su partido, mientras los autónomos siguen pagando cada mes una cuota abusiva, facturen lo que facturen. Mientras el sol sigue gravado por un impuesto ilegal. Mientras hay gente que muere asfixiada en su casa porque no tiene para pagar la luz que calentaba sus hogares.
El partido morado ha conseguido, aunque no parece consciente de ello, lo más difícil. Ha entrado en las instituciones, dando un fuerte golpe en la polvorienta mesa del bipartidismo. Ha puesto en la primera línea del debate político temas hasta ahora desaparecidos como los desahucios, la pobreza energética o el salario mínimo. Pero parecen perdidos, asustados ante la responsabilidad de gobernar. O de hacer oposición. España, Europa, el mundo, necesita que vuelva la socialdemocracia. Con fuerza, con energía, con ideas. Porque, hasta la fecha, ha sido la única política, la socialdemócrata, capaz de contener la desbocada ambición, la infinita avaricia del capitalismo más depredador que nos gobierna. La única capaz de repartir la riqueza de una forma más o menos justa. Y desde luego, si la nueva socialdemocracia es el Podemos de los debates a golpe de tuit, lo tenemos crudo.
Parece que el regalo con que nos han querido obsequiar las Navidades los nuevos, aunque de antiguas maneras, políticos y flamantes diputados del partido morado, ha sido su patética e infantil pelea por el poder a través de los medios sociales, propia de un patio de colegio. Su pelea, aunque sostenida durante pocos días a golpe de mensajes de 140 caracteres no difiere tanto, en realidad, de la más analógica sucedida hace pocos meses en las turbulentas aguas socialistas de la calle Ferraz. Tampoco de la forma en que, finalmente, Garzón asaltó el poder en el reino comunista. Pero es la última, y a mí me está amargando las fiestas.
Cuando, hace ya más de cinco años, tuvo lugar el 15-M, muchos albergamos alguna esperanza de cambio, aunque con reticencias. Pensamos, en realidad, que aquéllo se diluiría en la vorágine del día a día. Y de hecho es lo que parecía haber ocurrido hasta que, en 2.014, apareció Podemos. Y ahí sí que pareció verse algo de luz al final del tunel, cuando vimos cómo la pelota morada iba engordando en cada votación, mientras los partidos tradicionales ladraban y arengaban a sus tropas con discursos catastróficos. Tenían miedo, y pensamos que era posible. Que podíamos cambiar esta sociedad asquerosamente individual y capitalista.
Pero parece que no va a ser posible. Parece que van a seguir ganando los de siempre. Bueno, los que van ganando últimamente. Y no sólo en España. También en Europa y al otro lado del charco. Los de Podemos, junto con Izquierda Unida y las Confluencias, consiguieron meterse en el Congreso, donde pegaron un bocado de, nada más y nada menos, 71 diputados. Un buen bocado. Pero parece que, después del esfuerzo realizado y de lo conseguido, no saben qué hacer con ello. Y, hasta donde yo sé, en el Parlamento, principalmente, se aprueban leyes. De nada nos vale que lleven bebés para reclamar la conciliación familiar. Ni que repartan libros sobre Derechos Humanos. Ni que se ausenten cuando no están de acuerdo con algo. De nada nos sirve todo esto si no legislan. Porque, al final, todo esto va de leyes. Que mejoran o empeoran la vida de sus votantes.
El partido morado ha conseguido, aunque no parece consciente de ello, lo más difícil. Ha entrado en las instituciones, dando un fuerte golpe en la polvorienta mesa del bipartidismo. Ha puesto en la primera línea del debate político temas hasta ahora desaparecidos como los desahucios, la pobreza energética o el salario mínimo. Pero parecen perdidos, asustados ante la responsabilidad de gobernar. O de hacer oposición. España, Europa, el mundo, necesita que vuelva la socialdemocracia. Con fuerza, con energía, con ideas. Porque, hasta la fecha, ha sido la única política, la socialdemócrata, capaz de contener la desbocada ambición, la infinita avaricia del capitalismo más depredador que nos gobierna. La única capaz de repartir la riqueza de una forma más o menos justa. Y desde luego, si la nueva socialdemocracia es el Podemos de los debates a golpe de tuit, lo tenemos crudo.
viernes, 23 de diciembre de 2016
Felices Lecturas
Igual que, supongo, a muchos de vosotros, la vida no me está saliendo como esperaba cuando era más joven. En realidad, me está saliendo, más bien, por peteneras. Yo tenía mis sueños, mis deseos. Después de culminar una buena formación, con mi carrera universitaria, mis idiomas y mis cursos de especialización, me saldría un buen trabajo, viajaría y vería mundo. Mis padres iban a llegar a viejos sanos como manzanas. Me iba a casar con una mujer guapa y estupenda (esto sí que lo he hecho) y tendría unos cuantos hijos (llevo una, y me ha costado).
Y la realidad ha sido bien distinta. En lo laboral, he ido de mal en peor. Mi padre se fue el año pasado, antes de lo previsto. Y en la familia de mi mujer, ya vamos por el segundo alzhéimer, seguiditos los dos.
Pero bueno, estoy bien, intento ver lo positivo y disfrutar de lo que sí que tengo, sin obsesionarme con lo que no. En cuanto a lo de viajar y ver mundo, lo estoy solventando, con gran éxito, a través de los libros. Las revistas. Los cómics que se cruzan por mi camino.
Este año he conquistado la Dacia con el emperador Trajano. He podido asistir a la construcción de un puente imposible sobre el Danubio, hecho por el arquitecto imperial Apolodoro de Damasco. He cruzado el canal que los egipcios construyeron y luego los romanos reformaron que permitía el paso en barco, allá por el siglo II después de Cristo, entre el Mediterráneo y el Mar Rojo. He visto cómo el emperador nacido en Itálica cruzaba la actual Iraq transportando sus barcos a hombros de sus legionarios.
Me he enterado de que los pulpos disponen de casi tantas neuronas como un gato, siendo los invertebrados que más tienen. He aprendido cómo funciona su sistema de camuflaje que les permite cambiar de color y textura en segundos. He podido conocer la realidad de la guerra en Siria a través del testimonio de dos periodistas españoles, uno de los cuales sufrió un secuestro que casi le cuesta la vida. Y he conocido la capacidad de emprendimiento y resiliencia de mucha gente que vive en condiciones de extrema pobreza.
También he viajado por Sudamérica, leyendo el blog de un amigo que ha estado tres meses circulando por Bolivia, Perú y Chile. Con él he visitado el Salar de Uyuni. He alucinado con Machu Picchu. He subido a volcanes de más de 5.000 metros de altura. He andado por caminos de vértigo en valles escondidos de los Andes.
Ahora estoy viviendo, casi en primera persona, la realidad de la sociedad vasca, a través de las preciosas palabras del escritor español afincado en Alemania Fernando Aramburu, en su estupendo libro "Patria". La relación entre dos familias amigas, pero enfrentadas, de un pueblo de Guipúzcoa. Una, con el padre asesinado por ETA. La otra, con un hijo en la cárcel, por pertenencia a banda armada. Desgarradora, directa, real.
Con los libros se viaja, se aprende, se viven historias ajenas que nos permiten disfrutar, casi como si estuviéramos allá donde la lectura nos lleve. Si no sabéis qué regalar en estas fiestas, a la vez consumistas y teóricamente solidarias, estoy seguro de que con un buen libro, bien escogido, acertaréis. ¡¡Felices Lecturas!!
Y la realidad ha sido bien distinta. En lo laboral, he ido de mal en peor. Mi padre se fue el año pasado, antes de lo previsto. Y en la familia de mi mujer, ya vamos por el segundo alzhéimer, seguiditos los dos.
Pero bueno, estoy bien, intento ver lo positivo y disfrutar de lo que sí que tengo, sin obsesionarme con lo que no. En cuanto a lo de viajar y ver mundo, lo estoy solventando, con gran éxito, a través de los libros. Las revistas. Los cómics que se cruzan por mi camino.
Este año he conquistado la Dacia con el emperador Trajano. He podido asistir a la construcción de un puente imposible sobre el Danubio, hecho por el arquitecto imperial Apolodoro de Damasco. He cruzado el canal que los egipcios construyeron y luego los romanos reformaron que permitía el paso en barco, allá por el siglo II después de Cristo, entre el Mediterráneo y el Mar Rojo. He visto cómo el emperador nacido en Itálica cruzaba la actual Iraq transportando sus barcos a hombros de sus legionarios.
Me he enterado de que los pulpos disponen de casi tantas neuronas como un gato, siendo los invertebrados que más tienen. He aprendido cómo funciona su sistema de camuflaje que les permite cambiar de color y textura en segundos. He podido conocer la realidad de la guerra en Siria a través del testimonio de dos periodistas españoles, uno de los cuales sufrió un secuestro que casi le cuesta la vida. Y he conocido la capacidad de emprendimiento y resiliencia de mucha gente que vive en condiciones de extrema pobreza.
También he viajado por Sudamérica, leyendo el blog de un amigo que ha estado tres meses circulando por Bolivia, Perú y Chile. Con él he visitado el Salar de Uyuni. He alucinado con Machu Picchu. He subido a volcanes de más de 5.000 metros de altura. He andado por caminos de vértigo en valles escondidos de los Andes.
Ahora estoy viviendo, casi en primera persona, la realidad de la sociedad vasca, a través de las preciosas palabras del escritor español afincado en Alemania Fernando Aramburu, en su estupendo libro "Patria". La relación entre dos familias amigas, pero enfrentadas, de un pueblo de Guipúzcoa. Una, con el padre asesinado por ETA. La otra, con un hijo en la cárcel, por pertenencia a banda armada. Desgarradora, directa, real.
Con los libros se viaja, se aprende, se viven historias ajenas que nos permiten disfrutar, casi como si estuviéramos allá donde la lectura nos lleve. Si no sabéis qué regalar en estas fiestas, a la vez consumistas y teóricamente solidarias, estoy seguro de que con un buen libro, bien escogido, acertaréis. ¡¡Felices Lecturas!!
viernes, 2 de diciembre de 2016
Desmemoria histórica
Ya de mayorcito, bien entrado en la veintena, comencé a sospechar que me faltaba información sobre la Guerra Civil. Lo que me habían explicado en el colegio y en el instituto era, básicamente, que la guerra duró tres años y que hubo un bando de los buenos y otro de los malos. Todo aquello había pasado y ya vivíamos en un país democrático y estupendo.
Me acuerdo de que todo lo que sabía de mi abuelo, que fue teniente del ejército republicano, condenado a muerte y luego indultado, lo sabía a través de mi madre. Él nunca hablaba del tema. Y eso que pasó cinco años en la cárcel, después de la guerra.
Las películas que había visto sobre el tema, tampoco me aportaron mucho. Recuerdo, sobre todo, La Vaquilla, una película que me encanta, pero que muestra la guerra a través de las gafas de la comedia. Cuando me leí "Homenaje a Cataluña", de George Orwell, comencé a vislumbrar que el episodio de la Guerra Civil no era tan sencillo como me lo habían pintado.
Y ya de talludito, me he ido enterando, con sorpresa, de muchas más cosas, como de la escalofriante realidad de que España es el segundo país del mundo, tras Camboya, en número de desapariciones forzadas, con más de 114.000, que ocurrieron en dicha guerra.
Os cuento esto porque hace poco, haciendo zapping nocturno, me encontré con un documental sobre los campos de concentración que había en Sevilla. Sí, he dicho "campos de concentración". Y sí, leéis bien, en Sevilla. Ya en plena guerra, el ejército franquista comenzó con su política de represión, deteniendo y encarcelando a todo aquél que se oponía, o era sospechoso de hacerlo, al régimen que quería implantar en España. Rápidamente se fueron quedando sin sitio, así que se vieron obligados a construir campos de concentración para alojar a los presos que no cabían en las cárceles. También se fueron dando cuenta, los franquistas, de que se estaban quedando sin mano de obra para las obras públicas, y privadas, que iban necesitando acometer. Y pensaron que en los presos tenían una mano de obra dócil y barata.
En España hubo un total de 188 campos donde se recluyó a medio millón de personas. Andalucía, al ser una de las primeras zonas del país ocupadas por los sublevados, fue una de las regiones con más campos, más de media centena donde estuvieron recluídos unos cien mil presos. Para camuflar lo que no era más que un sistema de trabajadores forzados para la construcción de grandes obras públicas, y también privadas, Franco creó el Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, que gestionó la creación y el mantenimiento de estos campos. La idea era cambiar días de libertad por trabajo.
En la provincia de Sevilla se ubicaron once de estos campos: El Colector, en el barrio de Heliópolis, creado en enero de 1.938 para alojar a los presos que iban a trabajar en una obra pública de alcantarillado, construída por la empresa Entrecanales y Távora, actual Acciona. Los Merinales, en Dos Hermanas, donde vivieron los 10.000 represaliados que construyeron el Canal del Bajo Guadalquivir, más conocido como el Canal de los Presos. Las Arenas, en La Algaba, donde "recolocaron" a los mendigos, indigentes, indocumentados y pobres que "afeaban" las calles de Sevilla y donde murieron más de la mitad de los reclusos, de hambre. La Corchuela (Dos Hermanas), El Arenoso (Los Palacios), Torre del Águila (Utrera), El Puntal (Isla Mayor), Écija, Sanlúcar la Mayor... La lista es amplia y, hasta la fecha, muy pocos de estos lugares están señalizados. El desconocimiento por parte de la población es total.
Un país que desconoce y oculta su historia más reciente es un país sin memoria. Un país sin memoria puede volver a repetir los errores del pasado. La gente que sufrió estos abusos se merece, por lo menos, que la recordemos. No se trata de venganza, ni de resarcimiento. La historia debe ser conocida por todos. Y no sólo la historia contada por los vencidos.
La Junta de Andalucía tiene un listado de Lugares de Memoria Histórica, espacios vinculados a hechos o acontecimientos singulares ocurridos entre la sublevación militar contra el Gobierno legítimo de la II República, hasta la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978, al que tímidamente va incorporando algunos de estos campos de concentración. Esperemos que siga creciendo dicha lista y que se haga un esfuerzo de difusión y señalización de dichos lugares, para que la memoria de estos trabajadores forzados, represaliados por querer defender la legalidad vigente, no quede en el olvido. Se lo merecen.
Fuentes:
http://memorialibertaria.org/content/%C2%BFt%C3%BA-sab%C3%ADas-que-en-sevilla-hubo-cuatro-campos-de-concentraci%C3%B3n
http://www.publico.es/actualidad/campos-concentracion-del-franquismo-andalucia.html
http://www.eldiario.es/andalucia/Campos-concentracion-Andalucia-trabajo-franquismo_0_200530682.html
http://politica.elpais.com/politica/2015/09/02/actualidad/1441192097_268557.html
http://www.juntadeandalucia.es/organismos/cultura/consejeria/dgmd.html
Me acuerdo de que todo lo que sabía de mi abuelo, que fue teniente del ejército republicano, condenado a muerte y luego indultado, lo sabía a través de mi madre. Él nunca hablaba del tema. Y eso que pasó cinco años en la cárcel, después de la guerra.
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| Infografía de Txetxu Rubio. El Correo de Andalucía |
Y ya de talludito, me he ido enterando, con sorpresa, de muchas más cosas, como de la escalofriante realidad de que España es el segundo país del mundo, tras Camboya, en número de desapariciones forzadas, con más de 114.000, que ocurrieron en dicha guerra.
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| Campo de Las Arenas (La Algaba) |
En España hubo un total de 188 campos donde se recluyó a medio millón de personas. Andalucía, al ser una de las primeras zonas del país ocupadas por los sublevados, fue una de las regiones con más campos, más de media centena donde estuvieron recluídos unos cien mil presos. Para camuflar lo que no era más que un sistema de trabajadores forzados para la construcción de grandes obras públicas, y también privadas, Franco creó el Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, que gestionó la creación y el mantenimiento de estos campos. La idea era cambiar días de libertad por trabajo.
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| Construcción del Canal de los Presos © Archivo RMHSA / CGT.A |
Un país que desconoce y oculta su historia más reciente es un país sin memoria. Un país sin memoria puede volver a repetir los errores del pasado. La gente que sufrió estos abusos se merece, por lo menos, que la recordemos. No se trata de venganza, ni de resarcimiento. La historia debe ser conocida por todos. Y no sólo la historia contada por los vencidos.
La Junta de Andalucía tiene un listado de Lugares de Memoria Histórica, espacios vinculados a hechos o acontecimientos singulares ocurridos entre la sublevación militar contra el Gobierno legítimo de la II República, hasta la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978, al que tímidamente va incorporando algunos de estos campos de concentración. Esperemos que siga creciendo dicha lista y que se haga un esfuerzo de difusión y señalización de dichos lugares, para que la memoria de estos trabajadores forzados, represaliados por querer defender la legalidad vigente, no quede en el olvido. Se lo merecen.
Fuentes:
http://memorialibertaria.org/content/%C2%BFt%C3%BA-sab%C3%ADas-que-en-sevilla-hubo-cuatro-campos-de-concentraci%C3%B3n
http://www.publico.es/actualidad/campos-concentracion-del-franquismo-andalucia.html
http://www.eldiario.es/andalucia/Campos-concentracion-Andalucia-trabajo-franquismo_0_200530682.html
http://politica.elpais.com/politica/2015/09/02/actualidad/1441192097_268557.html
http://www.juntadeandalucia.es/organismos/cultura/consejeria/dgmd.html
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Las lágrimas de África
Ayer tuve la suerte de ver el impactante documental, "Las lágrimas de África", dirigido por la actriz Amparo Climent, en el Cine Avenida. La proyección estaba organizada por Youfeelm, esa maravillosa iniciativa salida de Sevilla, que permite ver películas antiguas o que están fuera del circuito comercial, y promovida por la ONG Oxfam Intermón.
El documental cuenta, sin ambajes, sin adornos, cómo es la vida de las personas que malviven en los alrededores de la ciudad de Melilla, con la esperanza de poder cruzar la frontera hacia lo que ellos llaman "paraíso" o "tierra dorada", que no es más que el país donde vivimos, España. Sí, esta tierra de la que tanto nos quejamos, a la que tanto criticamos, es para ellos el destino soñado, el lugar al que quieren llegar a toda costa, aun a riesgo de perder sus vidas.
Estos héroes y heroínas, como los llamó Chema Castells, de la plataforma Somos Migrantes, malviven en el Monte Gurugú, ellos, y en el pinar bautizado como Bolingo, ellas, con sus niños. Las imágenes del campamento del Monte Gurugú son casi apocalípticas: tiendas hechas con plásticos, comida sobrevolada por moscas, basura por todas partes... Sin embargo, a la directora la reciben caras sonrientes, que le explican con crudeza el atroz viaje que les ha llevado hasta allí y las condiciones en las que malviven, mientras aguardan con esperanza el momento en el que podrán intentar realizar el salto de la valla de Melilla. A pesar del frío, a pesar del hambre, a pesar de las continuas incursiones de la policía marroquí, que les destroza, una y otra vez, sus precarias viviendas.
El campamento bautizado como Bolingo, que significa amor en Lingala, una lengua congolesa, está habitado por familias, formadas, principalmente, por mujeres y niños. Si bien la pobreza es la misma que en el Gurugú, el ambiente es distinto, más distendido, más ordenado y limpio. Supongo que la presencia de los niños, que convierten el bosque en su lugar de juegos, contribuye a esto. Mujeres embarazadas o con bebés esperan su oportunidad de cruzar el estrecho en patera. Hasta en situaciones tan extremas, prima la especialización: el Gurugú, para saltar la valla, Bolingo, para la travesía en patera. El premio es el mismo: Europa, una nueva vida, un futuro.
A pesar de estas diferencias, todos vienen huyendo de lo mismo: el hambre, la persecución, la desesperanza, la pobreza. Saben que la situación en España no es la mejor, pero para ellos mejor es cualquier cosa. Tan precaria es la vida de la que se quieren fugar. Casi una cárcel para ellos. Desde nuestra cómoda perspectiva es difícil entender que se jueguen la vida para llegar a nuestro viejo continente, pero viendo lo que arriesgan, debe de ser un infierno.
La proyección termina. El silencio se apodera de la sala. Nadie tose. Nadie aplaude. Chema Castells arranca como puede el debate. Nos habla de lo que hace su plataforma. Algún asistente comenta, pregunta, reflexiona en voz alta. Todos nos vamos con el estómago encogido, preguntándonos qué podemos hacer, sintiendo una impotencia que nos ahoga, nos paraliza.
Y hay tanto por hacer. Podemos votar a los partidos que estén por políticas más sensibles con los migrantes. Podemos tratar con respeto a los que nos venden pañuelos en los semáforos. A los que venden películas piratas. Mirarles a la cara. Darles los buenos días. Las gracias. Podemos comprar productos de Comercio Justo, que permitan la existencia de empresas viables en sus países de procedencia, que creen riqueza allí. Podemos comprar fruta y verdura ecológicas, que no vengan de ese mar de plástico de nuestro país, donde malviven y trabajan en condiciones de semiesclavitud muchos de los que han logrado cruzar el estrecho. Podemos colaborar con alguna ONG o asociación que trabaje con los que llegan. Podemos hablar del tema con nuestros amigos, con nuestra familia. Sensibilizarles. Podemos tanto. Hagámoslo.
El documental cuenta, sin ambajes, sin adornos, cómo es la vida de las personas que malviven en los alrededores de la ciudad de Melilla, con la esperanza de poder cruzar la frontera hacia lo que ellos llaman "paraíso" o "tierra dorada", que no es más que el país donde vivimos, España. Sí, esta tierra de la que tanto nos quejamos, a la que tanto criticamos, es para ellos el destino soñado, el lugar al que quieren llegar a toda costa, aun a riesgo de perder sus vidas.
Estos héroes y heroínas, como los llamó Chema Castells, de la plataforma Somos Migrantes, malviven en el Monte Gurugú, ellos, y en el pinar bautizado como Bolingo, ellas, con sus niños. Las imágenes del campamento del Monte Gurugú son casi apocalípticas: tiendas hechas con plásticos, comida sobrevolada por moscas, basura por todas partes... Sin embargo, a la directora la reciben caras sonrientes, que le explican con crudeza el atroz viaje que les ha llevado hasta allí y las condiciones en las que malviven, mientras aguardan con esperanza el momento en el que podrán intentar realizar el salto de la valla de Melilla. A pesar del frío, a pesar del hambre, a pesar de las continuas incursiones de la policía marroquí, que les destroza, una y otra vez, sus precarias viviendas.
El campamento bautizado como Bolingo, que significa amor en Lingala, una lengua congolesa, está habitado por familias, formadas, principalmente, por mujeres y niños. Si bien la pobreza es la misma que en el Gurugú, el ambiente es distinto, más distendido, más ordenado y limpio. Supongo que la presencia de los niños, que convierten el bosque en su lugar de juegos, contribuye a esto. Mujeres embarazadas o con bebés esperan su oportunidad de cruzar el estrecho en patera. Hasta en situaciones tan extremas, prima la especialización: el Gurugú, para saltar la valla, Bolingo, para la travesía en patera. El premio es el mismo: Europa, una nueva vida, un futuro.
A pesar de estas diferencias, todos vienen huyendo de lo mismo: el hambre, la persecución, la desesperanza, la pobreza. Saben que la situación en España no es la mejor, pero para ellos mejor es cualquier cosa. Tan precaria es la vida de la que se quieren fugar. Casi una cárcel para ellos. Desde nuestra cómoda perspectiva es difícil entender que se jueguen la vida para llegar a nuestro viejo continente, pero viendo lo que arriesgan, debe de ser un infierno.
La proyección termina. El silencio se apodera de la sala. Nadie tose. Nadie aplaude. Chema Castells arranca como puede el debate. Nos habla de lo que hace su plataforma. Algún asistente comenta, pregunta, reflexiona en voz alta. Todos nos vamos con el estómago encogido, preguntándonos qué podemos hacer, sintiendo una impotencia que nos ahoga, nos paraliza.
Y hay tanto por hacer. Podemos votar a los partidos que estén por políticas más sensibles con los migrantes. Podemos tratar con respeto a los que nos venden pañuelos en los semáforos. A los que venden películas piratas. Mirarles a la cara. Darles los buenos días. Las gracias. Podemos comprar productos de Comercio Justo, que permitan la existencia de empresas viables en sus países de procedencia, que creen riqueza allí. Podemos comprar fruta y verdura ecológicas, que no vengan de ese mar de plástico de nuestro país, donde malviven y trabajan en condiciones de semiesclavitud muchos de los que han logrado cruzar el estrecho. Podemos colaborar con alguna ONG o asociación que trabaje con los que llegan. Podemos hablar del tema con nuestros amigos, con nuestra familia. Sensibilizarles. Podemos tanto. Hagámoslo.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Mamaempresarias
Con más miedo que otra cosa en el cuerpo, tras otro batacazo más de las empresas de demoscopia, esta vez en las elecciones americanas, me mantengo en el tema que tenía en la cabeza para esta semana y no voy a hablar del idiota del tupé que se ha convertido en el hombre más poderoso del mundo. No quiero aburriros. Además, ya lo harán muchos otros.
Andaba yo el otro día intentando abrir la mente leyendo un poquito de prensa extranjera, por aquello de salir de un poco de la aburrida actualidad patria, la del Rajoy y sus tijeritas, la del multiplicado escándalo del Espinar, la de las Biblias y los Crucifijos, cuando me encontré un interesante artículo en The Guardian que hablaba de la maternidad y el mundo del trabajo.
La autora del artículo de marras, Eva Wiseman, madre, cuenta lo afortunada que se siente de haber encontrado en su empresa un ambiente comprensivo con la maternidad y sus necesidades, lo que le ha permitido trabajar desde casa un día a la semana. Sin embargo, habla también de mujeres que, una vez han vuelto al trabajo, se encuentran con jornadas maratonianas y con reproches por no haber respondido a todos los correos electrónicos o haber empleado una hora en comer. Incluso habla de gente rica que, como la actriz, y reciente madre, Keira Knightley, se quejan de las "arcaicas leyes sobre maternidad" británicas. La actriz ha dicho que "Hay que ser una unidad familiar, no basta con tener a tu compañero en casa durante dos semanas y que luego vuelva al trabajo y te deje sola para que tú te apañes como puedas". Además, si las empresas no incentivan a los hombres para que se cojan la baja, la maternidad seguirá siendo cosa exclusiva de las mujeres.
Para que veáis que el lamentable trato a la maternidad no es exclusivo de España, aunque sea un triste consuelo, aquí os dejo algunos datos. Tres cuartas partes de las madres de Reino Unido se sienten discriminadas y presionadas en el trabajo, una vez que se reincorporan. De hecho, según un informe de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos de Reino Unido, un 11 % de las mujeres son invitadas a "dejar" sus trabajos tras la baja por maternidad. Por este motivo, las empresas están perdiendo 280 millones de libras (314 millones de euros) en formación, reclutamiento, indemnizaciones y productividad cada año.
Eva Wiseman sigue el artículo hablando del daño colateral de todo esto que son lo que ella llama las "mamaempresarias", mujeres que, al verse fuera del mercado laboral, deciden emprender el camino del autoempleo, con más o menos esperanza o ilusión. Mujeres que, tras ver cortada una carrera en investigación, ventas, energías renovables o banca, montan un negocio de ropa infantil, o una librería para niños, o una tienda online de productos ecológicos para bebés. Y encima tienen que estar contentas.
Montar una empresa suele ser la última opción. No lo podemos negar, a la mayoría, lo que nos gusta, es trabajar para otros y tener asegurado el sueldo a final de mes. Montar un negocio implica incertidumbre, poco o ningún dinero al empezar, muchas horas de trabajo. Se nos vende como un triunfo, el emprendimiento. Esa madre, aguerrida y valiente, que trabaja en casa, con el niño entre sus piernas mientras gestiona un pedido o elabora un presupuesto. Bravo.
Mi mujer, después de haber trabajado en dos grandes empresas, se embarcó, tras ser madre y con el convencimiento de que volver al mundo laboral por cuenta ajena iba a ser incompatible con la maternidad, en la aventura de montar un negocio con una amiga en su misma situación. Y ahí sigue, luchando por que la empresa fructifique y le permita ganarse la vida dignamente, a la vez que concilia, como puede, el trabajo con su vida familiar. Para Eva Wiseman, las mujeres deberían poder ser madres y llevar un pequeño negocio. O ser madres y trabajar en una gran empresa. O ser madres y ser las dueñas de una gran empresa. La imagen de la madre, trabajando en su cocina, con su hijo encima, dice más de un sistema con unos costes altísimos en el cuidado infantil y de ambientes laborales antimaternidad que de un futuro utópico en el que la maternidad será cosa de todos. Como dice Eva Wiseman, la discriminación de la maternidad en el trabajo es la que ha creado a las mamaempresarias. Si esto no nos enfada y no nos empuja a cambiar, nada lo hará.
Andaba yo el otro día intentando abrir la mente leyendo un poquito de prensa extranjera, por aquello de salir de un poco de la aburrida actualidad patria, la del Rajoy y sus tijeritas, la del multiplicado escándalo del Espinar, la de las Biblias y los Crucifijos, cuando me encontré un interesante artículo en The Guardian que hablaba de la maternidad y el mundo del trabajo.
La autora del artículo de marras, Eva Wiseman, madre, cuenta lo afortunada que se siente de haber encontrado en su empresa un ambiente comprensivo con la maternidad y sus necesidades, lo que le ha permitido trabajar desde casa un día a la semana. Sin embargo, habla también de mujeres que, una vez han vuelto al trabajo, se encuentran con jornadas maratonianas y con reproches por no haber respondido a todos los correos electrónicos o haber empleado una hora en comer. Incluso habla de gente rica que, como la actriz, y reciente madre, Keira Knightley, se quejan de las "arcaicas leyes sobre maternidad" británicas. La actriz ha dicho que "Hay que ser una unidad familiar, no basta con tener a tu compañero en casa durante dos semanas y que luego vuelva al trabajo y te deje sola para que tú te apañes como puedas". Además, si las empresas no incentivan a los hombres para que se cojan la baja, la maternidad seguirá siendo cosa exclusiva de las mujeres.
Para que veáis que el lamentable trato a la maternidad no es exclusivo de España, aunque sea un triste consuelo, aquí os dejo algunos datos. Tres cuartas partes de las madres de Reino Unido se sienten discriminadas y presionadas en el trabajo, una vez que se reincorporan. De hecho, según un informe de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos de Reino Unido, un 11 % de las mujeres son invitadas a "dejar" sus trabajos tras la baja por maternidad. Por este motivo, las empresas están perdiendo 280 millones de libras (314 millones de euros) en formación, reclutamiento, indemnizaciones y productividad cada año.
Eva Wiseman sigue el artículo hablando del daño colateral de todo esto que son lo que ella llama las "mamaempresarias", mujeres que, al verse fuera del mercado laboral, deciden emprender el camino del autoempleo, con más o menos esperanza o ilusión. Mujeres que, tras ver cortada una carrera en investigación, ventas, energías renovables o banca, montan un negocio de ropa infantil, o una librería para niños, o una tienda online de productos ecológicos para bebés. Y encima tienen que estar contentas.
Montar una empresa suele ser la última opción. No lo podemos negar, a la mayoría, lo que nos gusta, es trabajar para otros y tener asegurado el sueldo a final de mes. Montar un negocio implica incertidumbre, poco o ningún dinero al empezar, muchas horas de trabajo. Se nos vende como un triunfo, el emprendimiento. Esa madre, aguerrida y valiente, que trabaja en casa, con el niño entre sus piernas mientras gestiona un pedido o elabora un presupuesto. Bravo.
Mi mujer, después de haber trabajado en dos grandes empresas, se embarcó, tras ser madre y con el convencimiento de que volver al mundo laboral por cuenta ajena iba a ser incompatible con la maternidad, en la aventura de montar un negocio con una amiga en su misma situación. Y ahí sigue, luchando por que la empresa fructifique y le permita ganarse la vida dignamente, a la vez que concilia, como puede, el trabajo con su vida familiar. Para Eva Wiseman, las mujeres deberían poder ser madres y llevar un pequeño negocio. O ser madres y trabajar en una gran empresa. O ser madres y ser las dueñas de una gran empresa. La imagen de la madre, trabajando en su cocina, con su hijo encima, dice más de un sistema con unos costes altísimos en el cuidado infantil y de ambientes laborales antimaternidad que de un futuro utópico en el que la maternidad será cosa de todos. Como dice Eva Wiseman, la discriminación de la maternidad en el trabajo es la que ha creado a las mamaempresarias. Si esto no nos enfada y no nos empuja a cambiar, nada lo hará.
viernes, 4 de noviembre de 2016
Plasmado
Ya llevábamos nueve meses del mal llamado "Gobierno Frankenstein". Decían, los más agoreros, que no duraría ni seis meses, que era un acuerdo entre agua y aceite, que acabarían como los enamorados de cualquier canción de Pimpinela. Pero, nueve meses después de aquel histórico acuerdo, el gobierno integrado por los dos partidos mayoritarios de la izquierda, con el apoyo puntual de algunos partidos nacionalistas, seguía, con paso más o menos firme, con sus reformas, sociales y económicas, hacia adelante.
Cuando el partido histórico de la izquierda tendió la mano a los integrantes del partido morado, éstos supieron aceptar el ofrecimiento con serenidad y responsabilidad. Lo primero era solucionar la situación de emergencia de muchos ciudadanos, así que había que aparcar las consignas revolucionarias y aprovechar la oportunidad que les habían dado los votantes, al haber conseguido la izquierda más votos que la derecha. Era la oportunidad de acabar con el rumbo hacia el abismo neoliberal al que la derecha de la caspa y el Ibex 35 nos estaba llevando. Y no podían desperdiciarla.
Los partidos nacionalistas tuvieron la sensibilidad de olvidarse, temporalmente al menos, de sus aspiraciones secesionistas, para centrarse en lo importante y urgente del momento: la desigualdad creciente, el gran número de desempleados, el déficit público. Ya vendrían tiempos mejores en los que hablar de otros temas.
El partido de la rosa supo leer la situación. Los votantes más jóvenes estaban cansados de oír hablar de la Transición, algo que veían, de pasada, en los libros y en los avejentados documentales que ofrecía la cadena pública los sábados de madrugada, cuando ellos estaban explorando la vida en bares y discotecas. Necesitaban un partido que fuera consciente de lo que le pedían los votantes más críticos, la gente que se había echado a la calle aquel lejano 15 de mayo de 2011. Un giro a la izquierda. Una vuelta a los orígenes. Darle a la letra O de sus siglas la importancia que tuvo hace décadas.
Habían conseguido firmar un Pacto por la Educación, tras arduas negociaciones. Habían bajado el IVA cultural. Habían retirado el impuesto al sol y vuelto a poner en marcha las renovables. Habían subido los impuestos a los que tenían más ingresos, y logrado un compromiso de la UE para que las tributaciones de sociedades fueran las mismas en todo el territorio Schengen. Estaban en proceso de derogar la desastrosa reforma laboral, para lo que estaban trabajando en una nueva ley, más justa y equitativa. Habían subido el salario mínimo, con el objetivo de llegar a los 1000 €/mes en cuatro años. Y todo en poco más de nueve meses. ¿Cuántas reformas se podrían hacer en los tres años que les quedaban?
De repente me despierto. Estoy en el sofá. La tele, encendida. Y allí está el barbas, con la lengua caída, pastosa, dando los nombres de los nuevos ministros de su flamante gobierno en minoría. Era tan urgente que se ha tomado cinco días para recitarlos. Los ministros van jurando sus cargos delante de un crucifijo y sobre una biblia. Todo muy propio en un país que se dice aconfesional. Supongo que estarán rezando por nuestras almas. Falta nos hace, con los cuatro años que nos quedan. Como es habitual en él, no hay rueda de prensa y hace el anuncio en una sala llena de periodistas que han perdido su dignidad profesional, y aguantan que el presidente les hable en una pantalla de 72 pulgadas en la que aparece su cara de estupefacción permanente. Me da un vuelco el corazón cuando me entero de que, en Sevilla, salieron ayer 100.000 personas a la calle. ¿Habremos, por fin, despertado?, me pregunto. Pero no, lo hicieron para ver cómo una escultura de madera a la que llaman Señor de Sevilla, paseaba por las calles de la ciudad. Plasmado me quedo.
Cuando el partido histórico de la izquierda tendió la mano a los integrantes del partido morado, éstos supieron aceptar el ofrecimiento con serenidad y responsabilidad. Lo primero era solucionar la situación de emergencia de muchos ciudadanos, así que había que aparcar las consignas revolucionarias y aprovechar la oportunidad que les habían dado los votantes, al haber conseguido la izquierda más votos que la derecha. Era la oportunidad de acabar con el rumbo hacia el abismo neoliberal al que la derecha de la caspa y el Ibex 35 nos estaba llevando. Y no podían desperdiciarla.
Los partidos nacionalistas tuvieron la sensibilidad de olvidarse, temporalmente al menos, de sus aspiraciones secesionistas, para centrarse en lo importante y urgente del momento: la desigualdad creciente, el gran número de desempleados, el déficit público. Ya vendrían tiempos mejores en los que hablar de otros temas.
El partido de la rosa supo leer la situación. Los votantes más jóvenes estaban cansados de oír hablar de la Transición, algo que veían, de pasada, en los libros y en los avejentados documentales que ofrecía la cadena pública los sábados de madrugada, cuando ellos estaban explorando la vida en bares y discotecas. Necesitaban un partido que fuera consciente de lo que le pedían los votantes más críticos, la gente que se había echado a la calle aquel lejano 15 de mayo de 2011. Un giro a la izquierda. Una vuelta a los orígenes. Darle a la letra O de sus siglas la importancia que tuvo hace décadas.
Habían conseguido firmar un Pacto por la Educación, tras arduas negociaciones. Habían bajado el IVA cultural. Habían retirado el impuesto al sol y vuelto a poner en marcha las renovables. Habían subido los impuestos a los que tenían más ingresos, y logrado un compromiso de la UE para que las tributaciones de sociedades fueran las mismas en todo el territorio Schengen. Estaban en proceso de derogar la desastrosa reforma laboral, para lo que estaban trabajando en una nueva ley, más justa y equitativa. Habían subido el salario mínimo, con el objetivo de llegar a los 1000 €/mes en cuatro años. Y todo en poco más de nueve meses. ¿Cuántas reformas se podrían hacer en los tres años que les quedaban?
De repente me despierto. Estoy en el sofá. La tele, encendida. Y allí está el barbas, con la lengua caída, pastosa, dando los nombres de los nuevos ministros de su flamante gobierno en minoría. Era tan urgente que se ha tomado cinco días para recitarlos. Los ministros van jurando sus cargos delante de un crucifijo y sobre una biblia. Todo muy propio en un país que se dice aconfesional. Supongo que estarán rezando por nuestras almas. Falta nos hace, con los cuatro años que nos quedan. Como es habitual en él, no hay rueda de prensa y hace el anuncio en una sala llena de periodistas que han perdido su dignidad profesional, y aguantan que el presidente les hable en una pantalla de 72 pulgadas en la que aparece su cara de estupefacción permanente. Me da un vuelco el corazón cuando me entero de que, en Sevilla, salieron ayer 100.000 personas a la calle. ¿Habremos, por fin, despertado?, me pregunto. Pero no, lo hicieron para ver cómo una escultura de madera a la que llaman Señor de Sevilla, paseaba por las calles de la ciudad. Plasmado me quedo.
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